miércoles, 29 de abril de 2009

INCENDIO EN LA 41 ESCUADRILLA

© RAMON MARZAL


            El soldado de primera Ortega se encontró tendido en el suelo cubierto de cristales y cascotes. Cuando pudo reaccionar, no se acordaba de lo que había sucedido. Lentamente, levantó una mano y se la llevó a la frente; entonces vio que estaba cubierto de sangre. Se oían gritos a su alrededor, y vio a compañeros suyos que corrían por todas las partes, algunos, la mayoría, iban sin vestir. Unos pocos habían cogido sus armas y corrían hacia ninguna parte sin saber que es lo que sucedía.
            Entonces debieron de dar las siete de la mañana y a través de los altavoces del acuartelamiento sonó la orden de “diana”. La orden estaba grabada en cinta y conectada para que sonase a las siete en punto. Aunque aquella mañana ya no hacía falta despertar a nadie.
            –¡Nos están atacando! –gritó un recluta que debió de confundir la orden. Estaba muy asustado.
            El soldado de primera Ortega quiso gritar pero las palabras no le salieron de la boca. Procuró no angustiarse y mentalmente pasó una revisión a todo su cuerpo. Las manos las podía mover puesto que se las había llevado a la cara. Intento mover las piernas comprobó con satisfacción que aunque lentamente los pies y las piernas respondían a las ordenes del cerebro. Lentamente se llevó la mano a la cara y se tapó un ojo, luego alternó; por el momento, veía bien. El acuartelamiento era un caos y nadie venía en su auxilio. Tuvo la intención de levantarse, pero pensó que podían estar heridas las cervicales y permaneció en su sitio. Sin forzar el cuello, intentó mirar hacia lo que había sido la pequeña oficina del acuartelamiento donde él estaba cuando sucedió la explosión; había desaparecido juntamente con la habitación de al lado que hacía la veces de armero donde se guarda algo de munición. Oyó las sirenas de bomberos y de la policía aérea que en pocos minutos acordonaron el acuartelamiento y llenaron con sus vehículos el patio del mismo. Cuando quiso darse cuenta, la totalidad de la dotación de la compañía se encontraba vestida, o a medio vestir según se viese, con su respectivo armamento. La policía aérea, jamás había visto tanto juntos, llenaron el recinto y las primeras ambulancias hicieron su aparición. La palabra “terrorismo” empezó a circular entre los componentes de la “41 escuadrilla” a la que el soldado de primera Ortega permanecía con destino en las oficinas del acuartelamiento. El oficial de guardia se había hecho cargo de la situación en espera de que llegase el Jefe del acuartelamiento que ya había sido avisado. Unos compañeros le encontraron en el suelo del patio en medio de cristales y cascotes de lo que había sido su oficina, y avisaron a los sanitarios. Éstos le pusieron un collarín y lo trasladaron de inmediato a la enfermería para una primera inspección antes de trasladarlo al hospital. Allí, Ortega se enteró que el único herido había sido él, aunque se desconocía la gravedad de su estado hasta que no se le practicase un amplio reconocimiento. Una hora más tarde, ocupaba una cama del Hospital Militar donde contestaba como podía a las preguntas de varios doctores. Pasó también a visitarle el capellán castrense, después del cual se quedó en observación pues sus recuerdos eran confusos. Sólo pudo decir a los superiores que le preguntaron en un primer momento que acababa de llegar a la oficina cuando ocurrió la explosión y ya no recordaba nada más hasta que se vio tendido en el suelo del patio. En el cuerpo de guardia del acuartelamiento habían confirmado su llegada quince minutos antes.

            Después de una semana en el hospital, pocos recuerdos tenía de todo aquel incidente. Unas costillas fracturadas, un tobillo dislocado y contusiones en todo su cuerpo. Los médicos diagnosticaron también una pérdida transitoria de memoria que iría remitiendo con el paso de los días. Sus compañeros de escuadrilla se acercaron a visitarle hasta el hospital y le mantuvieron al corriente de los acontecimientos. Al acuartelamiento de la 41 escuadrilla, había llegado personal de los servicios secretos de Madrid y se estaban llevando a cabo rigurosas investigaciones.
              Una mañana se presentó un Teniente de Servicio Secreto, de Madrid y le volvió a tomar declaración.–Simple formalidad– dijo. El soldado corroboró las declaraciones que había dado ya con anterioridad a sus superiores. El Teniente le deseó un rápido restablecimiento y se marchó. Mes y medio más tarde, totalmente restablecido, le dieron de alta en el hospital y se reincorporó a su destino, aunque debido a que su anterior oficina estaba completamente destruida se le había habilitado un despacho en el edificio de la Jefatura.

            Habían pasado más de tres meses desde que ocurrió el incidente y aunque en muchas ocasiones se barajó el termino ”terrorismo” esto no pudo ser confirmado y las investigaciones que se llevaron a cabo dieron como resultado que había sido un accidente. Que por causas desconocidas había estallado la munición del armero anexo a la oficina lo que hizo saltar por los aires las dos habitaciones. Se tambalearon algunas cabezas de la Jefatura del acuertelamiento y del Sector Aéreo, pero todo se arregló. Se confeccionó el correspondiente informe y se tomaron medidas para que la acumulación de material peligroso se hiciese en lo sucesivo en un lugar seguro. Todo ello provisionalmente, pues al acuartelamiento estaba próximo a ser trasladado a un lugar más alejado, para lo cual hacía tiempo que se habían iniciado la construcción de un nuevo acuartelamiento, en un lugar próximo al aeropuerto, y a la que, a partir de entonces, se le dio prioridad absoluta. Las instalaciones eran más modernas con todas las comodidades. Incluso con calefacción ya que en el actual se estaban sirviendo de estufas de leña.
            Cuando el soldado de primera Ortega leyó el informe, que curiosamente llegó a sus manos dado su destino en la Jefatura, le agradó sobremanera el hecho de que en el nuevo recinto pudieran disponer de calefacción. Ya no tendría que verse obligado a encender diariamente la estufa con todos los inconvenientes que ello suponía. Además siempre faltaban astillas y esto ocasionaba serios trastornos. La memoria del soldado Ortega empezó a recuperarse hasta que llegó momento en que se dio cuenta que dadas las circunstancias, y puesto que el asunto estaba cerrado, era preferibles dejar cerrada la puerta de sus recuerdos, por lo menos hasta después de su próximo licenciamiento.

  
                      * * *

            El soldado de primera Ortega desde que se le dio destino había estado en la oficina del acuartelamiento. Esto tenía sus ventajas, pues era él quien ponía las guardias y siempre podía salir beneficiado, pero también estar en aquella oficina tenía sus inconvenientes, pues en la mesa cercana a la suya estaba instalado su Sargento con el que había tenido ya serias discusiones. En el despacho aparte estaba su Capitán. Era éste un oficial de muy mal carácter que sentía la milicia hasta dentro de todo su ser. Dirigía a su escuadrilla con mano de hierro y por supuesto a sus más inmediatos subordinados en la oficina: un brigada que nunca estaba, un sargento, ya mayor, siempre amargado y el soldado de primera Ortega.
            A las 8 de la mañana, llegaban al acuartelamiento los dos suboficiales y por supuesto la oficina tenía que estar ya preparada. Todo el acuartelamiento era muy antiguo en sus instalaciones, por lo que carecía de calefacción y tenían que valerse de estufas de leña cuya provisión de madera tenía que estar dispuesta por el militar de menor rango y por consiguiente por el soldado de primera Ortega. Para el veterano no le suponía un gran trastorno tener que estar al corriente del suministro de la madera pues abundaba en las instalaciones. Pero lo que si era un fastidio era el encendido, pues no había astillas ni maderas delgadas ni, por supuesto, ningún artilugio para poder hacerlas. Únicamente había troncos grandes que sólo servían cuando el fuego ya estaba adelantado.
            En más de una ocasión se había llevado una soberana bronca por parte del sargento, el cual todo hay que decirlo tenía al soldado bastante ojeriza, porque cuando había llegado él, pasadas las 8 de la mañana, la oficina estaba fría, sobre todo en los días de riguroso invierno. El Capitán no le daba ninguna preocupación pues llegaba bien avanzada la mañana y para entonces, la oficina siempre estaba ya caliente. El soldado había encontrado una solución, y es que como solía pernoctar en casa, se llevaba de su domicilio un cartucho de papel con las correspondientes astillas que se preparaba la noche anterior. Así, cuando llegaba a la oficina, lo primero que hacía, antes incluso de quitarse el capote pues la oficina estaba helada, era retirar de la estufa las cenizas del día anterior, y tras de meter un montón de papeles viejos que tomaba de la papelera, introducía las astillas que se había llevado y luego algún tronco más pequeño; a continuación le prendía fuego.

            Aquella mañana había salido con tanta urgencia de casa, para poder estar en el acuartelamiento antes del toque de diana que olvidó el cartucho que, como de costumbre, se había dejado preparado ya desde la noche anterior. Cuando llegó a la oficina intentó sin ningún éxito encender la estufa con los troncos que tenía, pero, a pesar de la gran cantidad de papel que acumuló en el interior de la estufa, éstos se consumieron sin que los leños hubieran prendido lo más mínimo. Sacó todos los troncos y con una navaja intento hacer algunos cortes transversales que dejasen al descubierto algunas virutas, y tras meter nueva provisión de papeles, volvió a intentarlo de nuevo. Las técnicas aprendidas en los Boys Scouts no servían. Los troncos no prendían y lo que es peor, por la gran cantidad de papel empleado empezó a salir humo por lo que hubo de abrir las ventanas de la oficina. Eran cerca de las ocho de la mañana, y la estufa estaba sin encender. A pesar de estar la ventana abierta estaba sudando enormemente pues ya se veía con un arresto por parte del sargento el cual llegaría en cualquier momento. Y entonces tuvo una feliz idea. Volvió a introducir los troncos dentro de la estufa y cerró la ventana, luego bajo a la planta de abajo. Por el acuertelamiento había cierta calma pues toda la escuadrilla estaba desayunando en el comedor. Se acercó hasta la habitación que hacía de imprenta. Supuso que estaría ya abierta pues la orden del día tendría ya que estar en la prensa, una antigua impresora “Minerva” que proporcionaba también más de un disgusto al cabo primero responsable de la misma. Entró y no vio a nadie. Tenía la intención de pedirle al cabo primero un poco de gasolina que le diese alguna facilidad para prender los troncos pero no había nadie allí. Espero unos instantes y como el impresor no aparecía por ninguna parte, buscó por su cuenta la gasolina. Encontró el recipiente en un extremo, una lata de unos 5 litros y estaba casi llena. Eran más de las ocho de la mañana, no podía esperar, los reclutas habían empezado a salir del comedor. Tomó la lata y corrió a la oficina. Subió de un salto los tres escalones que había hasta la puerta. El sargento no había llegado todavía, así es que levantó la tapa superior de la estufa y vertió una gran cantidad de líquido en su interior. Se aseguró de que todos los troncos estuviesen bien impregnados. Volvió a dejar la lata en el imprenta; el impresor todavía no estaba, y volvió a subir a la oficia. Luego cogió un folio lo arrugó en forma de porra, le prendió fuego por un extremo y lo aplico a la parte baja de la estufa.

