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viernes, 23 de enero de 2009

EL "TUBO" YA NO EXISTE

© Ramón Marzal




            EL "TUBO" YA NO EXISTE




            Acababa de visitar la cercana sala de exposiciones. Salí a la calle cuando ya anochecía un día de aquel riguroso invierno de 1998 y, antes de volver a casa, decidí caminar a lo largo de la calle Cuatro de Agosto. Hacía muchos años que no transitaba por aquellos lugares. Llegué hasta la intersección de la calle de los Mártires, y me quedé un poco desencantado. Ya no era la misma de cuando yo frecuentaba aquella parte de la ciudad. Hacía más de 40 años, pensé. El ambiente que proporcionaba la angostura del lugar ya no era igual. Incluso, yo diría que había desaparecido el característico olor a calamares fritos y también las vendedoras de tabaco.

             En la esquina de la Calle de los Mártires, por entonces, todavía existía Casa Lac. Miré a través de sus puertas con cristales; no había muchos clientes en aquellas horas. Me pareció que poco había cambiado. Su decoración, todavía tenía el encanto de principios de siglo. En realidad, ahora estaba convertido en un café espectáculo, que sólo abría al mediodía y por las noches. Claro que entonces, cuando yo era niño, lo que más se servían eran desayunos, sobre todo en convites. Aquellas primeras comuniones, donde lo característico era el chocolate, vienés, según el presupuesto, los dos bollos suizos y luego un vaso de leche, de aquellos altos que se servían hacía más de medio siglo y todo ello endulzado con los nostálgicos azucarillos. Me quedé mirando una pequeña tienda que había justamente enfrente; vendían casetes, relojes, pequeñas radios y algunas otras cosas más. Entonces, cuando yo era joven, era un salón de limpiabotas, donde invariablemente todos los domingos, iba a limpiarme los zapatos por cinco pesetas. Junto al salón limpiabotas, estaba el “Plata”, y digo que estaba, porque en aquel invierno de 1998 sólo quedaba de él las puertas tabicadas y el letrero sobre su fachada, como una frase lapidaria “Café Cantante Plata”. ¡Cuántas veces, al pasar, nos quedábamos mirando como podíamos por las rendijas de un tabique de madera colocado delante de la puerta, para que no se viese el espectáculo desde la calle! Allí, al fondo, junto al escenario, había siempre unos vejetes de temperamento sanguíneo, yo diría que siempre los mismos; aplaudían para que las cantantes se subiesen un poco más la falda o que, con un desliz intencionado, dejasen ver un poco más de la cuenta, disimulando después tras un fingido rubor. Cuentan que en las memorias de Trotski, antes de exiliarse éste a Méjico, a su refugio de Cayoacán, pasó por Zaragoza, y comentan que visitó el “Plata”.

            Ahora, ya de noche, continué por la calle Cuatro de Agosto. ¡Venían a mí tal cantidad de recuerdos de aquellos años de adolescente! Pasé junto a lo que habían sido unos billares. Parecióme llegar a mí aún el olor conjunto de los lugares cerrados y la tiza de los tacos, y oí también el ruido del chocar de las bolas de marfil sobre los tapetes verdes, al final de aquella escalera tan empinada. Seguí mi pasear por la calleja; un poco más allá, unos maderos apuntalaban la fachada de la casa de enfrente, justamente a lo que un día fue el Restaurante Casa Tobajas. Luego, la calle se ensanchaba, y allí, en un rincón, como queriendo permanecer en el anonimato, una tiendecita; una ortopedia con un letrero, que por entonces, aún existía, “GOMAS”.

             Y justamente unos metros más adelante, en el vano de una tienda cerrada, recordaba a una muchacha de cabellos rubios, muy joven, parecía, y algo atrevida y pizpireta. Atendía por Lolo Mary. Me llamaba siempre la atención su mano derecha a la cual le faltaba su dedo meñique. Estaba siempre sentada sobre un banquillo de tosca madera, y con la excusa de la venta de unos cigarrillos sueltos, esperaba solícita a que alguien negociara sus favores. ¿Qué habría sido de ella?, pensé. Hacía frío; me subí el cuello del abrigo. Yo continué caminando por aquella calle, ahora ya, con las farolas encendidas. Llegué hasta el que fue el Bar Monreal. Un muro de ladrillo tabicaba lo que había sido puerta y ventanal. Los hermanos Monreal eran amigos míos; Fernando se llamaba el mayor; el pequeño... ¿Javier?... ¡Ya no me acordaba!... ¡Había pasado tanto tiempo! Y luego, frente al bar, la calle de la Libertad. La calle de la Libertad había quedado como oculta a los ojos de los depredadores de símbolos del régimen de una época anterior. Habían desaparecido otros nombres de calles, Cinco de Marzo, Manifestación, Democracia, etc., pero la calle de la Libertad quedó allí escondida, sin que, al parecer, fuese importante para aquellos que no toleraron expresiones de libertad o levantamientos populares. La calle de la Libertad siguió siendo famosa quizás más por los platos cocinados de Casa Pascualillo que por otra cosa.

