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lunes, 23 de noviembre de 2009

EL HOYUELO






   


                 Margarita salió al porche llevando una bandeja con cuatro tazas para café y un plato de dulces. Se acercó a un grupo de tres mujeres que estaban sentadas alrededor de una sencilla mesa de jardín, donde previamente había extendido un mantel de alegres flores estampadas. Las tres mujeres eran amigas, y habían estado hablando, más bien cotilleando, acerca de su anfitriona. Una de ellas, la que parecía de más edad, se levantó para ayudarla.
              –Decíamos –le comentó– que desde que has vuelto, no parece que te afecte tanto vivir sola. Te han sentado muy bien estos dos años de tu trabajo en Madrid.
              –Pues sí, Mónica. Fueron meses muy angustiosos y me encontré muy abatida, pero me refugié en mi trabajo, y ahora estoy feliz –dijo Margarita.
              –La verdad es que nos sorprendió mucho que aceptases tan de repente aquel destino –intervino otra de las amigas– aunque siempre supusimos que era provisional, y que terminarías volviendo.

              Las cuatro jóvenes trabajaban desde hacía unos años en una Compañía de Seguros. Mónica era la secretaria y las otras dos, Paula y Mari Pili, junto con Margarita, se dedicaban a las tasaciones. Hacía dos años que Margarita había solicitado su traslado a la oficina central de Madrid, por cuestiones personales, dijo, y a partir de entonces, los pocos contactos que había tenido con sus tres compañeras habían sido telefónicos. Ahora, hacía pocos meses que había regresado a ocupar su antiguo puesto, y había convidado a sus tres amigas a pasar la tarde de aquel fin de semana en una casa con jardín que ocupaba en una urbanización cercana. La tercera de las amigas, Mari Pili, que aún no había hablado, se atrevió a entrar en la conversación.

              –Habrás hecho muchas amistades allí, supongo. ¿No? Y de hombres, ¿qué? Algún compañero habrá habido –dijo mientras la anfitriona volvía a entrar en la casa.
              –Mujer –dijo Paula bajando la voz–, ya sabes que Margarita no es de esas. Antes de irse hacía vida casi de monja. Lo único que salía era para ir al convento de las Descalzas para ayudar en el comedor social y a misa los domingos.
              –Yo –intervino la secretaria– jamás la he visto interesándose por ningún hombre y eso que no le ha faltado simpatía. Yo creo que en el fondo es muy exigente.
              –O ha habido en su vida un amor imposible, y no ha querido fijarse en otro –intervino Mari Pili.
              En aquel momento, Margarita volvió a salir al porche.
              –El café ya casi está listo –dijo, y colocó el azucarero y unas primorosas servilletas encima de la mesa.
              –¿Sabéis que el otro día me encontré con Javier? –dijo Paula. Hacía tiempo que no le había visto. Salía yo de hacer un peritaje cuando me topé con él. Por cierto que cada día está más atractivo. Hay un no sé que en su semblante que le hace muy interesante. Quizá sean esos ojos claros como los tuyos –dijo dirigiéndose a Margarita–, o quizá ese gracioso hoyuelo en el mentón. Hubo una temporada en que nos parecía que estaba coladito por ti.
              –Por cierto, la otra noche os vi que salíais del teatro, y por lo que pude ver no creo que os encontraseis por casualidad –dijo imprudente Mari Pili.
              Las otras dos amigas se miraron sorprendidas. No parecían saber nada.
              –¡Pero, Margarita! Acaso... A ver. Cuenta, cuenta –se interesaron todas ellas.
              –Yo los vi bastante acaramelados –dijo Mari Pili con maliciosa risa–, y hasta me pareció notar cierta intimidad. 
              Margarita se sintió ruborizar, y se levantó para ir a por el café mientras decía:
              –Lógico... Es mi marido.
              En el grupo de las tres amigas se hizo el silencio, y se miraron con un signo de interrogación a la vez que de asombro. Luego, como movidas por un resorte, se levantaron y se apresuraron a seguir a Margarita hasta la cocina donde ya el café empezaba a borbotear en la cafetera.
              –¿Quieres explicarnos mejor lo que has dicho? –dijo Mónica.
              –Tú no nos gastarías esa broma. ¿Verdad? –exclamó Paula.
Y al ver que Margarita no respondía y seguía retirando el café, la secretaria intervino.
              –Margarita, ¿tienes que contarnos algo?
              Margarita se sintió algo azorada. Pensó que debería haberse callado, pero ya no había remedio. Tenía que contárselo a sus amigas.
              –Si, vamos –dijo cogiendo la cafetera, y salió al porche. Las otras tres la siguieron y no le dieron tiempo de verter el café en las tazas.
              –Cuenta, hija, nos tienes sobre ascuas –decía la secretaria.
              Una vez terminó de servir el café, Margarita se sentó en una silla. Se sirvió dos tormos de azúcar. Las tres amigas estaban expectantes.
              –Ocurrió hace dos años antes del traslado a Madrid –empezó–. Una noche terminé muy tarde de hacer una tasación en una finca de la Urbanización de la Misericordia. Cuando salí, ya en el camino de acceso a la carretera general, iba a subir al coche cuando alguien me agarró por detrás y me introdujo dentro a la fuerza. 
              Margarita calló, y al recordar aquella noche sus ojos se nublaron.
              –Fue horroroso –dijo y rompió a llorar. Cuando se serenó un poco, continuó contándoles lo sucedido. Las tres amigas estaban mudas por lo que estaban oyendo. Ninguna podía reaccionar.
              –No sé cuanto tiempo transcurrió desde que el hombre me dejó –dijo Margarita–. Cuando pude levantarme, no tenía ni voz ni lágrimas, y era incapaz de dar un paso. Después de un rato, no sé cuanto, me arrastré como pude hasta la primera casa de la urbanización, y allí llamaron por teléfono. Al poco llegó un coche de la policía y me llevaron al hospital. Permanecí allí varias horas mientras me hacían un reconocimiento y la policía me tomaba una primera declaración. En algún momento, me dejaron sola en la habitación. La puerta estaba entreabierta y entonces sucedió.

            Margarita calló unos momentos y se limpio los ojos llorosos con una servilleta de papel. Las tres amigas la rodeaban. Luego continuó:
            -Javier pasó por delante de la habitación, y me vio a través de la puerta. Se quedó extrañado de verme así, y entró. Yo me di cuenta de que estaba allí cuando ya lo tuve junto a mí poniéndome una mano encima del hombro y me decía sobresaltado:
             -¿Pero qué ha pasado?
            -A mí, se me cayó el mundo encima. No quería que nadie se enterase, pero tal como me vio no estaba en condiciones en ocultarle nada. Él tenía una pequeña herida en la frente debido a un accidente sin mucha importancia en casa, y tuvo que ir a que le diesen unos puntos de sutura en la herida. Permanecí allí hasta que nuevamente llegó la policía para llevarme a hacer la declaración. Javier se negó a dejarme sola, y me acompañó a la comisaría. Me tomaron declaración en privado e, incluso, me preguntaron por aquel hombre que me había acompañado. Dejé claro que era un buen amigo en quien confiaba, y que me había encontrado en el hospital por casualidad. Luego me enteré de que a él también le tomaron declaración. Ya de madrugada volví a mi casa. Él me acompañó hasta la puerta y me dijo que me llamaría al día siguiente. Por la mañana no fui a trabajar. Alegué una indisposición y permanecí tres días sin salir de casa. No quise siquiera coger el teléfono, a pesar de que Javier me llamó en repetidas ocasiones. Aquel fin de semana al ver que tampoco había ido al trabajo vino a verme a casa. Estuvo mucho tiempo haciéndome compañía. Se portó muy bien. Yo tenía mucha confianza en él, pero a partir de entonces creo que me empecé a interesar más. Le hice prometer que lo que había sucedido quedaría entre nosotros, y que no se lo contaría a nadie. Aquel día, después de tomar mi tercera ducha, salimos a comer juntos por primera vez e hizo lo imposible para que me distrajese y olvidase. Al lunes siguiente, volví al trabajo, y la vida, aunque sin poder olvidar lo sucedido, poco a poco volvió a su ritmo.

              El café se había dejado de humear en las tazas y los dulces de nata que tanto gustaban las cuatro amigas permanecían intactos en el plato. Margarita tomó un sorbo.
            