  

                      * * *

            Tres meses más tarde, el soldado de Primera Ortega era licenciado y al año siguiente los medios de comunicación mencionaban el traslado del acuartelamiento de la “41 escuadrilla” situado en el centro de la ciudad a las instalaciones cercanas al Aeropuerto. Algunos medios mencionaron de pasada aquel incidente de supuesto “terrorismo” que nunca quedo definitivamente aclarado.


El anterior relato es parte integrante del volumen III de AL COMPÁS DE LA ILUSIÓN. Está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual y queda prohibida su reproducción total o parcial.








LA  BUENA  NUEVA

Escuchad esto los que pisoteáis al pobre y queréis suprimir a los humildes de la tierra. Los que achicáis las medidas y aumentáis el peso falsificando las balanzas. Los que compráis por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalis.
¡Jamás se olvidaran vuestras obras!

        Am. 8,4-7

SENTIMIENTOS

© textos y acuarela: Ramón Marzal




Yo soy la nube tormentosa
que a merced de los vientos va
cruzando el mar de la vida
inutil...
            el poderse parar.








Yo soy como el ciego, que en tinieblas

por la vida caminando va,

errando, tropezando y cayendo

inutil...
                 el poderse levantar.

jueves, 16 de abril de 2009

AMMIHUD (Novela)





SINOPSIS DE LA NOVELA AMMIHUD

Autor:Ramón Marzal García





            La obra comienza con un prólogo que se desarrolla en el año 1250 a.C. con la conquista de Jericó por los Israelitas. Un personaje (AMMIHUD) ofende a Dios, y toma una determinación cuyas consecuencias transcenderán a la época actual, donde se desarrolla la novela.
            "A pesar de la aversión que sentía a los espacios cerrados, Ismael se introdujo en el pasadizo. Sabía que si le ocurría algo, nadie le iba a encontrar allí..." así comienzza el capítulo I .

            La acción se desarrolla, principalmente, en un pueblo (ficticio) situado geograficamente en el Pirineo aragonés, entre las localidades de Escuer y Biescas. Ismael que es propietario de algún negocio no muy limpio,vive en el Hostal del pueblo, propiedad de la protagonista (Agueda) a la que él llama su sobrina.

            En la cripta de una ermita abandonada, descubre parte de un pergamino escrito en hebreo antiguo, junto con unas hojas con parte de la traducción al castellano, las cuales hablan de un círculo de 12 rocas, al parecer, con poderes especiales. Ismael decide averiguar el significado y origen del pergamino investigando en varias fuentes y todas ellas le conducirán a Israel.

            Por otro lado, en una excavación arqueológica en Méjico, es hallada la mitad de una figura de jade de origen olmeca con unos jeroglíficos al dorso que,  a traves de varios avatares, terminará en poder de un coleccionista judio de Méjico D.F.  Este judio logra hacerse con la traducción de los pictograbados que le hablarán también de un círculo de piedras "en tierras lejanas". Las claves le conducirán también a Israel. A partir de ahí, una serie de personajes pretenden, por diferentes motivos, hacer con el círculo de las 12 rocas.

            Al Hostal, llega un peculiar personaje (Victor) que dice ser escritor y está buscando documentación para una novela, sin embargo, la verdad es otra muy diferente. Entre este personaje y la dueña del Hostal (Agueda) surgirá una relación sentimental que irá progresando a lo largo de la obra. 

            Las doce rocas serán encontradas y enviadas a España, pero debido a ciertas circunstancias se perderá la pista de las mismas. Este acontecimiento hará que Ismael huya del pueblo y llegue a París. La historia tendrá su climax en el último capítulo donde se sabrá el verdadero enigma de las rocas, se aclarará otro posible misterio y se consolidará el amor entre el escritor y Agueda.

            Al principio de la obra, hay una nota del autor en la que dice que el círculo de las rocas existió en la realidad, y es citado en la Biblia en el primer capítulo del Libro de Josue. Sin embargo, las 12 rocas nunca han sido halladas.  En cuanto al  nombre de AMMIHUD también figura en la Biblia, en el Libro de Números, pero su protagonismo en la novela es totalmente ficticio. 










   Da pena ver collares y anillos de oro colgados al cuello y dedos de la imagenes de la Virgen, mientras hay personas que se mueren de hambre.

Juan Pablo I.




Dios no necesita cálices de oro, sino almas de oro. Comenzad a dar de comer a los hambrientos, y con lo que sobre decorad el altar.

Juan Pablo II, en Canadà el 14 de Septiembre de 1984



jueves, 9 de abril de 2009

MIGUELITO

©Ramón Marzal


            Miguelito tenía 4 años cuando sus padres, Don Miguel y Dña. Encarnación, decidieron irse a vivir a un piso viejo de una casa no menos vieja en la parte antigua de la ciudad, detrás de la Catedral. Después de casarse, se habían instalado en casa de la madre de doña Encarnación, y cuando nació el niño, empezaron a pensar en irse a vivir independientes a un piso. Después de hacer serios estudios sobre los ingresos que, como empleado en la oficina de una Compañía de Seguros, recibía Don Miguel, el matrimonio Olmedo se cambió a un tercer piso de una casa en el casco viejo de la ciudad.

            Fueron tiempos heroicos para el joven matrimonio quien, recién acabada la guerra, no tenían otra ilusión que sobrevivir. Disponía la casa de un amplio dormitorio que daba a la calle, con una alcoba donde le habían instalado una cama a Miguelito; un comedor que nunca se usaba; un despacho, sin ventanas a la calle, para D. Miguel y una cocina grande con un cuarto de desahogo también obscuro que hacía las veces de despensa, ropero y cuarto de trabajo, y donde se guardaban infinidad de cachivaches. En aquella cocina grande transcurría la apacible vida de los Olmedo. En un extremo, junto al balcón, había una mesa camilla con sus faldillas de color siena, que en otros tiempos debieron de ser rojas, y bajo aquella mesa, al amparo de las faldillas, Miguelito poseía su "Santa Sanctorum”. Un par de cajones colocados en el lugar donde debía de haber un brasero, albergaban los tebeos y los pocos juguetes de madera y hojalata pintada que disponía el niño: todas sus pertenencias. Allí fueron los primeros contactos de Miguelito con su imaginación y su mundo de fantasía.
            En verano, Doña Encarnación sacaba el cajón de los juguetes al balcón, y al resguardo de un toldo descolorido, se pasaba el niño horas enteras, mientras su madre, en el otro extremo de la cocina, se dedicaba a sus quehaceres. El balcón daba a una callejuela estrecha, frente a lo que era una especie de corral donde la casera del Deán cuidaba algunas gallinas. Don Pablo, el Deán, un sacerdote bastante mayor de generosa papada, se pasaba las horas no ocupadas por su Ministerio, en estar sentado en una quejumbrosa mecedora situada en la solana, desde donde podía ver el balcón de los Olmedo, mientras confeccionaba pelotas con trapos viejos y cuerdas, que luego regalaba a los chicos del barrio.
            Miguelito, desde su situación dominante en el balcón, y al amparo de aquel toldo, se pasaba gran parte de las mañanas cantando con argentina voz, una y otra vez, las canciones que oía a su madre. Debía de hacerlo bastante bien, pues el sacerdote, desde su galería, en más de una ocasión, había comentado con Doña Encarnación que a su debido tiempo, si al niño le gustaba cantar y seguía con aquella voz, deberían ingresarlo interno en la Escolanía de la Catedral, de la que él era Director. A Miguelito no le hacía ninguna gracia y decía que no, pero su madre sonreía, y simplemente decía: –Ya veremos, ya veremos–, y continuaba colgando la reciente colada que desprendía un penetrante olor a lejía.
             La verdad es que Doña Encarnación estaba muy entusiasmada con la sugerencia del Deán, y el niño oía como se lo comentaba a su padre, diciéndole que sería una gran oportunidad, dado que darían estudios al niño y, sobre todo, una manutención que en aquellos años, los Olmedo no estaban muy seguros de poder cubrir tal como las circunstancias requerían.

            Cuando volvieron los fríos, el cajón de los juguetes de Miguelito retornó otra vez a su lugar debajo de la mesa, y en niño de nuevo ocupó el íntimo espacio que le proporcionaban aquellas cortinas que colgaban de la mesa. Sin embargo, la despierta mente de Doña Encarnación había empezado a urdir una sutil trama. Las canciones de tipo popular o coplas que siempre cantaba cuando estaba haciendo las faenas del hogar, se vieron sustituidas, cuando estaba en presencia del niño, por otras de carácter religioso, por lo general las que escuchaba en la Misa dominical, o aquellas que, cuando era niña, le habían enseñado para el mes de Mayo, las monjitas de la Consolación.
            Todos los días, la madre de Miguelito, después de darle el desayuno, permanecía un buen rato con él, empeñada en que aprendiese la letra de las canciones que más tarde entonaba ella y luego hacía que la cantasen juntos. Para el niño era una diversión, más que por aprender las canciones, porque aquello le aseguraba la atención de su afanosa madre.

            La familia Olmedo solía ir los domingos a Misa de 12 en la Catedral, sin embargo, Doña Encarnación, por su cuenta, empezó a frecuentar la Misa de 9, que era cuando cantaba la Escolanía. Al finalizar la misa, se acercaba hasta el coro y, de paso, se dejaba ver por el Deán, al que saludaba con una ligera inclinación de cabeza. Luego, se quedaba hasta que veía salir las dos filas de formalitos niños, vistiendo, al igual que lo haría su Miguelito –imaginaba–, el albo roquete de percal plisado sobre la característica sotana roja.