             Aproximadamente, diez metros más adelante, existía todavía, aunque restaurada, la casa número 11. Allí vivía mi amigo Ernesto y todos los domingos, después de comer, nos reuníamos en el segundo piso de aquella casa, para tomar el café antes de salir. Recordé como en una instantánea, aquella cocina donde estábamos en invierno nosotros dos y su familia: su padre, atento siempre a la retransmisión del partido de fútbol, oído desde un aparato de radio de los de lámparas; su madre, Amparo, ocupada en sus faenas. De vez en cuando, cual moderno Moisés, daba un golpe con el pie en suelo, a la vez que gritaba ¡Agua! Un hilo de agua empezada a caer entonces por su grifo, quizá cuando la vecina del piso de abajo se dignaba cerrar la espita, o había acabado sus quehaceres. Cuando terminábamos de tomar el café, salíamos de su casa: yo, a la cita con una linda muchachita, mi primer amor de adolescente; él, a intentar ver a María Jesús. María Jesús era una corista de la Compañía de Revistas del Maestro Guerrero, que por entonces actuaba en el Teatro Circo, a la sazón instalado en la calle San Miguel, donde ahora se levantaba una Caja de Ahorros. Bajé hacia la calle Alfonso. Antes de llegar, vi que existían todavía los restos de la librería de lance de Inocencio Ruiz. No siempre que la visitábamos era para comprar, algunas veces también para vender y poder terminar de pasar la semana.

             Era ya completamente de noche cuando continué mi camino. La calle estaba, por aquellas fechas, ocupada por las obras de conservación del Pasaje de los Giles. Dos gatos salieron desde un montón de escombros, maullando por quien sabe que enemigo imaginario, y fueron a refugiarse a la casa de enfrente. Allí, hacía años, recordé, existía la Sala de Exposiciones del Casino Mercantil, a la cual, entonces se podía entrar directamente por la Calle Cuatro de Agosto. Yo la visitaba muy a menudo, cuando exponían, Sarroca, Ayneto o Miguel Ángel Albareda, éste último ya murió. Enfilé la calle Blasón Aragonés, en cuya esquina me detuve. Todavía existía una tienda de muñecas. Yo me quedé mirando sus escaparates siempre atestados de paraguas, abanicos y muñecas: Es curioso –pensé– después de tanto tiempo, es la única casa en Zaragoza, que sepa yo, que todavía tiene la famosa muñeca de los años cuarenta: “Marujita Pérez”. Entonces, cuando yo era chico, costaba 200 pesetas, ahora, en 1998, 15.400,-- pesetas. Después, al igual que hacía 40 años, seguí por la calle Blasón Aragonés, al llegar al final... ¡Cuantos recuerdos! Allí, por entonces, estaba el comedor del SEU, y allí terminábamos muchas tardes a dar buena cuenta de sendos bocadillos de anchoas, regados con un vaso de vino tinto; todo ello por 5 pesetas. Recordé las tertulias de arte y los cafés de redacción, donde discutíamos de tantas cosas, mientras nos tomábamos un café que nos costaba 3 pesetas... o acaso... ¿eran dos?... ¡Ya no me acordaba!... ¡Había pasado tanto tiempo! Era un inmenso salón con unos amplios balcones a la Plaza de Sas. Aquel invierno, ya no existían ni los balcones ni la casa; los balcones altos hasta el techo, habían dado paso a unas ventanas bajas, y el amplio salón había desaparecido para dar cobijo a las oficinas de una Compañía de Seguros. Como en una película, había transcurrido ante mí toda una época, toda una historia, ¡toda una vida!