              –Se ha quedado frio –dijo, y continuó–. Cuando sentí que me había quedado embarazada creí que el mundo se hundía bajo mis pies. No pensé nunca en el aborto. No podía consentirlo. Siempre lo había condenado, pero empecé a comprender lo que sentían otras mujeres en semejantes circunstancias y en sus decisiones siempre difíciles, las mismas que yo, a partir de entonces, tendría que tomar. No dije nada en el trabajo e, inmediatamente, solicité el traslado a la central en Madrid, luego, ya vería como me las arreglaba. Tan pronto como me concedieron el traslado cerré la casa y me trasladé. Por eso, no os dije nada ni tampoco a Javier, aunque no sé si hice lo correcto. Dos meses más tarde, él fue a Madrid y me esperó a la salida del trabajo. Se había enterado de mi marcha a través de la oficina. No tuve valor para ocultarle mi situación. Por otra parte era el único que tenía allí. Alquiló un estudio amueblado cerca de donde yo vivía y se quedó en Madrid. Alguna vez volvía por aquí “Para dejarse ver” decía. Pasaron unos meses, y el embarazo iba bien, según me decían –hizo una pausa. Luego, con la mirada ausente, continuó como recordando la escena–. Un sábado por la tarde, estábamos en el Retiro. La tarde estaba quieta. Los plátanos acababan de estrenar sus nuevas hojas. Desde un banco contemplábamos a lo lejos el lento transcurrir de unas barcas en el lago. Entonces me lo propuso. Él estaría siempre conmigo, me aseguró, y me ayudaría con el niño, yo para entonces ya sabía que era un niño, pero él creía que, aún así, me sería difícil, por lo que me pidió que nos casáramos. El niño tendría un padre y unos apellidos.
              A Margarita, al recordar, le volvieron a saltar las lágrimas. Se llevó las manos a los ojos. Luego se levantó presurosa y entró en la casa. Las tres amigas permanecían en silencio sin saber que decir. A aquellas horas, el café se había vuelto a quedar completamente frío. Cuando salió al poco rato, parecía más serena. Luego continuó:
              –Sabéis perfectamente que nunca he tenido ningún interés por la vida de casada, y aunque las circunstancias eran muy especiales y la tentación grande, decidí que tendría el niño pero no compartiría mi vida con ningún hombre. Ya sabéis a qué me refiero. Javier debió de comprenderme y llevó su proposición a un extremo que no había imaginado. Su interés era únicamente de cuidar del niño y de la madre, por quien sentía algo muy especial, me confesó. Así es que como sabía mis ideas, la única manera de demostrarme que no tenía otras intenciones que las que me había dicho, me propuso que nos casáramos sólo por lo civil. Ante la sociedad, sería mi marido y el padre de mi hijo, y ante nuestra conciencia seguiríamos siendo solamente unos buenos amigos sin ninguna convivencia juntos. Pasé un mes muy difícil ante la decisión que tenía que tomar –continuó Margarita– pues, en principio, la proposición de Javier no me pareció descabellada ya que tenía mucha confianza en él. Al final, me decidí, y un buen día de finales de Mayo nos casamos en el Juzgado. A instancias de Javier, un abogado nos redactó un documento por lo que en caso de solicitar el divorcio por mi parte, no tendría ningún problema, y aunque él no me lo pidió yo quise firmar otro igual para él. Nuestro banquete de boda fue una comida para los dos en un restaurante de la Puerta del Sol, al atardecer, me acompañó hasta mi casa y luego se marchó a su estudio. Cuando meses más tarde, nació el bebé no se apartó de mi lado, fue toda una bendición. Yo volví a mi trabajo y Javier se quedaba con el niño. Más tarde, entre los dos, tomamos una asistenta y una canguro, y nadie llegó a saber nunca nuestro secreto, hasta hoy.

              Margarita calló unos momentos. Paula se relajó en el respaldo de la silla y tomó un sorbo de café. Ninguna de las tres amigas sabía qué decir; al final la secretaria fue la que habló.

              –Y aquellos papeles de divorcio, ahora que el niño ya nació y lleva los apellidos de Javier...
              –Ninguno de los dos hemos hecho ni siquiera mención de utilizarlos. Es una situación algo anómala, lo sé, pero yo me encuentro a gusto así y creo que a él le sucede lo mismo –hubo unos momentos de silencio; luego Margarita continuó–. Posiblemente podáis conocer al niño. La canguro ha quedado que lo recogería en la guardería y luego lo traería a aquí.
              Las tres amigas que habían empezado a asimilar la situación, se alegraron mucho de tener la oportunidad de conocer al niño.
              –Hablando, hablando se me olvidó sacaros unas pastas –dijo Margarita levantándose para entrar en la casa.
               –Y a propósito –preguntó Paula–, ¿qué nombre le has puesto al niño?
              –Javier como... su padre.
              –Claro –dijo Mari Pili.
              En aquel momento de oyó parar un coche delante de la puerta del jardín, y momentos después, apareció Javier por el andador de gravilla que conducía hasta el porche donde estaban las cuatro amigas. Margarita se adelantó con un ademán cariñoso, le beso en la mejilla y se colgó de su brazo.
              –Las conoces ¿no? –dijo cuando llegaron al grupo de las tres amigas.
              –Por supuesto. Me alegra mucho de volveros a ver.
              Margarita tomó la palabra y sin soltar el brazo de Javier le miró dulcemente y le dijo:
              –Les he contado lo nuestro.
              –Sabes que siempre te dije que eso era decisión tuya -y la miró con dulzura.
              –Te prepararé más café –dijo Margarita mirando el interior de la cafetera, y entró en la casa. Ya desde dentro les gritó:
              –¿Queréis alguna copa de algo?
              –No –dijo la voz de la secretaria–, pero si tuvieras un poquito de leche...
              Las tres amigas se quedaron con Javier que se había acomodado en una silla junto a la de Margarita.
              –Margarita nos ha contado todo lo sucedido –comentó Paula–, y la verdad es que hay que felicitaros. Habéis demostrado una valentía extraordinaria al tomar semejante decisión. Nadie se lo hubiera podido imaginar.
              Margarita volvió a salir con una bandeja con más café, unas copas y una botella de Cointreau. Javier entró en la casa y al poco volvió a salir con una cubitera y echó dos cubitos de hielo en una copa de Cointreau.
              La verja del jardín que daba a la calle se oyó. Margarita se levantó presurosa y caminó por al andador hasta la entrada.
              –¡Mi niño! –se oyó la voz de la madre, y al poco volvió donde estaban sus amigas llevando en brazos un precioso niño. Tenía el pelo y los ojos claros como su madre y una sonrisa angelical que hizo las delicias de las tres amigas. El niño fue de brazo en brazo, y cada una de ellas comentaba un aspecto de su carita.
              Afortunadamente para Margarita, a todas les pasó desapercibido el incipiente hoyuelo en el pequeñito mentón del niño. 




El anterior relato es parte integrante del volumen I de AL COMPÁS DE LA ILUSIÓN. Está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual y queda prohibida su reproducción total o parcial.


miércoles, 15 de julio de 2009

CARTA A UNA AMIGA MUERTA

© RAMON MARZAL




            Quiero escribirte porque sé que de alguna manera esta carta llegará a su destino, de la misma manera que sé que si te hablo, me estarás escuchando, porque siempre ha creído que aunque se muere, se sigue viviendo y aunque te vayas, sigues estando.

            Para los demás, éramos simplemente amigos, unos buenos amigos, y también nosotros, de alguna manera, queríamos creer eso, pero luego comprendí, y tú lo debes de saber ya, que aquella amistad era algo muy especial; diferente.

            Me empecé a dar cuenta, cuando aquel verano coincidimos en unas vacaciones en el Mediterráneo. Yo acababa de meter en mi camarote las maletas que aquel camarero africano acababa de dejar junto a la puerta. Cuando salí para ir a la cubierta “Entreprise” donde se nos iba a designar el número de la mesa del comedor, tú salías del camarote contiguo; ¿te acuerdas? Habíamos llegado a Atenas en diferente vuelo y nos alojamos en hoteles diferentes. Yo, en el Meridiem; tú, en el Gran Bretaña, creo, muy cerquita, y ambos, por separado, decidimos hacer aquel crucero por el Egeo. Luego resultó que el camarote que en principio iba a ocupar tu amiga, que tuvo que anular el viaje a última hora por haberse accidentado, me lo dieron a mí que estaba en lista de espera en la Agencia de Viajes. Cuando nos vimos, no sé quien de los dos se sintió más sorprendido por aquella extraña circunstancia. Creo que en mis ojos se notó la alegría que me negaba a reconocer cuando te veía; no sé si a ti te ocurría lo mismo. Yo, en principio, iba a viajar solo para tomar datos y anotar sensaciones para poder escribir mi tercer libro de viajes, pero entonces lo olvidé, y cuando nos colocaron a los dos en la misma mesa, supe que no podría hacer mi trabajo como yo quería. –Ya nos veremos– dijimos cuando volvimos a nuestros respectivos camarotes.
Sólo éramos unos amigos que habían coincidido en un viaje, pero yo pensaba en ti cada vez que oía algún ruido en el camarote de al lado que, curiosamente, se comunicaban por una puerta que nunca quise saber si permanecía cerrada por ambos lados. Todos los días escribía mis notas para emplearlas a la vuelta, luego me di cuenta que a medida que pasaban los días, y con ellos las pequeñas singladuras, tú ocupabas la mayoría de mis apuntes.

            Por la noche, después de la cena, en el salón de actos de la cubierta principal, hubo una fiesta de bienvenida. Nos dieron un pequeño índice de las próximas escalas y lo que se iba a visitar durante la travesía. Después, música y baile. Las azafatas se desvivían cada una con los que hablaban su idioma. La que hablaba castellano era pequeñita. ¿Recuerdas qué graciosa era? Hizo una errónea interpretación de nuestra relación. Tú te sonrojaste y ella se sintió algo azorada cuando le sacamos de su error. Luego todos reímos. Al final, el Capitán nos dio la bienvenida y nos deseó buen viaje. Cuando acabó la fiesta, fiesta que de diferente forma se repetiría todas las noches que duró la travesía, salimos a la cubierta “Promenade”. Recuerdo que era una cálida noche de verano y el Egeo estaba en calma. Se oía una suave música por la megafonía de cubierta, y paseamos callados durante un buen rato. Nunca supe qué ibas pensando. Yo sí recuerdo que te dije: «Crees que alegrarse del mal ajeno, es una falta de caridad» «Sí»–me dijiste–«Bueno pues he de confesar mi falta de caridad –repuse–. Me alegro que tu amiga se haya accidentado porque si no, yo no estaría ahora contigo» «Tonto» me dijiste y me cogiste del brazo. Rara vez lo habías hecho. Debió de ser la música o la calidez de aquella noche ante las costas de Mikonos. Ahora, después de tantos años, se me presenta ante mí como una imagen nítida. Me acuerdo como si todo hubiera sucedido ayer.