            Así las cosas, mal que bien, pasó el invierno y llegó la primavera, y con ella la Semana Santa. Los Olmedo, fieles a las tradiciones de la España de aquellos años 40, llevaron al niño a ver la procesión del Domingo de Ramos y la correspondiente bendición de palmas. Para el niño fue una fiesta. Aquella procesión que todo el mundo llamaba “de la borrica”, los ramos de olivo y las palmas. Miguelito llevó una con un gran lazo de raso azul pálido, pero lo que más le entusiasmó eran los dulces que su madrina le había sujetado entre las trenzadas hojas de aquella palma, y la cual terminó llevando Doña Encarnación. Pero cuatro días más tarde todo cambió.

            Miguelito, en la alcoba anexa al dormitorio de sus padres, soñaba con la procesión que había visto unos días antes y, de pronto, empezaron a oírse lejanos y siniestros ruido de tambores. El niño se movió intranquilo en su lecho en medio de apagados quejidos. Su madre entró en la habitación y lo envolvió en una manta; luego tomándolo entre sus brazos lo sacó al balcón. Su padre se había puesto una bata encima del pijama, y estaba también allí. Miguelito miró hacia la calle. Dos hileras de encapuchados, portadores de unos grandes cirios encendidos, se deslizaban por entre la estrecha calleja. Si el niño había tenido alguna señal de sueño, en aquellos momentos, le había desaparecido. Permanecía en silencio acurrucado entre los brazos de su madre y al amparo de la manta que le tapaba. Se cubrió gran parte de la cabeza dejando solamente una ranura entre los pliegues por la que podía ver la calle. Se sintió así más protegido. La tímida y oscilante luz de los cirios proyectaba sobre las paredes de la calleja las fantasmagóricas sombras de los encapuchados, que junto con el humo de las velas embriagaron la atmósfera de la calle. El ruido de los tambores se incrementó, y sólo cesó cuando de oyó una voz grave que pronunció –“Séptima estación”–. De pronto, por la cercana esquina de la calle, y al abrigo de aquel reptil luminoso apareció la silueta de un gran crucifijo. Lo llevaban cuatro encapuchados en una peana encima de los hombros. El Crucificado, al tambalearse al compás de los pasos de sus portadores, daba la sensación de querer desclavarse. El niño contenía la respiración. La atmósfera empalagosa del incienso mezclada con el olor a cera derretida ascendió entre las casas de la calle, y llegó hasta el balcón del tercer piso donde el hijo de los Olmedo, a estas horas, estaba totalmente escondido entre los pliegues de la manta. Hubiese querido gritar, pero los brazos de su solícita madre que le abrazaba le serenaron. Miró hacia abajo. Detrás del Crucificado, que había visto en alguna ocasión en la Catedral, descubrió al Deán vestido con una gran capa, como no lo había visto nunca, iba rodeados de varios encapuchados. El niño se le quedó mirando, le pareció que elevaba la vista hacia donde él estaba, y hasta imaginó que levantaba una mano señalándole, como en un gesto acusativo. En medio de místicos murmullos, pasaron las sinuosas filas de encapuchados y cirios humeantes, luego, en un momento que el niño se atrevió a mirar de nuevo, vio a unos seres cubiertos con vestidos negros y un gran velo del mismo color que les ocultaba el rostro. Arrastraban cadenas en los pies, y junto con el ruido que hacían éstas al chocar contra el adoquinado, se dejaba oír un sordo y lúgubre lamento que le sobrecogió; Miguelito no lo soportó más. Volvió la cabeza rápidamente, abrazóse al cuello de su madre y escondió su cara, al amparo de su seno. Poco a poco, el murmullo de las plegarias, el ruido de los tambores y el arrastrar de las largas cadenas fue decreciendo, hasta que desapareció por el otro extremo de la calle. Las personas que seguían al cortejo fueron dejando atrás el balcón de los Olmedo, luego desaparecieron por completo. Quedó el lugar nuevamente en silencio, cubierto todavía del humo y del aroma dulzón del incienso. Doña Encarnación llevó al niño hasta su cama. Le abrigó, y tras darle un beso en la frente, salió de su alcoba. Miguelito tardó en dormirse, y cuando lo hizo, soñó con encapuchados, sombras siniestras proyectándose en las paredes, ruidos de tambores y cadenas arrastrándose, y hasta le pareció oler en sueños el ambiente que todavía se respiraba en la calle.

            A partir de aquella primavera, ya nunca se oyó la argentina voz de Miguelito cantando en el balcón del tercer piso de una casa vieja detrás de la Catedral.




             El anterior relato es parte integrante del volumen I de AL COMPÁS DE LA ILUSIÓN. Está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual y queda prohibida su reproducción total o parcial.

lunes, 6 de abril de 2009

SENTIMIENTOS

© fotos: Ramón Marzal


Los niños que me encuento en cada esquina

trozos son de la alegría que perdió la Humanidad.

Son ellos las semillas de esperanza

que nos da la confianza de un mañana en amistad.







Un viejo nostálgico descansa, y en sus ojos

se vislumbra la aventura de esperar.

Va buscando a Dios con alegría

y cuando llega al fin del día, no se cansa de esperar.







Yo canto amor,amor,amor.
Los pájaros repiten mi cantar
Yo voy buscando a Dios con alegría,
deja el odio y ven conmigo a caminar

(Canción Anónima)

lunes, 30 de marzo de 2009








LA BUENA NUEVA

¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sion!

   Am. 6, 1

(Todos los profetas se han alzado siempre contra la hipocresia religiosa de quienes se creen en orden con Dios, porque cumplen sus ritos, despreciando los conceptos más elementales de justicia social y de amor al prójimo.)



jueves, 26 de marzo de 2009

LOS PICOS DE EUROPA

© : RAMON MARZAL


            -¡Por allí van! ¡Mírelos, mírelos!
            Y yo me desojo atisbando por entre los vericuetos de la pared rocosa. Creo haber visto alguno dando saltos impresionantes, y otros en la arista de una roca, erguidos sobre sus cuatro patas.
            –Al amanecer, se ven más –torna el empleado–, pero cuando las cabinas empiezan a funcionar, se asustan y se retiran.
            La verdad es que no estoy para buscar rebecos entre los abismos que se observan desde la cabina del teleférico. También en el Pirineo tenemos rebecos, allí, los lugareños les llaman sarrios.
            Unos minutos antes, en la estación del valle, mientras esperábamos la llegada de la cabina del teleférico que desde Fuente Dé nos llevará al Mirador del Cable en los Picos de Europa, mi amigo Marcelino, el catalán de dialéctica sosegada, le decía a Rotger.
            –Creo que te daré el billete a mitad de su precio.
            Rotger decía que no subía; que ya había estado en otra ocasión. Pero a medida que la cabina se acercaba Marcelino insistía medio en broma, medio en serio:
            –Pensándolo bien, te regalo el billete.
            Y cuando la cabina entraba en el anden la estación, y vio en realidad su tamaño, escaso para seis personas, dijo:
            –Creo que además, te podría dar cien duros.
            Todos reímos de buena gana.
            –La numero 2 con seis personas –dice el empleado por el teléfono de la cabina. Suena un timbre y ésta se pone en marcha.
            Al principio, se nota la aceleración, pero cuando ya pendes del cable sobre el abismo, y han desaparecido los puntos de referencia visual, da la sensación de que algo se ha estropeado y la cabina se ha parado. Miro al empleado; su tranquilidad me reconforta. Y uno, que en esto del vértigo tiene los suyo, y decirlo no le importa, siente como un no sé que, se ha atascado en la garganta. Claro que en esto de buscar rebecos se van sus buenos sesenta segundos en los cuales, no se piensa en aquella película de James Stewar, cuyo título no me acuerdo, en que una cabina del teleférico con sus diez personas se encuentra en un suspense que dura cerca de dos horas de proyección y que termina precipitándose al vacío; con el “malo” claro está.