             Pasadas las diez de la noche volví sobre mis pasos, e inicié el camino en sentido contrario. Al llegar nuevamente a la calle Cuatro de Agosto, sentí un escalofrío. Sí, había sentido un escalofrío pero... en el alma. Y comprendí porqué. La calle estaba vacía, sin vida, con ese silencio de cementerio grave donde pocos más que los muertos se sienten a gusto. Cuando yo recordaba, a aquellas mismas horas, había animación; todos los bares y casas de comidas estaban en plena ebullición. Las vendedoras de tabaco todavía seguían en sus puestos; el olor de los fritos envolvía la atmósfera y algún jovenzuelo, movido por la urgencia, buscaba desaforadamente una casa de “mala nota”. Ahora, pocas tiendas, pensé; la mayoría ya no existían; los bares, no cerrados, sino tabicados y las fachadas de sus casas, apuntaladas y curvadas por los años, cual decrépitos ancianos que esperaban el final.

             Y entonces, aquella fría noche, de pronto… volví a verla. Había empezado a caer una chispeante llovizna helada. Algunos de los pocos transeúntes estaban inclinados hacia el suelo atendiendo a alguien, parecía una mujer sentada sobre la acera y refirmada en la pared. Me acerqué. Al principio no la reconocí. Sus rubios cabellos habían dado paso a unas greñas de amarillo blanquinoso y su cara ajada no reflejaba sufrimiento, sino apatía. Estaba refirmada en la misma fachada de entonces. Únicamente que ahora estaba sola, no había la corte de mozalbetes que hacía 40 años, pululaban a su alrededor contentándose con poder observar un generoso escote ya que sus maltrechos ahorros no les permitían para otros desahogos. En aquel momento, desde una ambulancia detenida en la parte ancha de la calle, llegaron dos sanitarios. La reconocieron durante unos instantes y luego, la tendieron sobre una camilla, y al hacerlo el brazo derecho se deslizó hacia el suelo dejando colgando una nervuda mano de cuatro dedos.

             Y aquel frío invierno de 1998, cuando la poca gente se disolvió, miré a mi alrededor y entonces me di cuenta. Sí... ¡el “Tubo” ya no existía! Dejó de existir cuando... ¡Ya no me acordaba!... ¡Había pasado tanto tiempo!



(El anterior relato es parte integrante del volumen I de "AL COMPAS DE LA ILUSION" Está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual y queda prohibida su reproduccion total o parcial)



LA ANTIGUA NOVIA

© Ramón Marzal
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                        LA ANTIGUA NOVIA