            Al día siguiente, de acuerdo con las normas de navegación por mar, se efectuó un simulacro de salvamento. Cuando en la cubierta de botes nos vimos enfundados en aquellos salvavidas color naranja, no pudimos contener la risa. Todavía me acuerdo cuando veo las fotos que nos hicieron subiendo a los botes. Tú hiciste un comentario en voz baja que no pude oír. Cuando te pregunté, te reíste y no lo quisiste repetir. ¿Qué dijiste?




            Acabábamos de volver de la excursión a Creta. Yo sabía que aquel día era tu cumpleaños, pero no te quise decir nada. Sin embargo, por la noche durante la velada, me encargué de decirle a la azafata, la pequeñita, que era tu cumpleaños. En mitad de la fiesta, la orquesta paró, y dos o tres azafatas te felicitaron en media docena de idiomas. La orquesta entonces tocó el “Cumpleaños Feliz” y todos los pasajeros la cantaron en una mezcolanza de idiomas. Yo te vi llorar, y recuerdo que me dijiste con cariño «Esto no te lo perdono». Luego te entregué un frasquito pequeño de perfume de nombre francés que te había comprado aquella misma tarde en la cubierta comercial. «Gracias», me dijiste y me besaste en la mejilla. Luego la fiesta continuó y tú permaneciste callada. A la mañana siguiente me dijiste que, emocionada, no habías podido dormir en toda la noche. Yo te oculté que había permanecido despierto hasta la madrugada envuelto en azarosos pensamientos.

            Durante los tres días siguientes bajábamos a tierra por la mañana para hacer la excursión prevista, y luego, en algunos lugares con barcazas, regresábamos al buque. Después de comer nos tumbábamos en las hamacas de cubierta, o íbamos a la sala de cine. Una noche entramos a bailar en aquella sala donde únicamente tocaban piezas lentas y románticas. Yo me sentía muy a gusto contigo. No quiero ya ocultarte que aquella noche deseaba que te quedases en mi camarote. Claro que ahora yo sé que lo sabrás todo, por eso no te quiero mentir. Te deseé aquella noche y todas las demás, pero por entonces tu no sospechabas nada o al menos eso creía yo.

            Fue a la altura de la isla de Santorini cuando el mar se empezó a encrespar. Después de que hubiera vuelto la última barcaza que retornaba a los turistas al barco, el estado del mar empeoró. Yo, a la hora de la cena, te estuve esperando en el comedor. Cuando terminó, me empecé a preocupar y me llegué hasta tu camarote. Recuerdo que me abriste la puerta agarrándote como podías y con la cara del color de la cera. El doctor del barco te había puesto un pequeño parche contra el mareo detrás de la oreja, pero aun así, no me dio la sensación de que te hubiera hecho mucho efecto. Nos sentamos en la cama y te abrazaste a mí, estabas muy mareada. Intenté hablarte de todo para distraerte, ya no me acuerdo cuantas cosas te conté, luego me quedé contigo toda la noche. El mar empezó a calmarse y creo que por fin nos dormimos ya a la madrugada. No fuimos a desayunar. Cuando salimos a mitad de mañana nos tomamos un café en la cafetería de a bordo y nos sentamos en los sillones junto a la piscina. No había casi viajeros en cubierta; estaban en la excursión de Patmos.



            Cuando dos días después desembarcamos en El Pireo, volvimos a Atenas para tomar el avión de regreso a Madrid: yo lo haría aquella misma tarde, tú aún tardarías unos días más. Tenías todavía que hacer un viaje programado hasta Meteora. Recuerdo que en la puerta del hotel cuando yo iba a subir al autocar que me llevaba al aeropuerto me acerqué a ti para despedirme; me sentí triste por dejarte y te besé; sin embargo, yo no sabía que aquella sería la última vez. Había empezado a sentir por ti algo más que amistad. Me sentía enamorado de ti, pero no tuve valor para confesártelo. Posiblemente tú no te diste cuenta y yo volví a España teniendo la sensación de que todo había acabado. Nos hablamos una o dos veces más por teléfono, seguramente tú esperabas algo más de mí y yo no tuve valor para comprometerme, y un buen día desapareciste. Ninguno de nuestros amigos sabía donde estabas. Yo pregunté en tu trabajo y me dijeron que lo habías dejado; te habían ofrecido algo mejor en otra ciudad.

            Estuve esperando tu llamada muchos meses y luego, poco a poco, algo empezó a desvanecerse dentro de mí. Dejó de ser tan nítido el recuerdo de aquel viaje, y cuando al cabo de seis años creía que no significabas ya nada para mí, un buen día me llamaste por teléfono. Acababas de llegar a la ciudad y quedamos en una cafetería «¿Por qué lo hiciste?», «¿Qué te ha sucedido?» –te pregunte pero estabas muy hermosa y no tenía ningún reproche que hacerte. Estuvimos un buen rato hablando. Nunca me dijiste donde vivías o que era de tu vida. Si recuerdo que me dijiste que estabas trabajando, pero nada más pude saber de ti. Sólo, casi al final, dijiste algo que por entonces no pude entender muy bien. «¿Si algún día te pido algo, lo harías por mí?» –me quedé extrañado– «Tú sabes que sí», «¿Necesitas algo?» « No –me dijiste– pero sé que tienes una empresa grande, y algún día puedo necesitar que te encargues de alguien» «Por supuesto ¿Quién es?» –te pregunté– «Nadie por el momento, sólo quería saber si podía contar contigo» «Te lo prometo. Cuando me necesites dímelo, sabes que puedes contar conmigo». Aquella fue la última vez que te vi. Yo empecé a pensar que te habrías casado y quizá tu marido estuviese apurado con el trabajo, pero no te quise preguntar nada. Tú te debiste de dar cuenta y me aclaraste que no estabas casada. Debí entonces haberte dicho lo mucho que yo, a pesar del tiempo transcurrido, aún te quería, pero la verdad es que, una vez más, me dio miedo. Muchas veces he pensado a que le tenía miedo siempre que quise decirte que te quería. ¿Quizá al compromiso?, no lo sé. En cualquier caso, sé que ha sido la única decisión que no me he atrevido a tomar nunca. Sólo una vez más me llamaste por teléfono. Algo había ocurrido en tu vida que no te atreviste a contarme. Te noté como hundida y que aquella conversación era como una llamada de socorro que me hacías. Y una vez más, fui un cobarde y desperdicié la ocasión. Cuando quise reaccionar, no te pude llamar puesto que desconocía donde estabas ni que hacías. Nunca me lo quisiste decir. Y un día, lo comprendí todo.

            Hace un año recibí tú última carta. Era larga, explicita, aunque luego he comprendido que no me lo contabas todo. Me decías que hacía tiempo, te habían detectado un tumor y que ahora estaba muy adelantado. Los médicos te habían confirmado que no había ninguna esperanza y te habían dado tan sólo unos meses de vida. Posiblemente no me volverías a escribir.
            La verdad es que no sabía que hacer. Lloré en silencio como jamás hubiera pensado que mis ojos pudieran llorar, y una vez más lamenté mi cobardía y mi falta de decisión. Ahora, ya no podía hacer nada, pues seguía sin saber donde estabas. El matasellos de la carta era de Barcelona. Hice infinidad de llamadas y gestiones para localizarte. Hubiese querido estar contigo y poder abrazarte aunque fuese por última vez. Dios es testigo de que digo la verdad y tú, ahora, también lo sabes.

            Me enteré de que habías cambiado de ciudad cuando seis meses más tarde recibí carta de una amiga tuya a quien la habías encargado que me comunicase tu muerte.

            Hasta entonces mi pensamiento se paseaba por tu recuerdo, te soñaba cercana y en mis noches en vela me parecía tenerte junto a mí. A partir de entonces, todo aquello me parecía falso. Ya no había ninguna realidad donde agarrarme. Sentí la angustia de no haber tenido la valentía de amar, y ahora no tener el desahogo de poder llorar. Sentí el vació de los que poseen al completo y no tienen nada. Sentí la amargura de los que creen tener todo y sólo son dueños de su soledad. Te digo todo esto, quizá para desahogarme porque desde donde tú estás, me consta que ya lo sabes. Tu muerte ha hecho la separación inevitable, pero no eterna, pues sé que nos volveremos a encontrar. Pero mientras tanto, mi desconsuelo, y hasta entonces... nada.



P.D.
            Ayer vino a verme una jovencita de unos 18 años. Acababa de llegar a la ciudad, y era tu vivo retrato. Traía una carta tuya que he leído una y otra vez hasta la saciedad. Hoy, para empezar, he dado trabajo en mi empresa a nuestra hija.


El anterior relato es parte integrante del volumen II de AL COMPÁS DE LA ILUSIÓN. Está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual y queda prohibida su reproducción total o parcial.

miércoles, 17 de junio de 2009

TREN EXPRESO A PARIS

© RAMON MARZAL




            ¡Sí. Yo ya conozco esta historia! –exclamé para mí cuando hube leído el Canto Tercero del poema.

            Un frío seco se había apoderado hacía días de la ciudad, y la gente caminaba deprisa intentando hacer sus últimas compras de Navidad. Una columna de aliento que ascendía desde mi boca se dejaba ver cuando pasaba cerca de algún escaparate iluminado. 
             Mis más de 80 gastados años no me permitían grandes paseos, por lo que casi todas las tardes solía deambular un poco por las calles del centro. A última hora, me tomaba un café, si así podía llamarse a aquel brebaje del que nos valíamos recién acabada la guerra, y luego me marchaba hacia casa. Aquel día, ya a última hora, acerté a pasar por una pequeña librería que había en la calle de San Miguel; y quizá por resguardarme un poco del frío de aquel invierno de 1940, o quizá para demorar algo más la llegada a la soledad de mi casa, decidí entrar. Un agradable calor producido por una estufa de carbón en un extremo de la tienda, me dio la bienvenida. Había algunos clientes desperdigados entre las diversas secciones. Me desprendí de la gruesa bufanda, y sin quitarme los mitones, me puse a mirar por las estanterías. En la sección de poesía, al fondo del establecimiento, cogí un librito que se titulaba “Pequeños Poemas” y, así como al azar, abrí una de sus páginas y empecé a leer. 