            La tensión se hace mas fuerte cuando la cabina empieza a subir, casi vertical, por el vientre que hace el cable, y da la sensación de que se va a estrellar contra la pared rocosa, donde se ve una cabaña que en tiempos parece ser que habitaron unos mineros. De pronto, vemos como se cruza con nosotros la cabina que desciende. Es entonces cuando nos damos cuenta de la verdadera velocidad que llevamos.
            –Veintiocho kilómetros por hora –nos informa el empleado.
            Tres minutos y cuarenta segundos le ha costado salvar en abismo. Cuando al fin llegamos a la estación de arriba, sentimos un frío intenso que se clava hasta en los tuétanos. No es de extrañar; estamos en la nieve a 1.844 m. de altura. Marcelino se ha puesto la gabardina, y yo llevo un jersey recio, pero olvide la trenca en el coche allá en el valle.
            Cuando salimos de la estación nos damos cuenta que cerca de 4 minutos de suspense han valido la pena. Pero hace frío, mucho frío y vamos sin calzado apropiado. Algo inmenso nos invade en aquella cumbre cubierta de nieve. Parece ser que hemos tenido suerte, pues la atmósfera esta clarísima y en derredor nuestro, inmensa panorámica de sol, nieve, cumbres y abismos que sobrecogen el alma. No es de extrañar que en la mayoría de las religiones, los hombres hayan situado sus dioses en las altas cimas. Si fuésemos con ropa y calzado apropiado nos podríamos internar, y en dos horas nos colocaríamos en Peña Vieja, o llegaríamos hasta la base del Naranjo. Tenemos que desistir; lo veremos otro día desde el lado Norte. Marcelino insiste en sacarse unas fotos en el Balcón de Cable. ¡Válgame Dios, este Marcelino! El Balcón sobresale en el abismo, y su suelo enrejado contribuye en la sensación de parecer que uno está flotando en el vacío. Al fondo, el naciente río Deva; bosques de hayas y robles; trigo y viñedos. De los últimos se hace el famoso orujo de estos lugares. Días después, José Manuel, un compañero de Unquera, nos obsequiará con una botella, pero me quedé con ganas de probar en auténtico “tostadillo”. A nuestros píes, el viento ruge; mejor dicho a los pies de Marcelino, ya que está en el Balcón, pues la verdad es que yo prefiero ver el panorama desde ”tierra firme”. Ahora se ha cubierto el cielo, pero aun así, allá en el valle se puede ver la estación.
Decidimos descender.
             La sensación es mucho mayor ahora. Sólo bajamos nosotros dos, la cabina pesa menos y por añadidura se ha levantado el viento. Nos balanceamos en medio del abismo. Cerca de kilómetro y medio de cable nos sujeta. El catalán quiere dejar constancia de estos momentos y dice que le saque una foto. Le complazco pero tengo mala suerte, a mi regreso a Zaragoza me doy cuenta que me falta un carrete, precisamente éste, menos mal que tengo los que saqué en la cumbre. El empleado nos dice que los días de viento no funciona el funicular.
            –¿Peligroso? –le preguntamos.
            –No, pero el público se impresiona –nos contesta. Le creemos.
            Cuando llegamos al valle, Rotger nos espera. Comemos cerca de la estación, sentados sobre un tronco tendido en el suelo, a 1090 m. sobre el nivel del mar. Damos buena cuenta de las viandas que nos han puesto en el hotel: bocadillos de tortilla, jamón y queso, todo ello regado con el clásico vino de cooperativa, y para postre piña en almíbar. Echo en falta el vino de mi bravío Aragón. El café lo tomamos en un bar de allí mismo, pero salimos enseguida fuera; el ambiente cargado huele a sacrilegio en la pureza de las cumbres. Felices y despreocupados ocupamos unos bancos de leño al pie del paredón de roca. Suenan argentinas voces de muchachas que han llegado en un autocar. Todo cuanto nos rodea es belleza, sosiego y … paz.
            Todavía el sol está muy alto, cuando el coche corre por las márgenes del Deva, donde el salmón, la anguila y la trucha hacen las delicias de los pescadores. Cuentan romanceros y leyendas que por estas tierras de Espinama corrió sus andanzas, Iñigo López de Mendoza, Marques de Santillana.
            Ahora, siempre bajando, el coche se desliza por la orilla izquierda del Deva. Pasan a nuestro lado bellas muchachas lebaniegas; a fe mía que son bellas; las más, luciendo sus “encantos”, que en esta tarde primaveral la Naturaleza nos muestra cuan pródiga suele ser en los mismos.
            Mientras yo me aferro al volante, Marcelino, a mi lado, comenta con Rotger las bellezas del paisaje. Chopos, fresnos y abedules; por todas las partes el verdor; el inconfundible verdor del norte de la península. Por entre las grietas de un farallón surge al cielo, atrevido, un castaño. Desde estas cimas hubo una nueva derrota para los ejércitos musulmanes cuando volvían de Covadonga. Hay quien dice que fue milagro; otros, la estrategia de Don Pelayo; lo cierto es que, un corrimiento de tierras acabó con las ya diezmadas huestes de la media luna. Rápidamente el río tuerce hacia el norte y por estrechos desfiladeros, que hacen juego con la angostura del lugar, la carretera se desliza a lo largo del cauce, sorteando grietas y ciclópeos farallones. Suena el agua en místicos murmullos por el río lebaniego; canta a lo largo de su cauce las gestas de Don Pelayo; tierras éstas que fueron cuna de su hijo Favila, segundo rey de Asturias. El río Deva, que ahora forma limite entre las provincias de Santander y Oviedo, busca afanoso su camino hacia el mar.

            Por la noche cuando, tendido en la cama, comento con Luis Pereira, mi compañero de habitación, un robusto mocetón lucense, para más datos, aunque con poco acento, la excursión del día, noto como se van cerrando mis párpados. Llegan a mis oídos vagas voces desde el salón de la planta baja y una paz inmensa me rodea. Y es que, Marcelino, Rotger y yo, allá en los Picos de Europa, a 2.000 m. de altitud, hoy hemos estado …UN POCO MÁS CERCA DE DIOS.



martes, 24 de marzo de 2009








   No destruyáis las creencias que hacen a otros felices, si no podéis inculcarles otras mejores.

Juan Gaspar Lavater (filósofo suizo)



miércoles, 11 de marzo de 2009

EL FANTASMA DEL PAZO (2)


© RAMON MARZAL


LEED   ANTES   LA   PRIMERA   PARTE   DE   ESTA   NARRACION   EN   LA   ENTRADA   DEL   DIA   26-2-2009

Ir la Primera Parte



EL FANTASMA DEL PAZO  (2ª PARTE)

            Aquella noche, después de tomar una frugal cena que se había preparado, decidió quedarse al amor de la lumbre de la chimenea. Aunque sabía que aún había whisky en la botella que había encontrado, no quiso abusar, y uso la que había comprado en el colmado. No era de su marca preferida, pero le dio igual. Miró nuevamente el retrato y el escudo de encima de la chimenea, y una vez más comprobó el medallón que llevaba en el bolsillo. No había ninguna duda. Eran exactamente iguales. 

             Recordó que seis meses antes lo había adquirido en un mercado de las Hébridas Exteriores. Un hombre con acento gaélico le había dicho que lo había comprado en el Noroeste de España a una mujer joven que vendía antigüedades celtas, y que le aseguró era original. Como quiera que a Arthur MacLean la cultura celta le había interesado siempre, decidió después de pedirle más datos al hombre, llegarse hasta España e investigar. Por lo visto había llegado al punto exacto de donde provenía el medallón.

             Volvieron a dar las horas en el reloj de pared de la habitación, y entonces le vino a la memoria los acontecimientos de la noche anterior. Pero no habían transcurrido unos minutos cuando creyó oír unos ligeros ruido en el piso de arriba. Prestó más atención y al instante oyó crujir las maderas de la escalera que daba a los áticos. Y entonces la luz se apagó. Todo estaba en completa oscuridad. Únicamente a través de las amplias ventanas de la sala, entraba la luz blanca y precisa de la luna que, aunque vagamente, iluminaba la habitación. Arthur permaneció en el sillón con el brazo en tensión soportando el vaso de whisky. Oyó crujir nuevamente los escalones de la planta de arriba, y desvió la mirada hacia allí; y entonces sucedió. Vio aparecer en la puerta de los áticos que se abría a la galería de la primera planta, la silueta de una mujer esbelta cubierta con una túnica blanca. Caminó a lo largo de la galería y al llegar al centro, se detuvo. Volvió la cara hacia donde estaba el hombre y durante unos instantes se detuvo frente a él como mirándole desde lo alto. Levantó un brazo y le señaló con el dedo, después, con la misma solemnidad que había llegado, se volvió otra vez hacia la puerta que conducían a los áticos y lentamente desapareció. Volvieron a oírse crujir las maderas de la escalera y luego el abrirse y cerrarse una puerta. Después, todo quedó de nuevo en silencio. Durante unos instantes, Arthur permaneció mudo en medio de la oscuridad de la sala sólo amortiguada por la luz de la luna que bañaba la estancia. Tenía la garganta seca a pesar de tener todavía medio vaso de whisky en la mano. Se lo tomó de un trago. En aquel momento la luz volvió y nuevamente todo quedó como estaba hacía unos minutos.

             No lo pensó más y decidió de una vez comprobar aquella especie de visión. Encendió todas las luces del piso superior, cogió el manojo de llaves que tenía sobre la repisa de la chimenea y subió. Los escalones que daban al ático crujieron a su paso. Llegó hasta la primera habitación. Estaba cerrada; la abrió y miró en el interior. Tan sólo unas camas desarmadas que estaban tal como las dejó el día anterior. Volvió a cerrar la habitación y decidió ir a la otra. Intentó abrir con la llave, pero se dio cuenta de que estaba sin cerrar con llave. Entró, pero no pudo ver nada; la luz ahora no funcionaba. Allí ocurría algo, y todo estaba en aquella habitación. Decidió investigar con luz al día siguiente. Salió, cerró la puerta con llave y bajó a la planta baja.

            Permaneció junto a la chimenea. No sabía que pensar. En algún momento creyó que serían imaginaciones suyas, pero no. Aquellos sonidos habían sido reales. Las puertas se habían abierto y cerrado, y los escalones crujieron bajo el peso de alguien, y luego la vio aparecer.

            Pensó que alguien le quería gastar una broma y no quiso dar la sensación de estar asustado, por lo que decidió no contar nada al guarda a la mañana siguiente. Lentamente, dejó en vaso en la repisa, echó un nuevo tronco en la chimenea y subió la escalera camino de su habitación. Cuando hubo entrado cerró la puerta con llave, pero lo pensó mejor y puso una silla haciendo palanca en la manivela. Luego se acostó envuelto en sombríos pensamientos.

            La mañana estaba bastante avanzada cuando al día siguiente se levantó. Había tardado bastante en dormirse, y a la madrugada, había permanecido gran parte en un completo estado de duermevela. Desayunó abundantemente y luego salió al exterior bajo los eucaliptos adonde estaba el coche. Recogió del maletero una linterna grande y entró nuevamente en la casa. Subió directamente hasta la habitación del ático que servía de desván. Abrió una pequeña ventana y una luz clara inundó la habitación. Empezó a mirar por todos los sitios levantando cajas y quitando sábanas que tapaban algunos muebles viejos. No encontró nada de particular que le llamase la atención. Había un montón de cachivaches propios de cualquier desván: una mecedora, una cuna, cajones y estantes con libros. Había, incluso, una jaula y en el fondo, un armario grande. Fue hacia el y lo abrió; estaba casi vacío. Colgaban únicamente unas pocas perchas con prendas pasadas de moda. Ya iba a cerrarlo cuando se le ocurrió correr las perchas hacia un lado para ver el fondo. Le pareció que estaba algo inclinado y cuando apoyó la mano, la madera del fondo cedió un poco por lo que le dio la sensación de que detrás había algo. Corrió del todo las perchas y se fijó en el fondo. Lo empujó y la madera se deslizó hacia atrás dejando ver una pequeña oquedad intramuros que albergaba una escalera de caracol que descendía. A Arthur el corazón le empezó a latir con fuerza. Aquella escalera descendía en medio de la oscuridad. Encendió la linterna y bajó. Al principio, no veía nada luego sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, y con ayuda de la linterna siguió bajando lo que calculó serían unos tres pisos. Por fin, llegó a una especie de sótano. Hizo un barrido con la linterna. No vio más que un túnel natural que tras pocos metros le llevó a una especie de cueva, y se dispuso a inspeccionar el lugar. No parecía haber más que trastos viejos pegados a los muros, pero cuando se acercó más pudo ver todo mejor. Aquellos trastos no era lo que parecían. Había vasos de plata repujada y máscaras de bronce. Vio una figura que era un ciervo, le pareció también de bronce. A un lado, había relieves en piedra y una especie de calderos con figuras en su exterior. En otro lado, un montón de espadas y lanzas; ruedas y una corona de bronce. Su intuición le dijo que eran celtas.