            Tan pronto como entró en la cafetería la vio. Estaba sola en una mesa junto al ventanal que daba a la calle. Sentada, no se notaba mucho, pero parecía esbelta y de porte elegante. Santiago nunca había entrado en aquel café, ni siquiera pasaba a menudo por allí, sólo cuando iba al Registro. Aquella tarde, había tenido que hacer unas gestiones cerca, y se le ocurrió entrar a tomarse su acostumbrado café. Por lo general, lo hacía en la barra, rápidamente, sin dilaciones, pero en esta ocasión instintivamente se dirigió hacia una mesa libre que había junto a la mujer. A medida que se acercaba tuvo ocasión de verla mejor. Vestía un traje de chaqueta azul oscuro y llevaba el pelo corto de un color castaño claro. Se sentó, dejó el portafolios en otra silla y esperó a que se acercase el camarero; cuando llegó le pidió un café. De soslayo miró a la mujer. Debía de tener algo más de los 50 años, quiso adivinar. Había restos de hermosura que aun conservaba. Ella estaba tomándose un café, y se puso a hojear una revista que llevaba. Por un instante le pareció que le recordaba a alguien, pero no pudo precisar. Se sintió intrigado y tuvo el impulso de volver la cabeza para mirarla directamente, pero se contuvo. Quizá ella se daría cuenta y entonces él, sin duda, se sentiría incómodo. Sin embargo, no paraba de darle vueltas a la cabeza. Volvió a mirar con disimulo. Aquel corte de cara, aquella nariz un poco respingona, pensaba. De repente creyó recordar a Piluca una antigua novia de quien estuvo enamorado a sus 20 años. Sonrió en su interior, y vinieron a su memoria pasajes de aquellos dos años que pasó con ella. Se aventuró a volver la cabeza para mirarla más directamente. La mujer parecía seguir absorta en su lectura. De pronto, ella se volvió y sus miradas se cruzaron durante unos instantes. Santiago se sintió algo azorado y desvió la mirada. Sí, era ella pensó, sin embargo sus ojos no los recordaba así y el cabello, tampoco, pero claro, el cabello ya se sabe, pensó. En aquel momento el teléfono móvil de la mujer sonó y ella contestó.
             Llegó el camarero con el café y Santiago permaneció escuchando, intentando averiguar donde había oído antes aquel timbre de voz. La conversación fue corta, anodina, sin efusión; se notaba que era de trabajo. Por fin, la creyó reconocer, y ya sin tapujos, cuando ella acabó la conversación, se dirigió a la mujer:
             –Disculpe. ¿Piluca?
            La mujer intensificó su mirada, no molesta, pero si intrigada, y él, señalándole con el dedo, insistió.
             –¿Piluca Almenar?
            Entonces la mujer pareció sonreír ligeramente y, tras unos instantes, contestó con cierta vacilación:
             –¡Ajá!
             –Ya veo que no te acuerdas de mí –dijo Santiago ya con más seguridad–. Soy Santi Navarro. Hace muchos años que no nos hemos visto. Entonces, éramos muy buenos amigos.
             –¡Vaya! –exclamó la mujer tras unos instantes de vacilación–. La verdad es que no te hubiera conocido después de todos estos años. Aunque, ahora que me fijo, no has cambiado mucho.
             –Tú, en cambio, si que has cambiado, a mejor por supuesto.
             –Gracias por el cumplido –dijo ella halagada.
             –Al principio, ¿sabes?, cuando te he visto, dudaba. Creo recordar que entonces llevabas el pelo largo y moreno, y los ojos, yo los recordaba de color algo más oscuros –continuó, como intentando recordar viejos tiempos.
             –No te puedes imaginar lo que halaga mi ego femenino saber que me has recordado. Fue una pena que dejásemos de vernos.
             –Permíteme que te recuerde que fuiste tú quien cortó –dijo él como con reproche aunque sin rencor, y continuó. –No crees que debiéramos sincerarnos y reconocer que fuimos algo más que buenos amigos–. Y la miró a los ojos esperando ver la reacción de la mujer.
             Ella se sonrojó levemente. Luego como abstraída dijo:
             –¿Cuántos años tenía yo entonces?
             –Veintitrés, creo recordar.
             –Ha pasado mucho tiempo –dijo ella, y Santiago creyó notar cierta nostalgia en sus palabras.
             –Sí. Más de 30 años.
             –Fíjate. Posiblemente, ninguno de los dos sabía lo que hacíamos.
             –¿Esperas a alguien?
             –No, estoy sola.
             –¿Te importa que me ponga ahí? –preguntó él señalando su mesa.
             –Por favor –dijo ella con un signo de invitación.