«Habiéndome robado el albedrío
Un amor tan infausto como mío 
Ya recobrados la quietud y el seso
  Volvía de París en tren expreso...»

            El librero estaba ocupado en aquellos momentos atendiendo a otros clientes, así es que yo continué leyendo el poema. A medida que iba desgranando aquellos versos, me daba cuenta de que hacía muchos años, cuando yo era un muchacho, había sido testigo de una historia como la que allí se contaba, y mi mente me transportó a aquel duro invierno de 1870. 



* * *



            Por aquellos años, yo vivía en París con mis padres. Mi madre era francesa y mi padre español, este último tenía familia en Zaragoza. Sucedió que un hermano de mi padre murió, y como quisiera que mis padres, por diferentes motivos se veían imposibilitados de ir a visitar a su familia, me enviaron a mí. Así es que, mi padre escribió a sus parientes, y un buen día, ya de noche, me pusieron en un tren expreso que después de un buen número de horas me dejaría directamente en la frontera donde debía enlazar con un vehículo tirado por caballerías para Zaragoza. Busqué mi asiento, y me acomodé como pude junto a la ventanilla de aquel desvencijado vagón con incómodos asientos de madera. Al poco, llegó un hombre de mediana edad, me pareció. Era alto, elegante y cabello negro y vestía bien; se le notaba de posición desahogada. Me pareció como fatigado. Nada más sentarse a mi lado, se cubrió las piernas con una manta zamorana, y se acomodó en el asiento como pudo, dispuesto a pasar la noche.

            Silbó la locomotora y arrancó el tren con un fuerte vaivén que nos hizo cabecear a todos los viajeros. Al poco de salir de la estación, se abrió la puerta del vagón. Una ligera ráfaga de viento helado nos inundó, y entró una joven acompañada de una anciana. Caminaron por el pasillo y llegaron hasta los dos asientos que había libres frente a nosotros. Nos dieron las buenas noches en voz baja, y tras de colocar los bultos en el portaequipajes, se sentaron. La mujer joven, junto a la ventanilla; la mayor, hacia el pasillo. Al hombre que estaba a mi lado se había separado un momento para dejar pasar a la joven hasta su asiento y se la quedó mirando. Yo, en mi rincón junto a la ventanilla frente a la mujer, fingía dormir. Era alta, rubia y delgada. Me pareció muy hermosa, aun para mis jóvenes años, y supongo que para el hombre de mi lado también, pues no dejaba de mirarla.
            En tren empezó a trepidar. Yo no tenía ningún sueño, pero quizá por timidez o desgana, no me apetecía iniciar ninguna conversación, por lo que envuelto en un amplio abrigo, arreglado de uno de mi padre, me acomodé en mi asiento. Refirmé la cabeza en el cristal de la ventanilla y seguí simulando dormir. Con los ojos entreabiertos, miré al exterior. El tren corría ya en una llanura por lo general oscura, sólo iluminada de vez en cuando por una luna que se abría paso entre las nubes. Observé con disimulo a la joven frente a mí que con una expresión triste, miraba por la ventanilla hacia una lejanía negra e imprecisa. Tuvo un acceso de tos ronca, luego volvió la cabeza y se refirmó en el asiento. Se le veía la cara pálida, aunque quizá fuera por la tenue luz del vagón. Me pareció ver unas mal disimuladas ojeras, y en algún momento se secó unos gruesas gotas sudor que perlaban su frente a pesar del frío del vagón. En un momento en que fingí acomodarme, miré al hombre que estaba junto a mí. Seguía sin dejar de observar a la joven. Todos los viajeros parecían dormir en sus incómodos asientos, y cubiertos, los más con abrigos y algunos con sendas mantas, permanecían en silencio. Durante unos instantes la joven cruzó su mirada con el hombre de mi lado y al verle también despierto, quizá por iniciar una conversación intrascendente que hiciese más corto el viaje, oí que le decía con dulzura:
            –¿Sois español?
            –Si, asturiano, de Navia. ¿Y Vd.? –oí que el hombre se interesaba.
            –Yo soy francesa –dijo ella.
            –Por lo que he podido ver, Francia es muy bella. No me importaría vivir aquí.
            –Yo, sin embargo, preferiría España. Necesito su sol y su clima.
            Ella volvió la cabeza hasta el exterior y no dijo nada más. El hombre, al ver la introversión de la mujer permaneció también en silencio y se arregló la manta que cubría sus piernas. A la acompañante de la joven se le escapó un ligero suspiro. Yo a mi vez intenté dormir. Vi pasar rápidos ante la ventanilla los postes del telégrafo e imprecisas luces en la lejanía. En el exterior se oían los lamentos de la locomotora que, al parecer, estaba subiendo alguna pendiente. Vi en el horizonte lejano algunas nubes y una luna indecisa que asomaba tras ellas; luego el humo intenso de la locomotora volvió a cubrirla. Coloqué el cuello de mi abrigo junto a la ventanilla donde estaba apoyada mi cabeza para evitar el frío del cristal. Las luces de una estación pasaron fugaces y se perdieron. 
            Transcurrió largo rato que no llegué a saber si me quedé dormido. Cuando volví a abrir los ojos, vi a mi compañero de viaje que, tras el intento de tener una conversación con la joven, intentaba también dormir. Se revolvió inquieto en su asiento. Ella se levantó y abrió un poco la ventanilla. Un viento gélido inundó el vagón. Alguien de los asientos posteriores protestó y ella volvió a subir la ventanilla. Se sentó de nuevo y dirigiéndose al hombre preguntó:
            –¿Qué hora es?
            –Las tres –dijo el hombre después de mirar su reloj de bolsillo. Ella no dio siquiera las gracias y me pareció que volvía a quedar ensimismada por oscuros pensamientos. Luego, tras unos instantes, cogiéndose los brazos con sus manos, dijo como para ella misma.
            –Hace frío. 
El hombre solícito se despojó de su manta zamorana y se acercó a la joven para colocársela encima de las piernas.
            –Gracias –dijo ella y tras unos instantes se presentó.  
            –Me llamo Constancia
            –Y yo, Ramón. ¿Va muy lejos?
            –Sí, muy lejos –dijo ella distraída.
Volvió a callar y el hombre al verla como abstraída se atrevió a preguntar en voz baja.
            –¿Recuerdos?
            –¿Y Vd.? –dijo ella con tristeza, mirándole mientras jugaba con las borlas verdes y granas de la manta que le había prestado.
            –Yo hace tiempo que huí de los recuerdos.
            –Parece joven para huir de los recuerdos.
            Aunque yo no quería, el suave vaivén del tren en la noche ya adelantada me fue produciendo un sopor, y, por lo visto, debí quedarme dormido.

             Me despertó el trasiego de algunos viajeros que se preparaban para apearse en alguna estación que se presuponía cercana. La joven movió a la anciana que debía de hacer tiempo que se había quedado profundamente dormida. Luego se levantó para coger una bolsa de viaje. Por lo visto las dos mujeres también se bajaban. Vi que el hombre conversaba en voz baja con la joven y ésta, con una ligera sonrisa, algo triste me pareció, le respondía con esa voz queda con que las mujeres hablan de confidencias con sus enamorados. Al parecer habían estado conversando todo el tiempo en que yo estuve dormido. Oí que ella le decía:
            –Tengo que despedirme de alguien, luego, si puedo, volveré a París. Dentro de 15 días estaré de nuevo en esta estación para regresar. Me gustaría tener ocasión de que nos volvamos a ver –dijo ella sin ocultar cierta dosis de tristeza, y tendió su mano hacia el hombre para despedirse.
            El tren aminoró la marcha. Empezaron a verse las débiles luces de gas de la estación y enseguida se detuvo. El hombre bajó la ventanilla y esperó que la mujer estuviese en el andén, luego le tendió la bolsa de viaje. Se oyeron las voces apagadas de la gente en la estación, y el bajar y subir de los vagones. Poco después, el tren iniciaba de nuevo su marcha, y el hombre extendió su mano para saludar a la joven que había quedado con su acompañante en el andén. Cuando ya no la vio, subió la ventanilla, volvió a sentarse y ya no dijo nada en todo el viaje. Yo me volví a quedar semidormido y sólo me desperté cuando llegué a la frontera de España.
Enlacé en la misma aduana con la diligencia que me llevaría a Zaragoza y no volví a acordarme de mis compañeros de viaje.
             Al día siguiente, llegué a casa de mis familiares y permanecí con ellos el resto de aquella semana y la siguiente. Tras el sepelio, mi familia me convenció para que me quedase con ellos algún tiempo y poder ver así la ciudad que yo casi no conocía. Al cabo de unos días, me despedí de los míos, y volví a tomar la diligencia para Francia. Llegué a la frontera con tiempo suficiente para enlazar con el expreso de París, y como quiera que no habían anunciado todavía la salida, entré por unos momentos en la fonda para tomarme un vaso de leche caliente con un azucarillo, y, de paso, protegerme de los rigores de aquel invierno mientras esperaba que anunciasen la salida del expreso a París. Había poca gente en la estación y en esta ocasión en el tren no iban casi viajeros.
             Cuando salí de la fonda, coincidí con aquel hombre alto y de mediana edad con el que había viajado dos semanas antes. Subí al tren y me senté en unos asientos en el centro del vagón. Tenía la experiencia que siempre que abrían la puerta, un aire frío inundaba los primeros asientos. Momentos antes de partir, subió el hombre y se sentó en un asiento cercano al mío. Miró el reloj y se acomodó. El tren salió de la estación a la hora prevista y emprendió su rutinario camino hacia París. Me entretuve observando al hombre que muy a menudo consultaba con su reloj de bolsillo, y miraba por la ventanilla cuando el tren paraba en alguna estación. Su actitud empezó a intrigarme tan sólo por curiosidad y cuando el tren empezó a aminorar la marcha, se puso de pie delante de la ventanilla. Por fin, entró en la estación donde la joven se había bajado la última vez que la vi. Tan pronto como el tren se detuvo, el hombre bajó la ventanilla. Estuvo unos instantes mirando a derecha e izquierda. Sin duda estaba esperando a la joven. El jefe de estación se dispuso a dar la orden de marcha y entonces vi correr a una mujer en el andén hacia la ventanilla abierta. Enseguida reconocí a la acompañante de aquella joven en el viaje de hacía dos semanas antes. Vestía de luto y me llamó la atención que traía lo ojos llorosos. Se acercó a donde estaba el hombre y estuvo hablando con él durante unos instantes sin parar de llorar. Desde donde yo estaba, no oía lo que decían, pero cuando ya el convoy emprendía la marcha, vi que entregaba una carta al hombre. El tren empezó a andar y la mujer permaneció en el andén con la mano extendida hacia el hombre cuando ya se alejaba. Por entonces, yo estaba ya completamente intrigado por lo que estaba sucediendo, y aunque no había oído la conversación, no me había perdido nada de la escena por lo que se incrementó mi interés en la posible historia que había sucedido. El hombre estuvo asomado unos instantes en la ventanilla, luego la cerró. Permaneció todavía un buen rato sentado en su asiento con la mirada ausente y la carta entre las manos que por lo visto no se atrevía a abrir; por fin se decidió. Estuvo leyendo durante un buen rato y luego se levantó y salió al exterior del vagón. Debía de tener frío pues a través del cristal de la puerta le vi subirse el cuello del abrigo. Luego, besó el papel y en determinado momento extendió la mano hacia el exterior, y una carta arrugada pasó rauda delante de mi ventanilla, y se perdió en medio de la inmensidad del paisaje.