            Se adelantó hasta un pasadizo oscuro y húmedo que había al fondo de la cueva. Le pareció oír voces apagadas e incremento las precauciones. Después de unos pocos metros, el pasadizo doblaba. Se topó con una escalera que ascendía. Subió con precaución; al final podía ver un ligero resplandor. Apagó la linterna y siguió en dirección a la luz. A medida que se acercaba las voces se hacían más claras. Luego reconoció la voz del guarda que hablaba con una mujer que por su voz parecía joven. Entonces se dio cuenta de que estaba detrás de la puerta que había visto junto a la leña apilada cerca de la casa.
            –No podemos tenerlo mucho más tiempo en la casa –decía el guarda al otro lado de la puerta.
            –A la semana que viene tenemos que llevar varias piezas al anticuario, y las tendremos que sacar por la casa –se oyó la voz de la mujer.
            –Si, desde luego no sé por qué Lorenzo nos lo tuvo que enviar sabiendo que teníamos tan cerca un envío.
            –Déjame hacer a mí, padre –volvió a decir a la mujer–. Tendré que ser más convincente con mi actuación.
            –No te arriesgues o lo echaremos todo a perder. 
            –No te preocupes, padre. He cogido gran experiencia después de tanto tiempo. Anoche me pareció verle temblar –la mujer rió.
            Arthur oyó unos golpes en la puerta. Al parecer el guarda estaba acumulando más leños sobre la pila que, de paso, servían para disimular aquella entrada.

            Volvió por donde había llegado. Se quedó mirando todavía las piezas en la cueva, y entonces notó que pisaba algo y se agachó. Era una figurita de bronce de unos 5 cm. Le pareció que era un animal, una especie de jabalí. Se la metió en el bolsillo e inició el ascenso por la escalera de caracol hasta la habitación. Dejó todo como estaba y volvió a cerrar la puerta con llave. Luego bajó hasta la sala y se sirvió un vaso de whisky, esta vez bastante
lleno.
             Empezó a pensar sobre todo aquello; ahora estaba claro. Bajo la casa, había existido algún castro antiguo donde se habían depositado todas aquellas piezas de origen celta. El guarda las había descubierto, y ahora se dedicaba a venderlas por su cuenta. A la vez que impedía que se vendiese el pazo, pues a él no le beneficiaba, ahuyentando a los posibles inquilinos con ayuda de su hija y del mesonero.

            A finales de aquella semana, Arthur había decidido marcharse. No quería verse involucrado en nada de lo que sucedía allí. Fue al pueblo por última vez para comprar algunas cosas y ni siquiera pasó por el mesón. Desde que se había enterado que Lorenzo, el mesonero, también estaba implicado, procuraba no verse con él. Ya cerca del mediodía se fue hacia el pazo, pero a medida que se acercaba, notó algo anormal. Había varios coches aparcados en la entrada junto a la casa del guarda; dos de ellos eran de la Guardia Civil. Por precaución decidió no llegarse hasta allí y metió el coche por un camino estrecho que le dejó directamente ante el acantilado. Simuló estar viendo el mar, pero no quitó la vista de la entrada. Vio salir de la casa al guarda con dos guardias civiles que se metieron en un coche. Luego salió también la hija que se metió en otro coche. Había también tres o cuatro personas parecían civiles que momentos después, tras cerrar la puerta de la casa del guarda, se montaron en dos coches y siguieron a los demás.

            Desde donde estaba, Arthur podía observar toda la escena, e imaginó lo sucedido. Las actividades del guarda y de su hija habían quedado a descubierto por los administradores quienes les habían denunciado. No supo que hacer. Era evidente que él no tenía nada que ver, sin embargo, le preocupó que el guarda no le hubiera hecho ningún contrato, por lo que no podía demostrar que estaba allí alquilado. Podía marcharse en aquel momento, pero tenía cosas en la casa, entre ellas su documentación, que si las encontraban podían demostrar su identidad. Por otra parte, tenía todavía la llave de la casa. Permaneció mucho rato allí durante el cual no vio ninguna actividad en los alrededores. Decidió no entrar. Montó en el coche y se dirigió otra vez hacia en pueblo. Tampoco entró en el mesón. Salvo el mesonero, nadie sabía que él se alojaba en el pazo, así es que deambuló por las callejas. Entró a comprar unos dulces en una panadería y, mientras esperaba, oyó comentar a la panadera con otras clientas lo sucedido, que se había corrido rápidamente por todo el pueblo.
 
            –Mi marido –decía la panadera– ya se imaginaba lo del contrabando.
            –¿Contrabando? –dijo una de las clientas.
            –Sí señora. Contrabando del grande. Antes era tabaco, pero ahora parecer ser que eran drogas. Grandes cantidades de drogas que almacenaban en la casa grande. Por eso iba tan poca gente por allí.
            –¡Qué barbaridad! –dijo otra–. A mí el guarda me parecía bastante raro.
            Cuando le llegó el turno, el inglés pidió unas tortas de bizcocho y salió del establecimiento. No sabía que hacer y decidió perderse por los alrededores en espera de que anocheciese.

            Ya era muy tarde. La noche era clara y una luna ya disminuida iluminada débilmente el entorno cuando Arthur llegó de nuevo con el coche hasta el pazo. Se le ocurrió que podía dejar el coche fuera y entrar a recoger sus cosas, pero lo pensó mejor y dedujo que si alguien lo veía, podía sospechar, y él no tenía nada que ocultar. Decidió obrar con toda la naturalidad, así es que abrió la puerta de pazo, introdujo el coche y lo llevó hasta la casa. No quiso encender ninguna luz y sólo usó la linterna cuando subió hasta la habitación. Metió en unas bolsas lo poco que tenía. Se cercioró de que no quedase nada que pudiese delatar que había estado allí y bajó al piso de abajo. Entró también en la cocina para dejar todo como lo había encontrado y después de haberlo comprobado salió a la sala decidido a marcharse, pero antes quiso tomarse el último vaso de whisky. Se lo sirvió junto a la chimenea que estaba apagada y fría. A la poca luz de la luna que entraba por las grandes ventanas de la sala, miró una vez más el gran retrato de mujer que presidía la pared de la chimenea. Luego dirigió su vista hasta el escudo y, de nuevo, sacó de su bolsillo el medallón. Lo contempló junto con la figurilla del jabalí que había encontrado y que se había guardado. Y entonces ocurrió.
             Al levantar la vista hacia la galería superior que llevada los dormitorios y a los áticos, vio la figura de la mujer de blanco que le observaba desde la altura. Hubiese querido gritarle que se dejase de farsas, que sabía quien era pero algo le contuvo. Sabía que la Guardia Civil se había llevado a la hija del guarda. Algo le hizo permanecer callado. La figura de la mujer era de un blanco traslucido, emitía un ligero resplandor y cosa muy rara, transmitía serenidad. La mujer fue avanzando por la galería, pero en esta ocasión no andaba, parecía como si se estuviese deslizando a lo largo de la tarima. Llegó hasta donde había estado la vez anterior, pero siguió avanzando hasta la escalera, y entonces Arthur la vio bajar de la misma manera, sin mover los pies, como si una especie de ascensor invisible la estuviese descendiendo. Cuando llegó a la planta baja, siguió avanzando hasta donde el hombre estaba y a un metro aproximadamente se detuvo. Arthur pudo comprobar que en esta ocasión algo anormal estaba sucediendo o al menos, algo para lo que no tenía explicación. La figura se aproximó un poco más y le tendió la mano hacia las suyas que todavía tenían el medallón y la figurilla de bronce. Entonces, a pesar de la oscuridad, le vio el rostro luminoso y creyó haberlo visto antes. Parecía como si la mano de la mujer le tocase, pero sólo sintió un frío intenso. La mujer tenía la palma de la mano hacia arriba, como esperando recibir algo y entonces, Arthur se dio cuenta de una cosa: le estaba solicitando lo que tenía entre las manos. Él le tendió los dos objetos y sin saber cómo, pasaron a las manos de la mujer. Ella tomó la figurilla de jabalí y alargó la mano nuevamente hacia él. Una vez más, volvió a sentir aquel frío y entonces la figurilla pasó a la mano de él. La mujer pareció sonreír, dio media vuelta y volvió a marcharse, llevándose el medallón. Subió la escalera de la misma manera y atravesó la galería hasta que desapareció por la puerta que conducía a los áticos. Arthur quedó unos momentos sin moverse, tendida todavía la mano donde la mujer había depositado la figurilla. No llegó a saber nunca los minutos que transcurrieron.

             Le sacaron de su sopor las campanadas del reloj de pared de la sala, y entonces, notó que volvía a la realidad. Sintió algo extraño, tomó la bolsa con sus cosas que había recogido y se dispuso a salir. Antes tomó el último sorbo del whisky y luego fue a dejar el vaso en la repisa, y al hacerlo volvió a mirar el retrato de la mujer. El vaso se desprendió de su mano y se estrelló con estrépito contra el suelo. Encendió la linterna y subió lentamente el haz de rayos hasta la mujer. Su rostro se había transformado. Ahora comunicaba serenidad y sonreía. Entonces vio que la cara era la misma que acaba a de contemplar hacía unos instantes frente a él. La mano derecha ya no estaba a la altura de su garganta; había descendido. Sobre su terso cuello, pendía un medallón con la insignia del sol celta. El hombre dejó el juego de llaves encima de la chimenea y rápidamente marchó del pazo cerrando la puerta desde fuera.

                        * * *
            Cuando terminó su relato, los cuatro ancianos permanecieron callados durante unos momentos. Hacía tiempo que la partida se había suspendido y no se oía el golpear de las fichas sobre el tablero de la mesa. Una monjita se acercó al inglés. 
            –Por fin ha llegado tu pensión –le dijo. 
            En hombre depositó sobre la mesa una especie de figurita de bronce en forma de jabalí que llevaba en la mano y tomó el sobre. Decía: Para Arthur MacLean.




lunes, 9 de marzo de 2009








LA BUENA NUEVA

Quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un sólo codo a la medida de su vida... No esteis angustiados por el mañana. Cada día tiene bastante con su propio mal.