             El hombre se levantó, y cambió de mesa su servicio del café. Luego se colocó en una silla enfrente a ella.
             Santiago estaba haciendo un gran esfuerzo para recordar, después de tantos años, su relación con Piluca, como la llamaba él. Sufrió enormemente cuando ella le dejó, y, después, él no hizo ninguna mención de volver a verla. Aun con gran pesar, prefirió dejar cancelado todo definitivamente. En alguna ocasión, había pensado si ella no habría estado esperando alguna reacción por parte de él, o un nuevo intento de volver, pero se sentía muy herido con la ruptura por parte de ella, y su amor propio se lo impidió.
             –Y en cuanto al pelo –continuó la mujer–, tienes razón. Por entonces era más largo y moreno, pero ya sabes con el tiempo, tienes que hacer algo para cambiar de look, y que se note lo menos posible el paso de los años.
             –Pues aunque parezca mentira, sí han pasado. Ya nada es igual –dijo él como con añoranza.
             –Bueno, para ti, no parece que hayan transcurrido. Si acaso, un poco menos de pelo –dijo mirándole la cabeza mientras sonreía-, pero sigues siendo tan agradable como entonces. Yo diría que ahora, con el paso de los años, te encuentro más interesante. Pero cuéntame ¿qué ha sido de ti en todo este tiempo?
             –Poca cosa. Terminé la carrera y tuve ocasión de colocarme con un conocido abogado. Algunos años más tarde, con dos abogados más, compañeros de promoción, montamos bufete propio, y allí estoy desde entonces. No me puedo quejar.
             –¿Te casaste?
             –Sí, tuvimos dos hijos, pero hace unos años mi esposa murió en accidente cuando iba a reunirse conmigo en un Congreso que se celebraba en Madrid. Ahora, estoy solo. Mis hijos están fuera: el mayor trabajando en Valencia y el pequeño, haciendo un Master en Alemania. Yo todavía no me he repuesto del todo, por lo que me encerré en el trabajo, y sigo como puedo.
             –Lo siento muchísimo –dijo ella visiblemente afectada.
             –Y tú ¿te casaste? –quiso saber Santiago.
             –Sí, me casé, pero no me fue nada bien. No tuvimos hijos, y a los diez años terminamos separándonos. Cosas de la vida. Yo al contrario que tú, afortunadamente, me he repuesto totalmente.
             –Tus padres ¿viven todavía? Creo que a tu padre no le caía yo muy bien. No me lo llegaste a presentar, pero él me conocía. Aunque no llegué nunca a saber mucho de tu familia.
             –Mi padre murió hace unos diez años y mi madre el año pasado.
             –Lo siento. ¿Te acuerdas de aquel viaje de fin de curso a París? –quiso recordarle Santiago cambiando de tema.
             –Fue bonito –dijo ella simplemente.
             –La verdad es que aquella noche, cuando me presenté en tu habitación del hotel con mis veladas pretensiones, creo que hice un poco el ridículo, ¿no? Hiciste bien rechazándome –dijo él sonriendo.
             –Pero te portaste como un caballero. Con el tiempo, me alegré de que no hubieses insistido, porque a lo mejor... ¿Tú te arrepientes ahora de algo?
             –Cuando uno es joven, siempre hay algo de lo que arrepentirse. Pero, afortunadamente, de nada nos tuvimos que avergonzar. De todas las maneras eran otros tiempos. Recuerdo cuando íbamos al cine y pedíamos la última fila. Al final, la mayoría de las veces se perdía algún beso furtivo. Tú siempre te enfadabas.
             –Eso pretendía que creyeses –dijo ella divertida.
             –Mira de cuantas cosas me tengo que enterar al cabo de los años.
            Santiago puso su mano encima de la de la mujer, pero al instante la retiró. Ella se dio cuenta de la acción. Sonrió y luego continuó.
             –Éramos jóvenes y ya sabes. Los jóvenes por entonces... ¡Huy! –exclamó mirándose el reloj–. Se me ha hecho muy tarde y debo irme. Si me das tu teléfono, me gustaría llamarte y poder volver a vernos para recordar aquellos años y hablar de nosotros. Creo que entonces lo deberíamos haber hecho más. Pero el tiempo lo dedicábamos a otras cosas –dijo ella sonriendo.
             Santiago, sacó del portafolios una tarjeta y se la tendió cuando la mujer ya se levantaba. Ella la miró, se la guardó en el bolso y le dijo:
             –Seguro que te llamaré, y pronto. Si no te importa.
             –Será un verdadero placer; de verdad. Estaré esperando tu llamada. Me he alegrado mucho de volverte a ver después de tantos años –dijo él levantándose para despedirla.
             Ella le besó en la mejilla y salió de la cafetería.