* * *



            –Vamos a cerrar señor –oí la voz del librero que se dirigía a mí.
Había pasado el tiempo y no me había dado cuenta. Tomé el librito de los pequeños poemas y caminé hacia el mostrador mientras leía los últimos versos:

  Al poco de venir día por día
  Con mi gran inquietud y poco seso
  Sin alma y como inútil mercancía
  Me volvió hasta París el tren expreso»




            Antes de pagar, miré el título y leí: EL TREN EXPRESO dedicado al celebre escritor D. José de Echegaray de su admirador y amigo. Firmaba un tal   Ramón de Campoamor.



miércoles, 11 de marzo de 2009

EL FANTASMA DEL PAZO (2)


© RAMON MARZAL


LEED   ANTES   LA   PRIMERA   PARTE   DE   ESTA   NARRACION   EN   LA   ENTRADA   DEL   DIA   26-2-2009

Ir la Primera Parte



EL FANTASMA DEL PAZO  (2ª PARTE)

            Aquella noche, después de tomar una frugal cena que se había preparado, decidió quedarse al amor de la lumbre de la chimenea. Aunque sabía que aún había whisky en la botella que había encontrado, no quiso abusar, y uso la que había comprado en el colmado. No era de su marca preferida, pero le dio igual. Miró nuevamente el retrato y el escudo de encima de la chimenea, y una vez más comprobó el medallón que llevaba en el bolsillo. No había ninguna duda. Eran exactamente iguales. 

             Recordó que seis meses antes lo había adquirido en un mercado de las Hébridas Exteriores. Un hombre con acento gaélico le había dicho que lo había comprado en el Noroeste de España a una mujer joven que vendía antigüedades celtas, y que le aseguró era original. Como quiera que a Arthur MacLean la cultura celta le había interesado siempre, decidió después de pedirle más datos al hombre, llegarse hasta España e investigar. Por lo visto había llegado al punto exacto de donde provenía el medallón.

             Volvieron a dar las horas en el reloj de pared de la habitación, y entonces le vino a la memoria los acontecimientos de la noche anterior. Pero no habían transcurrido unos minutos cuando creyó oír unos ligeros ruido en el piso de arriba. Prestó más atención y al instante oyó crujir las maderas de la escalera que daba a los áticos. Y entonces la luz se apagó. Todo estaba en completa oscuridad. Únicamente a través de las amplias ventanas de la sala, entraba la luz blanca y precisa de la luna que, aunque vagamente, iluminaba la habitación. Arthur permaneció en el sillón con el brazo en tensión soportando el vaso de whisky. Oyó crujir nuevamente los escalones de la planta de arriba, y desvió la mirada hacia allí; y entonces sucedió. Vio aparecer en la puerta de los áticos que se abría a la galería de la primera planta, la silueta de una mujer esbelta cubierta con una túnica blanca. Caminó a lo largo de la galería y al llegar al centro, se detuvo. Volvió la cara hacia donde estaba el hombre y durante unos instantes se detuvo frente a él como mirándole desde lo alto. Levantó un brazo y le señaló con el dedo, después, con la misma solemnidad que había llegado, se volvió otra vez hacia la puerta que conducían a los áticos y lentamente desapareció. Volvieron a oírse crujir las maderas de la escalera y luego el abrirse y cerrarse una puerta. Después, todo quedó de nuevo en silencio. Durante unos instantes, Arthur permaneció mudo en medio de la oscuridad de la sala sólo amortiguada por la luz de la luna que bañaba la estancia. Tenía la garganta seca a pesar de tener todavía medio vaso de whisky en la mano. Se lo tomó de un trago. En aquel momento la luz volvió y nuevamente todo quedó como estaba hacía unos minutos.

             No lo pensó más y decidió de una vez comprobar aquella especie de visión. Encendió todas las luces del piso superior, cogió el manojo de llaves que tenía sobre la repisa de la chimenea y subió. Los escalones que daban al ático crujieron a su paso. Llegó hasta la primera habitación. Estaba cerrada; la abrió y miró en el interior. Tan sólo unas camas desarmadas que estaban tal como las dejó el día anterior. Volvió a cerrar la habitación y decidió ir a la otra. Intentó abrir con la llave, pero se dio cuenta de que estaba sin cerrar con llave. Entró, pero no pudo ver nada; la luz ahora no funcionaba. Allí ocurría algo, y todo estaba en aquella habitación. Decidió investigar con luz al día siguiente. Salió, cerró la puerta con llave y bajó a la planta baja.

            Permaneció junto a la chimenea. No sabía que pensar. En algún momento creyó que serían imaginaciones suyas, pero no. Aquellos sonidos habían sido reales. Las puertas se habían abierto y cerrado, y los escalones crujieron bajo el peso de alguien, y luego la vio aparecer.

            Pensó que alguien le quería gastar una broma y no quiso dar la sensación de estar asustado, por lo que decidió no contar nada al guarda a la mañana siguiente. Lentamente, dejó en vaso en la repisa, echó un nuevo tronco en la chimenea y subió la escalera camino de su habitación. Cuando hubo entrado cerró la puerta con llave, pero lo pensó mejor y puso una silla haciendo palanca en la manivela. Luego se acostó envuelto en sombríos pensamientos.

            La mañana estaba bastante avanzada cuando al día siguiente se levantó. Había tardado bastante en dormirse, y a la madrugada, había permanecido gran parte en un completo estado de duermevela. Desayunó abundantemente y luego salió al exterior bajo los eucaliptos adonde estaba el coche. Recogió del maletero una linterna grande y entró nuevamente en la casa. Subió directamente hasta la habitación del ático que servía de desván. Abrió una pequeña ventana y una luz clara inundó la habitación. Empezó a mirar por todos los sitios levantando cajas y quitando sábanas que tapaban algunos muebles viejos. No encontró nada de particular que le llamase la atención. Había un montón de cachivaches propios de cualquier desván: una mecedora, una cuna, cajones y estantes con libros. Había, incluso, una jaula y en el fondo, un armario grande. Fue hacia el y lo abrió; estaba casi vacío. Colgaban únicamente unas pocas perchas con prendas pasadas de moda. Ya iba a cerrarlo cuando se le ocurrió correr las perchas hacia un lado para ver el fondo. Le pareció que estaba algo inclinado y cuando apoyó la mano, la madera del fondo cedió un poco por lo que le dio la sensación de que detrás había algo. Corrió del todo las perchas y se fijó en el fondo. Lo empujó y la madera se deslizó hacia atrás dejando ver una pequeña oquedad intramuros que albergaba una escalera de caracol que descendía. A Arthur el corazón le empezó a latir con fuerza. Aquella escalera descendía en medio de la oscuridad. Encendió la linterna y bajó. Al principio, no veía nada luego sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, y con ayuda de la linterna siguió bajando lo que calculó serían unos tres pisos. Por fin, llegó a una especie de sótano. Hizo un barrido con la linterna. No vio más que un túnel natural que tras pocos metros le llevó a una especie de cueva, y se dispuso a inspeccionar el lugar. No parecía haber más que trastos viejos pegados a los muros, pero cuando se acercó más pudo ver todo mejor. Aquellos trastos no era lo que parecían. Había vasos de plata repujada y máscaras de bronce. Vio una figura que era un ciervo, le pareció también de bronce. A un lado, había relieves en piedra y una especie de calderos con figuras en su exterior. En otro lado, un montón de espadas y lanzas; ruedas y una corona de bronce. Su intuición le dijo que eran celtas.