   Mt. 6,25



FRAGMENTOS DE POEMAS

© Ramón Marzal







LA MANO AMIGA
(fragmento)

Tú eres María
                  la flor de bondad
que al borde del sendero
                  me diste caridad.


Y yo, el pobre
                  que sin saber a do camina
halló en su vida el consuelo
                  de tu buena mano amiga.




POR TODO ESO
(fragmento)

Porque eres paz
                  en la vida incierta
Porque eres gloria
                  que el cielo envidió
Porque eres bálsamo
                  en la herida abierta
Del vivir infausto
                  que mi corazón llagó

Por todo eso...
                  ...te quiero yo



viernes, 27 de febrero de 2009


NO   OLVIDES   "PINCHAR"
LOS ENLACES DE ACUARELAS


UN ESTUDIANTE EN SANTIAGO






    UN ESTUDIANTE EN SANTIAGO


            Me lo contó el otro día en la Facultad, alguien que había estado estudiando en Santiago. El hecho se recordaba en toda la Universidad como el más chungón y humorístico del curso.

            –Venía a nuestro curso –me dijo–, un muchacho de Madrid a quien su padre lo mandó a Santiago quizá por apartarlo de un ambiente calaveresco.
            La gran cantidad de días que constantemente estaba lloviendo en Santiago hacía que el chico pidiese constantemente a su padre que le sacase de allí. El padre siempre le contestaba con la misma letanía:
            –“Estudia, hijo mío hasta que puedas mantenerte de los libros. Te adjunto cien duros. Tu padre...”
            Pero a pesar de los continuos giros de su progenitor, nuestro estudiante andaba siempre de cabeza. No fumaba, no bebía ni asistía a la regular partida de cartas en la tasca que había debajo de la pensión, pero siempre había alguna rapaza capaz de hacerle desaparecer los últimos duros que le quedaban.
            Vendió la pluma, regalo de su madrina, el anillo y hasta el reloj de oro que le regaló su padre cuando salió de Madrid. Un día hasta creo que para poder desayunar en casa de Don Bartolomé vendió la zamarra de cuero, regalo de su madre para los días lluviosos del norte, le había dicho.

            Nuestro estudiante se había agenciado una máquina de escribir antigua, y, en las pocas horas libres, se dedicaba a pasar a limpio apuntes para los compañeros, los cuales hacía con papel de calco para sacar alguna copia de más, pero aún así no le llegaba.Hasta que cierto día, al no poder desayunar, y temiendo que le pasase lo mismo a la hora de comer, fue a una librería de lance, y vendió los libros del curso.

            Aquel mismo día, mandó un telegrama a su padre:
            ¡Cuanta razón tenía, padre! ¡Ha llegado la hora! Hoy he empezado a mantenerme de los libros. Sácame de aquí. Tu hijo...


Publicado en “La Gaceta de Liceo Hispano”, el 3 abril de 1953

©: RAMÓN MARZAL



EL FANTASMA DEL PAZO (1)






            EL FANTASMA DEL PAZO
                 (Primera Parte)


            En la sala de estar de una residencia de la tercera edad, cuatro ancianos acababan de repartir las fichas de dominó sobre la mesa en que estaban jugando. Uno de ellos estaba reprochando a su pareja una mala jugada que les había llevado a perder la partida anterior.
            –Inglés, no estás en lo que haces, y a tu edad no creo que sea por mujeres –todos rieron.
            –Sí –dijo otro–. A veces, el inglés se queda como ausente. Como si estuviera viendo fantasmas.
            –Fantasmas, fantasmas. Eso es cosa de mujeres –dijo el tercero en la jugada.
            –Qué sabéis vosotros de fantasmas –por fin habló aquel al que llamaban el inglés–. Hace más de cuarenta años me contaron una historia que palideceríais si la oyeseis. Sí, amigos, los fantasmas existen.
            –Cuenta, cuenta –dijo uno de ellos mientras removía las fichas.
             El que llamaban inglés, se refirmó en la silla y después de unos instantes empezó:

* * *

            En el reloj de la gran sala que ocupaba la planta baja, sonaron lánguidas las doce campanadas de la media noche. Después de unos segundos, en algún lugar impreciso de la casa, se oyó el crujir de una puerta que se abría. Arthur que estaba dormitando en el sillón frente a la chimenea sobre la que humeaban unos leños ya consumidos, se despertó al oír las campanadas del reloj. Aplicó el oído con más interés cuando oyó crujir la puerta; era el único que habitaba la casa.

            Arthur MacLean había llegado hacía unas horas a un pueblecito pontevedrés. Había estado lloviendo casi todo el día desde que salió de la capital. Cuando llegó al desvío donde se podía ver el letrero que indicaba el nombre del pueblo, torció, y poco después entró con el coche por una angosta y desierta calleja hasta que desembocó en una pequeña plaza. Estaba completamente vacía, y únicamente se veía una tenue luz en un extremo de la plaza junto a una puerta donde se podía leer: «Mesón». Aparcó el coche y entró. Se dirigió a la barra y preguntó por un sitio donde poder pasar la noche. El mesonero, un hombre escurrido que arrastraba su pierna izquierda se le acercó.
            –Lo siento, aquí tenemos pocas habitaciones y están todas completas.
            –¿Y algún otro lugar por aquí cerca donde poder pasar la noche?
            –Pues en este pueblo, no. En todo caso –le dijo–, en el Pazo Corbeiro, pero no se lo recomiendo. Hoy hay luna llena.
            El recién llegado se le quedó mirando intrigado.
            –Vd. No es de aquí ¿verdad? –preguntó el del mesón.
            –No, soy escocés, de Edimburgo, desde hace un mes llevo visitando todo el norte de España y pensaba llegar hasta la ría, pero con esta tarde tan desapacible…
            –Querrá Vd. cenar algo ¿verdad? –el mesonero no desperdició la ocasión y señaló una mesa cercana–. Siéntese, enseguida le llevo unas sopas de la tierra y le pongo al corriente.
            El recién llegado se dirigió hacia la mesa que le había indicado en un extremo del comedor y esperó a que llegase el hombre. Se entretuvo mirando a los demás comensales. Pocas mesas estaban ocupadas; eran sobre todo personas mayores. En un extremo, cuatro viejos alrededor de una mesa hacían golpear las fichas del dominó sobre el mármol. Al poco, llegó el mesonero con un cuenco de sopas aún humeante que colocó encima de la mesa.
            –Para segundo, le pondré merluza que me han traído hace poco de la lonja –. El mesonero dio por hecho que a su huésped le gustaba el pescado y continuó:
            –Le cuento; verá Vd. El Pazo del que le he hablado está a poco de aquí, en dirección al acantilado. En verano, los turistas lo suelen alquilar, pero todos se quedan pocos días, y es que verá Vd. –el mesonero bajó la voz y se acercó más aún al recién llegado en un ademán de confidencialidad–. Se cuentan cosas extrañas de por allí. Parece ser, que fue propiedad de unos antiguos señores, descendientes de ciertos celtas de Cornuelles, en Inglaterra, quienes se lo dieron a su hija como dote de su boda. La noche de bodas, una noche de luna llena, el esposo la repudió pues comprobó que no era virgen. Ella huyó de la casa vestida únicamente con un sutil camisón de gasa blanca. Llegó hasta el promontorio y se arrojó por el acantilado. Por lo visto en el sitio en que se lanzó, encontraron un medallón que ella siempre llevaba y que, al parecer, era recuerdo de su madre. El hombre dicen que terminó volviéndose loco, pues todas las noches de luna llena, el alma de la mujer se paseaba por los corredores del pazo reprochándole al esposo su actitud, y exigiéndole el medallón que había perdido.
            –No me diga –dijo el escocés sin que diera signo de haberse creído una sola palabra de cuanto le había contado el mesonero.
            –Allí en el pazo, en una pequeña casa a la entrada, vive el guarda con su hija. La casa grande ahora está vacía. Los administradores viven en Pontevedra, y el guarda está autorizado a alquilar la casa. Pero los inquilinos, al parecer, no se quedan mucho tiempo. Dicen que la casa está encantada y que todas las noches de luna llena se pasean las “meigas” por la estancia –dijo el mesonero casi con un susurro–. Algunos cuentan que han podido ver las noches de luna, el fantasma de la joven desposada. Hace tiempo que el pazo está en venta, pero nadie quiere comprarlo. Dicen que esta habitado por “meigas”. Esta noche hay luna llena, y, posiblemente, el guarda se haya metido con su hija en su pequeña casa y ni le abra.
            –Hombre, mire Vd., me está intrigando, pero ya que no hay otro sitio por aquí, posiblemente me acerque hasta allí antes de que caiga la noche por completo. ¿Por dónde se va?
            –Cuando salga del pueblo por la derecha, llegará a la carretera, luego sigue en dirección a la ría y unos dos kilómetros más adelante verá un desvío a la derecha. Está señalizado “Pazo de Corbeiro”. A un kilómetro aproximadamente, se topará Vd. con los muros. La casa del guarda tiene también entrada desde el exterior.
            –Bien, gracias –dijo Arthur–. Tan pronto como acabe de cenar me acercaré.
            –Dígale que le envió yo, Lorenzo –dijo el mesonero quien arrastrando su pierna izquierda volvió al mostrador adonde habían llegado un par de clientes.
            Arthur MacLean salió del pueblo siguiendo las instrucciones del mesonero, y tan pronto como llegó al desvío que le había indicado torció a la derecha. Enseguida se encontró ante los muros ya oscuros de la entrada del pazo. Tal como le había indicado el hombre en el pueblo, se dirigió hacia una pequeña casa. Parecía vacía, pero aun así, dio unos golpes en la puerta. Al poco, se ilumino una luz en el interior y la puerta se abrió tímidamente. Apareció un hombre alto y enjuto de rostro.
            –Buenas noches. Me mandan del mesón. No tienen habitaciones libres y como me ha dicho que alquila el pazo, a lo mejor me quedo algún tiempo para visitar la zona.
            –Pase –el hombre cedió el paso al recién llegado y luego cerró la puerta–. ¿Y quiere esta noche? Hay luna llena.
            –Por supuesto. Algo me han dicho en el mesón, pero no tengo inconveniente.
            El guarda de acercó hasta una alacena y extrajo unas llaves que entregó al recién llegado.
            –Como es ya muy tarde, haremos mañana el contrato. Le voy a abrir la puerta grande para que pueda meter el coche.
            Ambos hombres salieron al exterior, y mientras el guarda abría el portón, el recién llegado puso el coche en marcha y lo introdujo en el pazo bajo una bóveda de eucaliptos y a través del camino de grava que crujió bajo las ruedas. Lo detuvo ante la puerta de la casa. Ahora ya era completamente de noche; sin embargo, una luminosa luna llena en un cielo carente de nubes iluminaba la silueta de la casa. El guarda abrió la puerta y conectó el interruptor general de la luz.
            –Allí, encima de la chimenea, tiene un manojo de llaves con las etiquetas a que corresponden –dijo señalando una amplia chimenea junto a la pared–. La cocina está al fondo, junto con una habitación pequeña de servicio, la despensa y un cuarto de desahogo. Arriba –dijo señalando la galería superior–, están los dormitorios y dos baños. Habrá cenado ya ¿no? Porque aquí no guardamos nada, todo es por cuenta del inquilino, por supuesto.
            El guarda se dirigió a la chimenea y encendió un fósforo, y al instante prendieron los pequeñas ramas que había encima de unos papeles. Cuando se aseguró que habían prendido bien, colocó encima unos pequeños troncos que había en una cesta junto a la chimenea.
            –La chimenea está siempre preparada. En el exterior, junto a la puerta que da a la cocina, verá Vd. un montón de troncos cortados. Bien, le dejo; si necesita algo ya sabe donde estoy. Ah –dijo volviéndose cuando ya estaba cerca de la puerta–, no se moleste en cerrar por dentro la puerta del dormitorio. A las “meigas” no les importa –y con paso más bien apresurado abandonó la estancia.
            Tras unos momentos, Arthur se dispuso a ver la casa por dentro. Pensó que debería habérsela enseñado el guarda, pero supuso que tendría prisa por volver a la suya. Entró en la cocina. Estaba todo muy limpio y ordenado en sus correspondientes armarios, y el mármol de la encimera, completamente brillante. Tal como le había dicho el hombre, una puerta daba al exterior, pero se encontraba cerrada con un cerrojo desde el interior. Volvió a salir a la sala y se dispuso a subir la escalera que llevaban a una galería donde daban los dormitorios. En el primero que entró, que supuso el principal, era muy amplio y un gran balcón daba a la fachada sur. Una cama grande con dos mesillas, un arcón, un par de butacas y un armario con un montón de colgadores vacíos era todo su mobiliario. Junto al dormitorio, uno de los baños. Le seguían tres dormitorios más y al final otro baño algo más pequeño. Al fondo de la galería, una escalera más estrecha subía a otra planta. Encontró enseguida la luz de esa escalera y subió. No había más que tres pequeños áticos. Uno de ellos estaba casi vacío; tenía solamente un armario y dos camas pequeñas. Las otras dos habitaciones estaban cerradas, pero no tardó en encontrar las correspondientes llaves entre el manojo que había cogido de la chimenea. Eran simplemente unos cuartos de desahogo. Uno de ellos con unas camas pequeñas desarmadas. Por lo visto sólo se montaban cuando iban a vivir al pazo más inquilinos; y el otro, completamente lleno de cachivaches. Volvió a cerrarlos como estaban, y después de asegurarse de que no había nada más, inició el descenso hacia la planta baja.
            Había cenado bastante bien en el mesón, por lo que simplemente se dispuso a estar unos momentos junto a la chimenea, a la que echó dos grandes troncos para que diesen calor a la estancia antes de irse a dormir.
            En un armario, junto a la vajilla, encontró una botella de whisky. La destapó y olió. No parecía que estuviese malo. Cogió del mismo armario un vaso y se vertió un poco que llevó a los labios. Estaba bien, así es que se llenó medio vaso y se dispuso a saborearlo sentado en un sofá frente al fuego. Se quedó mirando pared. Sobre la repisa de la chimenea, pudo ver el cuadro de una mujer de apariencia joven y hermosa, estaba de pie y tenía un gran porte. Su mirada parecía algo triste y su mano derecha estaba a la altura de su amplio y generoso escote. Sobre el cuadro, había labrado en la piedra de la pared como un escudo circular. No lo entendió muy bien, pero pudo ver que tenía las espirales de un sol celta. Depositó el vaso sobre la mesita que tenía junto al sillón y con cuidado sacó del bolsillo de su chaleco un sobre que abrió lentamente y que contenía un medallón. Cuando lo hubo hecho, volvió a mirar la pared. Era exactamente el mismo objeto que el medallón que tenía él. Volvió a meterse el sobre en el bolsillo y se reclinó nuevamente sobre el sillón. Luego se quedó como transpuesto.

            Al oír las campanadas, Arthur MacLean comprobó su reloj; el de la pared adelantaba unos tres minutos. Se levantó para poner más leños en la chimenea para que pudieran conservarse gran parte de la noche, y entonces fue cuando lo volvió a oír. Era como el crujir de una puerta en algún lugar de la casa. Suspendió sin colocar el último tronco que tenía entre las manos, y aplicó el oído. Quizá fuese el crujido de alguna viga de madera. En el reloj digital que llevaba en su muñeca sonó la señal horaria.
            –Vaya, la hora de los fantasmas –se dijo–, aunque creo que el mesonero les llamó “meigas” o algo así.
            Ya iba a colocar el tronco, cuando volvió a oír la puerta. Esta vez el sonido fue ya más claro como una puerta que se abriese e, inmediatamente después, volvió a oírse como si ahora se cerrara. Instantes después se percibió el crujir de unas maderas. Arthur terminó de colocar el tronco en la chimenea y se dispuso a dar una vuelta por la casa. Inició su visita nuevamente en la cocina, y comprobó que la puerta que daba al exterior permanecía cerrada con el cerrojo desde el interior. No percibió nada anormal, únicamente vio una puerta que daba a algún sitio que no había reparado la primera vez. La abrió. Era una pequeña despensa en la que sólo había, al fondo, un armario que encontró vacío y un pequeño saco de patatas. Por lo visto habían sido olvidadas por los últimos inquilinos. Volvió a cerrar la puerta y salió a la sala. Subió a las habitaciones de la otra planta. Todo estaba normal. En unos de los dormitorios, vio que la ventana estaba algo entreabierta y aseguró el cierre. Cuando hubo comprobado la última de las habitaciones, e incluso los cuartos de baño, decidió subir a la otra planta donde estaban los áticos. Algunos de los peldaños crujieron bajo su peso. Todas las habitaciones estaban igual que las había visto momentos antes y las dos habitaciones que estaban cerradas con llave permanecían igual. Una vez que se hubo asegurado de que nada anormal sucedía, volvió a bajar a la planta baja. Comprobó la puerta de entrada y tras cerciorarse de que había corrido el grueso cerrojo en el interior, subió al dormitorio principal. No había cerrojo pero la puerta tenía cerradura, así es que buscó la llave entre todas las demás, cerró la puerta con dos vueltas de llave y se acostó. Hacía frío en el ambiente. Los leños que había colocado en la chimenea no habían hecho gran cosa. Las sábanas parecían húmedas de tan frías. Por lo visto, hacía algunos meses que la casa había estado deshabitada, y luego, las lluvias de la última semana hicieron que la estancia estuviese realmente fría. Extendió completamente las piernas para ayudar a la circulación y entrar antes en calor; y por fin se quedó dormido.
            Se despertó sobresaltado. Oía como ruidos en el exterior. Concretamente en la planta baja. Hubiese querido bajar, pero había conseguido por fin entrar en calor y junto con otras circunstancias, le hicieron aconsejable permanecer acostado. Por fin volvió a dormirse.

            Entraba luz por la ventana a través de las cortinas. Miró el reloj. Eran cerca de las diez de la mañana. Jamás solía despertarse tan tarde, por lo que decidió ducharse e irse al pueblo a desayunar y luego hacer sus primeras compras. Así es que salió de la habitación para ir al baño y cuando había dado los primeros pasos, se quedó parado. Volvió hacia la puerta y se la quedó mirando. Como hacía en su apartamento, había salido simplemente de su habitación sin ningún contratiempo para ir al baño. Pero estaba seguro de que la noche anterior había cerrado la puerta de su dormitorio por dentro con llave, la cual luego había metido en el bolsillo de su chaqueta. Rápidamente entró en la habitación y lo comprobó. Las llaves estaban aún en el bolsillo. Caminó hacia el baño pensativo y tomó una ducha muy caliente que le reconfortó enseguida. Aquel incidente le había llamado la atención e incrementó su decisión de quedarse algún tiempo más por curiosidad.
            Llegó al pueblo casi enseguida pues la distancia no era mucha, y lo primero que hizo fue entrar en el mesón a desayunar. El mesonero se le quedó mirando
            –Buenos días –le dijo tan pronto como se acercó.
            –Buenos días –respondió el recién llegado–. Póngame un café con leche muy caliente. La mañana está muy desapacible.
            –¿Cómo ha descansado? ¿Se quedó por fin en el Pazo? –le preguntó mientras se volvía hacia la cafetera a preparar el café.
            –Bien, un poco frío. Gracias a los troncos en la chimenea.
            –Sí, eso no falta nunca allí.
            –¿Sabe dónde puedo comprar víveres?
            –¿Se va a quedar allí? –preguntó el mesonero algo extrañado.
            –Si, voy a quedarme unos días más–. El recién llegado no dio más explicaciones.
            –Aquí a la vuelta tiene un colmado. Lo lleva mi mujer –dijo el mesonero sin más, y marchó a atender a otros clientes.
            Cuando hubo desayunado, el inglés salió para ir a comprar todo lo que necesitaba. Volvió al pazo y antes llamó en la puerta del guarda para decirle que se quedaba y arreglar cuentas con él. Vio la puerta de su casa abierta; la empujó y entró. En la habitación del fondo se oyeron voces de una mujer que al parecer estaba hablando con el guarda.
            –Buenos días –gritó Arthur desde la puerta. El guarda apareció desde la otra habitación.
            –¡Ah! ¿Es Vd.? ¿Qué tal ha pasado la noche?
            –Un poco fría. Como la casa al parecer ha estado deshabitada, tendré que encender la chimenea todo el día.
            –No se preocupe por eso. Junto a la puerta de la cocina tiene una pila de leños. Puede coger todos los que necesite. Yo voy cortando y los apilo allí. ¿Va a quedarse?
            –Quizás unos pocos días más.
            –Bueno, si sólo son unos pocos días, no creo que haga falta hacerle ningún contrato. Cuando se vaya me paga los días que haya estado, y arreglado.
            –Muy bien, así lo haré.
            Arthur se despidió y se dispuso a meter en la casa los víveres que había comprado. Supuso que el guarda no le quería hacer el contrato para beneficiarse del alquiler del que no tendría que dar cuenta a los administradores. Quizá no era la primera vez que lo hacía, pensó.
            Cuando hubo colocado las vituallas sobre la encimera, salió por la puerta de la cocina, y se dispuso a meter troncos de leña para depositar al lado de la chimenea. Estaban junto a un muro no lejos de la puerta de la cocina, y al objeto de llevar varios a la vez, tomó un carretillo que encontró en los alrededores y fue llenándolo con troncos. Al coger no de ellos, la pila se derrumbó y dejó al descubierto una puerta de madera muy vieja que al parecer hacía mucho tiempo que no había sido usada. Tenía una pequeña abertura central con dos hierros a manera de reja. Miró en su interior. Era como una cueva que se perdía en la oscuridad y no le dió ninguna importancia. Cuando calculó que ya tenía bastantes troncos, llevó el carretillo hasta el interior de la casa.