            Se adelantó hasta un pasadizo oscuro y húmedo que había al fondo de la cueva. Le pareció oír voces apagadas e incremento las precauciones. Después de unos pocos metros, el pasadizo doblaba. Se topó con una escalera que ascendía. Subió con precaución; al final podía ver un ligero resplandor. Apagó la linterna y siguió en dirección a la luz. A medida que se acercaba las voces se hacían más claras. Luego reconoció la voz del guarda que hablaba con una mujer que por su voz parecía joven. Entonces se dio cuenta de que estaba detrás de la puerta que había visto junto a la leña apilada cerca de la casa.
            –No podemos tenerlo mucho más tiempo en la casa –decía el guarda al otro lado de la puerta.
            –A la semana que viene tenemos que llevar varias piezas al anticuario, y las tendremos que sacar por la casa –se oyó la voz de la mujer.
            –Si, desde luego no sé por qué Lorenzo nos lo tuvo que enviar sabiendo que teníamos tan cerca un envío.
            –Déjame hacer a mí, padre –volvió a decir a la mujer–. Tendré que ser más convincente con mi actuación.
            –No te arriesgues o lo echaremos todo a perder. 
            –No te preocupes, padre. He cogido gran experiencia después de tanto tiempo. Anoche me pareció verle temblar –la mujer rió.
            Arthur oyó unos golpes en la puerta. Al parecer el guarda estaba acumulando más leños sobre la pila que, de paso, servían para disimular aquella entrada.

            Volvió por donde había llegado. Se quedó mirando todavía las piezas en la cueva, y entonces notó que pisaba algo y se agachó. Era una figurita de bronce de unos 5 cm. Le pareció que era un animal, una especie de jabalí. Se la metió en el bolsillo e inició el ascenso por la escalera de caracol hasta la habitación. Dejó todo como estaba y volvió a cerrar la puerta con llave. Luego bajó hasta la sala y se sirvió un vaso de whisky, esta vez bastante
lleno.
             Empezó a pensar sobre todo aquello; ahora estaba claro. Bajo la casa, había existido algún castro antiguo donde se habían depositado todas aquellas piezas de origen celta. El guarda las había descubierto, y ahora se dedicaba a venderlas por su cuenta. A la vez que impedía que se vendiese el pazo, pues a él no le beneficiaba, ahuyentando a los posibles inquilinos con ayuda de su hija y del mesonero.

            A finales de aquella semana, Arthur había decidido marcharse. No quería verse involucrado en nada de lo que sucedía allí. Fue al pueblo por última vez para comprar algunas cosas y ni siquiera pasó por el mesón. Desde que se había enterado que Lorenzo, el mesonero, también estaba implicado, procuraba no verse con él. Ya cerca del mediodía se fue hacia el pazo, pero a medida que se acercaba, notó algo anormal. Había varios coches aparcados en la entrada junto a la casa del guarda; dos de ellos eran de la Guardia Civil. Por precaución decidió no llegarse hasta allí y metió el coche por un camino estrecho que le dejó directamente ante el acantilado. Simuló estar viendo el mar, pero no quitó la vista de la entrada. Vio salir de la casa al guarda con dos guardias civiles que se metieron en un coche. Luego salió también la hija que se metió en otro coche. Había también tres o cuatro personas parecían civiles que momentos después, tras cerrar la puerta de la casa del guarda, se montaron en dos coches y siguieron a los demás.

            Desde donde estaba, Arthur podía observar toda la escena, e imaginó lo sucedido. Las actividades del guarda y de su hija habían quedado a descubierto por los administradores quienes les habían denunciado. No supo que hacer. Era evidente que él no tenía nada que ver, sin embargo, le preocupó que el guarda no le hubiera hecho ningún contrato, por lo que no podía demostrar que estaba allí alquilado. Podía marcharse en aquel momento, pero tenía cosas en la casa, entre ellas su documentación, que si las encontraban podían demostrar su identidad. Por otra parte, tenía todavía la llave de la casa. Permaneció mucho rato allí durante el cual no vio ninguna actividad en los alrededores. Decidió no entrar. Montó en el coche y se dirigió otra vez hacia en pueblo. Tampoco entró en el mesón. Salvo el mesonero, nadie sabía que él se alojaba en el pazo, así es que deambuló por las callejas. Entró a comprar unos dulces en una panadería y, mientras esperaba, oyó comentar a la panadera con otras clientas lo sucedido, que se había corrido rápidamente por todo el pueblo.
 
            –Mi marido –decía la panadera– ya se imaginaba lo del contrabando.
            –¿Contrabando? –dijo una de las clientas.
            –Sí señora. Contrabando del grande. Antes era tabaco, pero ahora parecer ser que eran drogas. Grandes cantidades de drogas que almacenaban en la casa grande. Por eso iba tan poca gente por allí.
            –¡Qué barbaridad! –dijo otra–. A mí el guarda me parecía bastante raro.
            Cuando le llegó el turno, el inglés pidió unas tortas de bizcocho y salió del establecimiento. No sabía que hacer y decidió perderse por los alrededores en espera de que anocheciese.

            Ya era muy tarde. La noche era clara y una luna ya disminuida iluminada débilmente el entorno cuando Arthur llegó de nuevo con el coche hasta el pazo. Se le ocurrió que podía dejar el coche fuera y entrar a recoger sus cosas, pero lo pensó mejor y dedujo que si alguien lo veía, podía sospechar, y él no tenía nada que ocultar. Decidió obrar con toda la naturalidad, así es que abrió la puerta de pazo, introdujo el coche y lo llevó hasta la casa. No quiso encender ninguna luz y sólo usó la linterna cuando subió hasta la habitación. Metió en unas bolsas lo poco que tenía. Se cercioró de que no quedase nada que pudiese delatar que había estado allí y bajó al piso de abajo. Entró también en la cocina para dejar todo como lo había encontrado y después de haberlo comprobado salió a la sala decidido a marcharse, pero antes quiso tomarse el último vaso de whisky. Se lo sirvió junto a la chimenea que estaba apagada y fría. A la poca luz de la luna que entraba por las grandes ventanas de la sala, miró una vez más el gran retrato de mujer que presidía la pared de la chimenea. Luego dirigió su vista hasta el escudo y, de nuevo, sacó de su bolsillo el medallón. Lo contempló junto con la figurilla del jabalí que había encontrado y que se había guardado. Y entonces ocurrió.
             Al levantar la vista hacia la galería superior que llevada los dormitorios y a los áticos, vio la figura de la mujer de blanco que le observaba desde la altura. Hubiese querido gritarle que se dejase de farsas, que sabía quien era pero algo le contuvo. Sabía que la Guardia Civil se había llevado a la hija del guarda. Algo le hizo permanecer callado. La figura de la mujer era de un blanco traslucido, emitía un ligero resplandor y cosa muy rara, transmitía serenidad. La mujer fue avanzando por la galería, pero en esta ocasión no andaba, parecía como si se estuviese deslizando a lo largo de la tarima. Llegó hasta donde había estado la vez anterior, pero siguió avanzando hasta la escalera, y entonces Arthur la vio bajar de la misma manera, sin mover los pies, como si una especie de ascensor invisible la estuviese descendiendo. Cuando llegó a la planta baja, siguió avanzando hasta donde el hombre estaba y a un metro aproximadamente se detuvo. Arthur pudo comprobar que en esta ocasión algo anormal estaba sucediendo o al menos, algo para lo que no tenía explicación. La figura se aproximó un poco más y le tendió la mano hacia las suyas que todavía tenían el medallón y la figurilla de bronce. Entonces, a pesar de la oscuridad, le vio el rostro luminoso y creyó haberlo visto antes. Parecía como si la mano de la mujer le tocase, pero sólo sintió un frío intenso. La mujer tenía la palma de la mano hacia arriba, como esperando recibir algo y entonces, Arthur se dio cuenta de una cosa: le estaba solicitando lo que tenía entre las manos. Él le tendió los dos objetos y sin saber cómo, pasaron a las manos de la mujer. Ella tomó la figurilla de jabalí y alargó la mano nuevamente hacia él. Una vez más, volvió a sentir aquel frío y entonces la figurilla pasó a la mano de él. La mujer pareció sonreír, dio media vuelta y volvió a marcharse, llevándose el medallón. Subió la escalera de la misma manera y atravesó la galería hasta que desapareció por la puerta que conducía a los áticos. Arthur quedó unos momentos sin moverse, tendida todavía la mano donde la mujer había depositado la figurilla. No llegó a saber nunca los minutos que transcurrieron.

             Le sacaron de su sopor las campanadas del reloj de pared de la sala, y entonces, notó que volvía a la realidad. Sintió algo extraño, tomó la bolsa con sus cosas que había recogido y se dispuso a salir. Antes tomó el último sorbo del whisky y luego fue a dejar el vaso en la repisa, y al hacerlo volvió a mirar el retrato de la mujer. El vaso se desprendió de su mano y se estrelló con estrépito contra el suelo. Encendió la linterna y subió lentamente el haz de rayos hasta la mujer. Su rostro se había transformado. Ahora comunicaba serenidad y sonreía. Entonces vio que la cara era la misma que acaba a de contemplar hacía unos instantes frente a él. La mano derecha ya no estaba a la altura de su garganta; había descendido. Sobre su terso cuello, pendía un medallón con la insignia del sol celta. El hombre dejó el juego de llaves encima de la chimenea y rápidamente marchó del pazo cerrando la puerta desde fuera.