(Continuará la Segunda parte en la próxima entrada)

Ir a la Segunda Parte

El presente relato forma aparte del volumen I de"Al Compás de la Ilusion"
©: Ramón Marzal



miércoles, 18 de febrero de 2009








LA  BUENA  NUEVA

Buscarás a Dios y lo encontrarás si lo buscas con todo tu corazón. Cuando estás angustiado y te alcancen estas palabras, te volverás a Dios y lo escucharás porque es misericordioso y no te abandonará.

        Dt. 4,29

lunes, 16 de febrero de 2009

A LO LARGO DE LA PIEL DE TORO



  LA  COSTA  BRAVA

©Ramón Marzal



            PUERTO DE LA SELVA                                      CADAQUES               
Desde la terraza del café donde me encuentro, se domina todo el panorama de la bahía. El sol, lentamente, se inclina hacia poniente, reflejando miles de rayos tornaso!es en las aguas tranquilas de este puerto natural que más bien parece un lago. En todo su contorno, el cielo no se junta con el mar. Sólo hacia el norte, las dos lenguas de tierra se abren para dar paso al mar abierto. Al sur, tras la cadena de montañas que componen la Sierra de Rosas, una densa humareda se eleva al cielo. El incendio que he visto a la salida de Rosas sigue inexorable su devastadora carrera.

Puerto de la Selva es un pueblo acogedor. Proliferan como en todos los pueblos de esta costa, los pintores, las tiendas de "souvenirs", los turistas despreocupados y las bellas muchachas de tez morena.

Mientras saboreo un delicioso café con hielo, sensual placer que no he podido tener en Cadaqués, y dejo ascender las lentas volutas de un cigarro puro, me dedico a observar cuanto me rodea. A decir verdad, el "cuanto me rodea" es una bella muchacha sentada en la mesa de al lado. Tentador motivo para cualquier pintor, para cualquier fotógrafo de glamour. Para cualquiera. Parece que está sola. ¿Y si yo...?... Mejor me voy. Tras el breve descanso, reemprendo el camino.

Bordeo toda la playa hasta dar la vuelta a la bahía. Desde la parte opuesta, Puerto de la Selva se me ofrece en toda su extensión a lo largo de la playa. Únicamente se ven algunas casas en la ladera de la montaña que sirve de fondo a este encantador pueblecito. A mis espaldas, queda la cumbre de San Salvador, y un ambiente de alegría y vida me envuelve cuando el coche corre ya hacia Llansá


Puerto de la Selva. Septiembre,
Barbarroja, en el año 1543, después de aterrorizar las costas de Italia y España, invadió Cadaqués arrasando el pueblo y su antigua iglesia.
Una nueva invasión ha tenido Cadaqués en las últimas décadas, esta vez benígna: el turismo. Sin embargo, ha sabido guardar su rancio sabor marinero. Las casas muestran sus fachadas encaladas al brillante sol del Mediterráneo, y en medio de ella su iglesia, reconstruida en el siglo XVII. Lástima que me quedo sin ver su interior. Creo que es notable el retablo barroco de su altar mayor obra de Pedro Costa. Tan en conjunción con el mar está, que entre las casas próximas al mar, escasamente se puede pasar. El pintoresquismo es subyugador. No es de extrañar que pintores y poetas se hayan afincado en Cadaqués, y la hayan hecho mil veces protagonista de sus obras.

No encuentro sitio para comer y decido llegarme a Port-Lligat. Atravieso calles estrechas. Port Lligat podría ser uno de tantos pueblecitos olvidados sin ningún aliciente turístico, pero su nombre va unido al de Dalí, cuya casa veo a lo lejos.
Quisiera acercarme al Cabo de Creus, la punta más oriental de España, cuya silueta parece recordar los míticos "zigurats" babilónicos. Sólo dista 7 kilómetros pero la carretera está en obras y, sin comer, decido volver a Cadaqués.

Recorro por la costa toda la bahía dispuesto a encontrar un sitio acogedor. Por fin en Playa Seca, en las inmediaciones de Punta Olivera, encuentro algo de sombra. Otros turistas hacen lo mismo y allí a unos 5 metros del mar paro a comer. La bahía es bellísima. Desparramados pueden verse esbeltos yates de amplio velamen. Botes con motor fuera borda y chinchorros multicolores. En el centro de la bahía se haya fondeado un pailebote aproado al viento mostrando su jarcia desnuda. Tras la comida vuelvo a subir la Sierra de Rosas. Abajo Cadaqués con sus casas viejas pero limpísimas y como fondo, el mar en vivo contraste con el diáfano cielo.



jueves, 12 de febrero de 2009

AL COMPÁS DE LA ILUSIÓN (VOLUMEN I)



PRÓLOGO AL VOLUMEN I DEL LIBRO
"AL COMPÁS DE LA ILUSIÓN"



            Al expresar los sentimientos a través de la escritura, fluyen nuevas sensaciones que liberan angustias reprimidas y olvidadas remembranzas. Entonces, el alma se serena.

            Desde muchacho, sentí la necesidad de plasmar aquello que no podía o no quería decir a los demás, quizá por pudor, pues siempre tuve el convencimiento de que el que escribe, inevitablemente, deja traslucir en su obra parte de su alma. Es por eso por lo que desde entonces, di el título a estos escritos, pues a través de la ilusión de una vida, y sobre todo de aquellos años de juventud, fui plasmando en hojas de papel mis ocultos sentimientos, mis vividas angustias y mis explosiones de gozo. Cuartillas que luego iban a parar en una carpeta y, con el transcurso de los años, terminaron durmiendo en el desván del olvido.

            Después de mucho tiempo de arrinconamiento, volvieron a resurgir aquellos escritos. He de confesar que la lectura de estos recuerdos, aunque difuminados por los años, me proporcionaron momentos de diferentes estados de ánimo. Unos, de nostálgico gozo y otros, de verdadero pesar que quisiera olvidar. Decidí juntar la mayoría de ellos en esta especie de cóctel que, por razones obvias, agrupé bajo este título. Quedan muchos escritos todavía que recopilar, leer y revisar, aunque en honor a la verdad, he de decir que la mayoría no han sido modificados, y están íntegros tal como fueron escritos.
            Faltarán también, por no ajustarse al motivo de esta publicación, los guiones y las adaptaciones radiofónicas que en 1955 escribí para la extinguida Radio Juventud de Zaragoza. Tampoco figuraran, la totalidad de las “Cartas a Mary”. Fueron escritas en momentos difíciles y bajo la presión de la emoción. Eran notas de vivencias, y las vivencias, por sí solas, no son textos literarios por lo que quedarán para siempre en el fondo de un cajón y de mi corazón.

            Los originales de las novelas cortas “Cumbres al Cielo” y “El pedernal”, o cuentos como “El heroico Jimmy” desaparecieron para siempre; y es que la juventud no es una época muy propicia para entender que la madurez gusta de los recuerdos.
            Tampoco se han hecho constar una veintena de poemas, que por haber sido escritos para una mujer, mi esposa, pasaron a su propiedad y dejaron de pertenecerme.
            Todo lo demás, he procurado recuperarlo sin cambiar nada, por lo que es posible que a través de estas hojas se deje traslucir una mentalidad y sentimientos propios de otras épocas pasadas.

            Al releer estos escritos, no dejan de volver a mí apasionados recuerdos, melancólicas memorias y desasosegadas experiencias, todas ellas siempre vividas “AL COMPÁS DE LA ILUSIÓN”


RAMON MARZAL GARCÍA

©Ramón Marzal









LA  BUENA  NUEVA

      Clamarás y Dios te responderá. Pedirás socorro y Él te dirá: ¡Aquí estoy!

      Is. 58,9

miércoles, 4 de febrero de 2009

P O E M A

© Poema: Ramón Marzal



          





         TE BESARÉ


               Allá…


Allá en la noche sombría
silenciosa, triste y callando
cuando a solas en una vida truncada
en cien ilusiones
esté tu pensamiento vagando.

Allá en tus horas de tristeza
llena de una melancolía eterna
en silencio con tu llanto ahogado
en cien lágrimas
como perlas en un manto bordado.

Allá en tu lecho de espinas
litando y en una oración
que pides con esperanza plena
en cien plegarias
llenas de amor e ilusión.

Allá en tu mundo solariego
cuando tu espíritu y alma se rompe
preñada de penas y congojas
en cien pedazos
de amargo dolor y tristezas.


        Entonces…


Entonces
Lleva mi recuerdo a tu mente,
mis caricias a tu rostro
y mis besos a tu frente.

Entonces
Estrecha entre tus brazos
ese algo invisible
que nos une con sus lazos.

Entonces
Cierra tus ojos ardientes.
Mándame ir a ti, y yo
te arrullaré complaciente.

Entonces
Piensa que estoy a tu lado
sintiéndome como nunca
dicho, feliz y enamorado.

         Y yo...

Yo llegaré a ti enseguida,
en doquiera tú estés
Allá en tu lecho dormida
tímido y gozoso me acercaré
y cogiéndote, mi bien amada,

        Dichoso … TE BESARÉ.




(El anterior poema es parte integrante del volumen I de "AL COMPAS DE LA ILUSION" Está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual y queda prohibida su reproducción total o parcial)