                        * * *
            Cuando terminó su relato, los cuatro ancianos permanecieron callados durante unos momentos. Hacía tiempo que la partida se había suspendido y no se oía el golpear de las fichas sobre el tablero de la mesa. Una monjita se acercó al inglés. 
            –Por fin ha llegado tu pensión –le dijo. 
            En hombre depositó sobre la mesa una especie de figurita de bronce en forma de jabalí que llevaba en la mano y tomó el sobre. Decía: Para Arthur MacLean.




viernes, 27 de febrero de 2009

EL FANTASMA DEL PAZO (1)






            EL FANTASMA DEL PAZO
                 (Primera Parte)


            En la sala de estar de una residencia de la tercera edad, cuatro ancianos acababan de repartir las fichas de dominó sobre la mesa en que estaban jugando. Uno de ellos estaba reprochando a su pareja una mala jugada que les había llevado a perder la partida anterior.
            –Inglés, no estás en lo que haces, y a tu edad no creo que sea por mujeres –todos rieron.
            –Sí –dijo otro–. A veces, el inglés se queda como ausente. Como si estuviera viendo fantasmas.
            –Fantasmas, fantasmas. Eso es cosa de mujeres –dijo el tercero en la jugada.
            –Qué sabéis vosotros de fantasmas –por fin habló aquel al que llamaban el inglés–. Hace más de cuarenta años me contaron una historia que palideceríais si la oyeseis. Sí, amigos, los fantasmas existen.
            –Cuenta, cuenta –dijo uno de ellos mientras removía las fichas.
             El que llamaban inglés, se refirmó en la silla y después de unos instantes empezó:

* * *

            En el reloj de la gran sala que ocupaba la planta baja, sonaron lánguidas las doce campanadas de la media noche. Después de unos segundos, en algún lugar impreciso de la casa, se oyó el crujir de una puerta que se abría. Arthur que estaba dormitando en el sillón frente a la chimenea sobre la que humeaban unos leños ya consumidos, se despertó al oír las campanadas del reloj. Aplicó el oído con más interés cuando oyó crujir la puerta; era el único que habitaba la casa.

            Arthur MacLean había llegado hacía unas horas a un pueblecito pontevedrés. Había estado lloviendo casi todo el día desde que salió de la capital. Cuando llegó al desvío donde se podía ver el letrero que indicaba el nombre del pueblo, torció, y poco después entró con el coche por una angosta y desierta calleja hasta que desembocó en una pequeña plaza. Estaba completamente vacía, y únicamente se veía una tenue luz en un extremo de la plaza junto a una puerta donde se podía leer: «Mesón». Aparcó el coche y entró. Se dirigió a la barra y preguntó por un sitio donde poder pasar la noche. El mesonero, un hombre escurrido que arrastraba su pierna izquierda se le acercó.
            –Lo siento, aquí tenemos pocas habitaciones y están todas completas.
            –¿Y algún otro lugar por aquí cerca donde poder pasar la noche?
            –Pues en este pueblo, no. En todo caso –le dijo–, en el Pazo Corbeiro, pero no se lo recomiendo. Hoy hay luna llena.
            El recién llegado se le quedó mirando intrigado.
            –Vd. No es de aquí ¿verdad? –preguntó el del mesón.
            –No, soy escocés, de Edimburgo, desde hace un mes llevo visitando todo el norte de España y pensaba llegar hasta la ría, pero con esta tarde tan desapacible…
            –Querrá Vd. cenar algo ¿verdad? –el mesonero no desperdició la ocasión y señaló una mesa cercana–. Siéntese, enseguida le llevo unas sopas de la tierra y le pongo al corriente.
            El recién llegado se dirigió hacia la mesa que le había indicado en un extremo del comedor y esperó a que llegase el hombre. Se entretuvo mirando a los demás comensales. Pocas mesas estaban ocupadas; eran sobre todo personas mayores. En un extremo, cuatro viejos alrededor de una mesa hacían golpear las fichas del dominó sobre el mármol. Al poco, llegó el mesonero con un cuenco de sopas aún humeante que colocó encima de la mesa.
            –Para segundo, le pondré merluza que me han traído hace poco de la lonja –. El mesonero dio por hecho que a su huésped le gustaba el pescado y continuó:
            –Le cuento; verá Vd. El Pazo del que le he hablado está a poco de aquí, en dirección al acantilado. En verano, los turistas lo suelen alquilar, pero todos se quedan pocos días, y es que verá Vd. –el mesonero bajó la voz y se acercó más aún al recién llegado en un ademán de confidencialidad–. Se cuentan cosas extrañas de por allí. Parece ser, que fue propiedad de unos antiguos señores, descendientes de ciertos celtas de Cornuelles, en Inglaterra, quienes se lo dieron a su hija como dote de su boda. La noche de bodas, una noche de luna llena, el esposo la repudió pues comprobó que no era virgen. Ella huyó de la casa vestida únicamente con un sutil camisón de gasa blanca. Llegó hasta el promontorio y se arrojó por el acantilado. Por lo visto en el sitio en que se lanzó, encontraron un medallón que ella siempre llevaba y que, al parecer, era recuerdo de su madre. El hombre dicen que terminó volviéndose loco, pues todas las noches de luna llena, el alma de la mujer se paseaba por los corredores del pazo reprochándole al esposo su actitud, y exigiéndole el medallón que había perdido.
            –No me diga –dijo el escocés sin que diera signo de haberse creído una sola palabra de cuanto le había contado el mesonero.
            –Allí en el pazo, en una pequeña casa a la entrada, vive el guarda con su hija. La casa grande ahora está vacía. Los administradores viven en Pontevedra, y el guarda está autorizado a alquilar la casa. Pero los inquilinos, al parecer, no se quedan mucho tiempo. Dicen que la casa está encantada y que todas las noches de luna llena se pasean las “meigas” por la estancia –dijo el mesonero casi con un susurro–. Algunos cuentan que han podido ver las noches de luna, el fantasma de la joven desposada. Hace tiempo que el pazo está en venta, pero nadie quiere comprarlo. Dicen que esta habitado por “meigas”. Esta noche hay luna llena, y, posiblemente, el guarda se haya metido con su hija en su pequeña casa y ni le abra.
            –Hombre, mire Vd., me está intrigando, pero ya que no hay otro sitio por aquí, posiblemente me acerque hasta allí antes de que caiga la noche por completo. ¿Por dónde se va?
            –Cuando salga del pueblo por la derecha, llegará a la carretera, luego sigue en dirección a la ría y unos dos kilómetros más adelante verá un desvío a la derecha. Está señalizado “Pazo de Corbeiro”. A un kilómetro aproximadamente, se topará Vd. con los muros. La casa del guarda tiene también entrada desde el exterior.
            –Bien, gracias –dijo Arthur–. Tan pronto como acabe de cenar me acercaré.
            –Dígale que le envió yo, Lorenzo –dijo el mesonero quien arrastrando su pierna izquierda volvió al mostrador adonde habían llegado un par de clientes.
            Arthur MacLean salió del pueblo siguiendo las instrucciones del mesonero, y tan pronto como llegó al desvío que le había indicado torció a la derecha. Enseguida se encontró ante los muros ya oscuros de la entrada del pazo. Tal como le había indicado el hombre en el pueblo, se dirigió hacia una pequeña casa. Parecía vacía, pero aun así, dio unos golpes en la puerta. Al poco, se ilumino una luz en el interior y la puerta se abrió tímidamente. Apareció un hombre alto y enjuto de rostro.
            –Buenas noches. Me mandan del mesón. No tienen habitaciones libres y como me ha dicho que alquila el pazo, a lo mejor me quedo algún tiempo para visitar la zona.
            –Pase –el hombre cedió el paso al recién llegado y luego cerró la puerta–. ¿Y quiere esta noche? Hay luna llena.
            –Por supuesto. Algo me han dicho en el mesón, pero no tengo inconveniente.
            El guarda de acercó hasta una alacena y extrajo unas llaves que entregó al recién llegado.
            –Como es ya muy tarde, haremos mañana el contrato. Le voy a abrir la puerta grande para que pueda meter el coche.
            Ambos hombres salieron al exterior, y mientras el guarda abría el portón, el recién llegado puso el coche en marcha y lo introdujo en el pazo bajo una bóveda de eucaliptos y a través del camino de grava que crujió bajo las ruedas. Lo detuvo ante la puerta de la casa. Ahora ya era completamente de noche; sin embargo, una luminosa luna llena en un cielo carente de nubes iluminaba la silueta de la casa. El guarda abrió la puerta y conectó el interruptor general de la luz.
            –Allí, encima de la chimenea, tiene un manojo de llaves con las etiquetas a que corresponden –dijo señalando una amplia chimenea junto a la pared–. La cocina está al fondo, junto con una habitación pequeña de servicio, la despensa y un cuarto de desahogo. Arriba –dijo señalando la galería superior–, están los dormitorios y dos baños. Habrá cenado ya ¿no? Porque aquí no guardamos nada, todo es por cuenta del inquilino, por supuesto.
            El guarda se dirigió a la chimenea y encendió un fósforo, y al instante prendieron los pequeñas ramas que había encima de unos papeles. Cuando se aseguró que habían prendido bien, colocó encima unos pequeños troncos que había en una cesta junto a la chimenea.
            –La chimenea está siempre preparada. En el exterior, junto a la puerta que da a la cocina, verá Vd. un montón de troncos cortados. Bien, le dejo; si necesita algo ya sabe donde estoy. Ah –dijo volviéndose cuando ya estaba cerca de la puerta–, no se moleste en cerrar por dentro la puerta del dormitorio. A las “meigas” no les importa –y con paso más bien apresurado abandonó la estancia.
            Tras unos momentos, Arthur se dispuso a ver la casa por dentro. Pensó que debería habérsela enseñado el guarda, pero supuso que tendría prisa por volver a la suya. Entró en la cocina. Estaba todo muy limpio y ordenado en sus correspondientes armarios, y el mármol de la encimera, completamente brillante. Tal como le había dicho el hombre, una puerta daba al exterior, pero se encontraba cerrada con un cerrojo desde el interior. Volvió a salir a la sala y se dispuso a subir la escalera que llevaban a una galería donde daban los dormitorios. En el primero que entró, que supuso el principal, era muy amplio y un gran balcón daba a la fachada sur. Una cama grande con dos mesillas, un arcón, un par de butacas y un armario con un montón de colgadores vacíos era todo su mobiliario. Junto al dormitorio, uno de los baños. Le seguían tres dormitorios más y al final otro baño algo más pequeño. Al fondo de la galería, una escalera más estrecha subía a otra planta. Encontró enseguida la luz de esa escalera y subió. No había más que tres pequeños áticos. Uno de ellos estaba casi vacío; tenía solamente un armario y dos camas pequeñas. Las otras dos habitaciones estaban cerradas, pero no tardó en encontrar las correspondientes llaves entre el manojo que había cogido de la chimenea. Eran simplemente unos cuartos de desahogo. Uno de ellos con unas camas pequeñas desarmadas. Por lo visto sólo se montaban cuando iban a vivir al pazo más inquilinos; y el otro, completamente lleno de cachivaches. Volvió a cerrarlos como estaban, y después de asegurarse de que no había nada más, inició el descenso hacia la planta baja.
            Había cenado bastante bien en el mesón, por lo que simplemente se dispuso a estar unos momentos junto a la chimenea, a la que echó dos grandes troncos para que diesen calor a la estancia antes de irse a dormir.
            En un armario, junto a la vajilla, encontró una botella de whisky. La destapó y olió. No parecía que estuviese malo. Cogió del mismo armario un vaso y se vertió un poco que llevó a los labios. Estaba bien, así es que se llenó medio vaso y se dispuso a saborearlo sentado en un sofá frente al fuego. Se quedó mirando pared. Sobre la repisa de la chimenea, pudo ver el cuadro de una mujer de apariencia joven y hermosa, estaba de pie y tenía un gran porte. Su mirada parecía algo triste y su mano derecha estaba a la altura de su amplio y generoso escote. Sobre el cuadro, había labrado en la piedra de la pared como un escudo circular. No lo entendió muy bien, pero pudo ver que tenía las espirales de un sol celta. Depositó el vaso sobre la mesita que tenía junto al sillón y con cuidado sacó del bolsillo de su chaleco un sobre que abrió lentamente y que contenía un medallón. Cuando lo hubo hecho, volvió a mirar la pared. Era exactamente el mismo objeto que el medallón que tenía él. Volvió a meterse el sobre en el bolsillo y se reclinó nuevamente sobre el sillón. Luego se quedó como transpuesto.

            Al oír las campanadas, Arthur MacLean comprobó su reloj; el de la pared adelantaba unos tres minutos. Se levantó para poner más leños en la chimenea para que pudieran conservarse gran parte de la noche, y entonces fue cuando lo volvió a oír. Era como el crujir de una puerta en algún lugar de la casa. Suspendió sin colocar el último tronco que tenía entre las manos, y aplicó el oído. Quizá fuese el crujido de alguna viga de madera. En el reloj digital que llevaba en su muñeca sonó la señal horaria.
            –Vaya, la hora de los fantasmas –se dijo–, aunque creo que el mesonero les llamó “meigas” o algo así.
            Ya iba a colocar el tronco, cuando volvió a oír la puerta. Esta vez el sonido fue ya más claro como una puerta que se abriese e, inmediatamente después, volvió a oírse como si ahora se cerrara. Instantes después se percibió el crujir de unas maderas. Arthur terminó de colocar el tronco en la chimenea y se dispuso a dar una vuelta por la casa. Inició su visita nuevamente en la cocina, y comprobó que la puerta que daba al exterior permanecía cerrada con el cerrojo desde el interior. No percibió nada anormal, únicamente vio una puerta que daba a algún sitio que no había reparado la primera vez. La abrió. Era una pequeña despensa en la que sólo había, al fondo, un armario que encontró vacío y un pequeño saco de patatas. Por lo visto habían sido olvidadas por los últimos inquilinos. Volvió a cerrar la puerta y salió a la sala. Subió a las habitaciones de la otra planta. Todo estaba normal. En unos de los dormitorios, vio que la ventana estaba algo entreabierta y aseguró el cierre. Cuando hubo comprobado la última de las habitaciones, e incluso los cuartos de baño, decidió subir a la otra planta donde estaban los áticos. Algunos de los peldaños crujieron bajo su peso. Todas las habitaciones estaban igual que las había visto momentos antes y las dos habitaciones que estaban cerradas con llave permanecían igual. Una vez que se hubo asegurado de que nada anormal sucedía, volvió a bajar a la planta baja. Comprobó la puerta de entrada y tras cerciorarse de que había corrido el grueso cerrojo en el interior, subió al dormitorio principal. No había cerrojo pero la puerta tenía cerradura, así es que buscó la llave entre todas las demás, cerró la puerta con dos vueltas de llave y se acostó. Hacía frío en el ambiente. Los leños que había colocado en la chimenea no habían hecho gran cosa. Las sábanas parecían húmedas de tan frías. Por lo visto, hacía algunos meses que la casa había estado deshabitada, y luego, las lluvias de la última semana hicieron que la estancia estuviese realmente fría. Extendió completamente las piernas para ayudar a la circulación y entrar antes en calor; y por fin se quedó dormido.
            Se despertó sobresaltado. Oía como ruidos en el exterior. Concretamente en la planta baja. Hubiese querido bajar, pero había conseguido por fin entrar en calor y junto con otras circunstancias, le hicieron aconsejable permanecer acostado. Por fin volvió a dormirse.

            Entraba luz por la ventana a través de las cortinas. Miró el reloj. Eran cerca de las diez de la mañana. Jamás solía despertarse tan tarde, por lo que decidió ducharse e irse al pueblo a desayunar y luego hacer sus primeras compras. Así es que salió de la habitación para ir al baño y cuando había dado los primeros pasos, se quedó parado. Volvió hacia la puerta y se la quedó mirando. Como hacía en su apartamento, había salido simplemente de su habitación sin ningún contratiempo para ir al baño. Pero estaba seguro de que la noche anterior había cerrado la puerta de su dormitorio por dentro con llave, la cual luego había metido en el bolsillo de su chaqueta. Rápidamente entró en la habitación y lo comprobó. Las llaves estaban aún en el bolsillo. Caminó hacia el baño pensativo y tomó una ducha muy caliente que le reconfortó enseguida. Aquel incidente le había llamado la atención e incrementó su decisión de quedarse algún tiempo más por curiosidad.
            Llegó al pueblo casi enseguida pues la distancia no era mucha, y lo primero que hizo fue entrar en el mesón a desayunar. El mesonero se le quedó mirando
            –Buenos días –le dijo tan pronto como se acercó.
            –Buenos días –respondió el recién llegado–. Póngame un café con leche muy caliente. La mañana está muy desapacible.
            –¿Cómo ha descansado? ¿Se quedó por fin en el Pazo? –le preguntó mientras se volvía hacia la cafetera a preparar el café.
            –Bien, un poco frío. Gracias a los troncos en la chimenea.
            –Sí, eso no falta nunca allí.
            –¿Sabe dónde puedo comprar víveres?
            –¿Se va a quedar allí? –preguntó el mesonero algo extrañado.
            –Si, voy a quedarme unos días más–. El recién llegado no dio más explicaciones.
            –Aquí a la vuelta tiene un colmado. Lo lleva mi mujer –dijo el mesonero sin más, y marchó a atender a otros clientes.
            Cuando hubo desayunado, el inglés salió para ir a comprar todo lo que necesitaba. Volvió al pazo y antes llamó en la puerta del guarda para decirle que se quedaba y arreglar cuentas con él. Vio la puerta de su casa abierta; la empujó y entró. En la habitación del fondo se oyeron voces de una mujer que al parecer estaba hablando con el guarda.
            –Buenos días –gritó Arthur desde la puerta. El guarda apareció desde la otra habitación.
            –¡Ah! ¿Es Vd.? ¿Qué tal ha pasado la noche?
            –Un poco fría. Como la casa al parecer ha estado deshabitada, tendré que encender la chimenea todo el día.
            –No se preocupe por eso. Junto a la puerta de la cocina tiene una pila de leños. Puede coger todos los que necesite. Yo voy cortando y los apilo allí. ¿Va a quedarse?
            –Quizás unos pocos días más.
            –Bueno, si sólo son unos pocos días, no creo que haga falta hacerle ningún contrato. Cuando se vaya me paga los días que haya estado, y arreglado.
            –Muy bien, así lo haré.
            Arthur se despidió y se dispuso a meter en la casa los víveres que había comprado. Supuso que el guarda no le quería hacer el contrato para beneficiarse del alquiler del que no tendría que dar cuenta a los administradores. Quizá no era la primera vez que lo hacía, pensó.
            Cuando hubo colocado las vituallas sobre la encimera, salió por la puerta de la cocina, y se dispuso a meter troncos de leña para depositar al lado de la chimenea. Estaban junto a un muro no lejos de la puerta de la cocina, y al objeto de llevar varios a la vez, tomó un carretillo que encontró en los alrededores y fue llenándolo con troncos. Al coger no de ellos, la pila se derrumbó y dejó al descubierto una puerta de madera muy vieja que al parecer hacía mucho tiempo que no había sido usada. Tenía una pequeña abertura central con dos hierros a manera de reja. Miró en su interior. Era como una cueva que se perdía en la oscuridad y no le dió ninguna importancia. Cuando calculó que ya tenía bastantes troncos, llevó el carretillo hasta el interior de la casa.


(Continuará la Segunda parte en la próxima entrada)

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El presente relato forma aparte del volumen I de"Al Compás de la Ilusion"
©: Ramón Marzal