             Ya en la calle, la mujer tomó un taxi y dio una orden al taxista. Refirmada en el asiento, reflexionó sobre lo sucedido.
             –Es muy agradable y parece sincero -se dijo-, pero cuando le llame, ¿cómo le digo que no soy Piluca y que no le conozco de nada?



(El anterior cuento es parte integrante del volumen II de "AL COMPAS DE LA ILUSION" Está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual y queda prohibida su reproduccion total o parcial)

viernes, 26 de diciembre de 2008

L U C A S

(El presente cuento está inscrito en el Registro de Propiedad Intelectual bajo el título genérico de "AL COMPÁS DE LA ILUSIÓN III". Queda prohibida cualquier reproducción total o parcial)
©: Ramón Marzal






                   L U C A S


            Aquella noche me había despertado en repetidas ocasiones. Creía haber oído ruidos en el jardín, y el instinto me decía que algo anormal ocurría. Me acerqué hasta la puerta que daba al exterior y escuché atento, luego fui hasta el ventanal que comunicaba el salón con el jardín y permanecí en silencio durante un buen rato. No me pareció que hubiese nadie y, sin embargo había oído algo. Esa noche Don Francisco, como le llamada la asistenta, no dormía en casa. Estaba en unos de los muchos viajes de negocios que solía hacer y que a veces se alargaban una o varias semanas. Su esposa, Doña Manuela, ocupaba el dormitorio principal del piso de arriba y la asistenta no había llegado todavía pues iba todas las mañanas a eso de las 10 y se quedaban hasta mitad de la tarde cuando, una vez que había recogido todo y preparado la cena a la señora, se marchaba, no sin antes sacar a la calle la bolsa de la basura que dejaba en el contenedor próximo.
             No me pareció que hubiese nada diferente a otras noches, aun así, me decidí a averiguar si todo estaba bien en la planta superior. Subí despacio la escalera de madera que llevaba al dormitorio de Doña Manuela. Procuré no hacer nada de ruido aunque sabía que la alfombra de la escalera amortiguaría los posibles ruidos de mis pisadas. Arriba todo parecía estar bien. Me acerqué hasta el único dormitorio que estaba ocupado. La puerta estaba entornada. Al principio no oí nada, pero había algo en el ambiente que me preocupó. Había un aroma diferente, que había notado en otro sitio y que me era bastante desagradable. Yo no sabía que podía ser, pero la mujer no podía estar en peligro, pues al parecer estaba despierta. Creí oír algún susurro en el interior y estuve un buen rato escuchando tras la puerta. Sólo pude oír la voz clara de Doña Manuela que hablaba en voz baja.
             –No te preocupes. Todavía no ha amanecido y hasta las 10 no viene Lola, la asistenta.
             La otra persona no dijo nada y ambos se revolvieron entre las sabanas. Yo había empujado un poco la puerta con precaución y ahora podía ver casi toda la habitación. No quise entrar, pero me detuve a tiempo de ver como la otra persona se levantaba de la cama. Era la silueta de un hombre de edad mediana. Ahora su aroma se hizo más intenso. Caminó hasta la puerta del lavabo que estaba en la misma habitación y encendió la luz. Al poco, el hombre volvió a salir del baño y caminó de nuevo hacia la cama. Yo retrocedí cuando pasó cerca de la puerta y no pude verle la cara. El hombre volvió a la cama y se abrazó a la mujer que ahora estaba totalmente despierta. Gimió y se abrazó a su acompañante. Me pareció que todo estaba bien y con la misma precaución con que había subido, volví a bajar la escalera hasta la planta baja.

Estuve un buen rato dando vueltas en silencio por la casa. Por fin, me debí de quedar dormido.

             Me despertó el ruido de la puerta de la calle. Era Lola, la asistenta que llegaba. Lola era una mujer joven de unos 30 años que ya era la asistenta de Don Francisco ya cuando viudo, ocupaba su otra casa. Luego, cuando éste se volvió a casar, ella continuó con el nuevo matrimonio ocupándose de casi todo lo concerniente a la casa, ya que la señora, según le había oído yo decir en alguna ocasión a la asistenta, era bastante “desmanotada”. Yo no sabía que quería decir aquella palabra, pero enseguida la asimilé como sinónimo de la esposa de Don Francisco.
             –Buenos días, Lucas –me dijo cuando me vio nada más entrar, y enseguida se puso una bata de trabajo y colocó la cafetera en el fuego.

             Yo no dije nada y por la puerta de la cocina salí al jardín que, por cierto, hacía ya tiempo que lo estaba deseando. Hacía una mañana muy agradable y en aquellas horas el sol todavía no estaba muy alto. Después de dar una vuelta por el amplio jardín de aquel chalet, me fui a tumbar a la sombra de un pino que había cerca de la verja de la entrada. Aquel era mi sitio preferido, pues desde allí podía ver los que venían a la finca y también la ventana del dormitorio de Doña Manuela por la que había empezado a interesarme.
             Poco después del mediodía, llegó Don Francisco a su casa. No se fijó en mí que me encontrada tumbado. Abrí un ojo, lo vi en la puerta y volví a quedarme dormido. A buen seguro que si me hubiera visto me habría dicho:
             –Qué bien vives holgazán –era su frase favorita la mayoría de las veces que me veía.
             Aquel fin de semana, no vi casi al matrimonio. Don Francisco permaneció en su despacho todo el sábado y gran parte del domingo y su esposa, después de asistir a la misa dominical, y hasta la hora del almuerzo, se ocupó de desalojar y volver a colocar unos armarios en la habitación de huéspedes del piso superior. Sólo en una ocasión subí a la habitación donde estaba la mujer. Fui a entrar, pero la mujer, muy airada, me echó:
             –Vete. Déjame, estoy muy ocupada.
             Yo desaparecí de la escena y ya no volvieron a verme en el resto del fin de semana.
             Aquel lunes, muy temprano, Don Francisco volvió a marcharse de viaje. Cogió su cartera de piel y a eso de las seis de la mañana salió de la casa y se dirigió hacia el garaje. Yo quise acercarme.
             –Hola Lucas. Lo siento hoy no estoy de buen humor –me dijo cuando me acerqué a él.
Algún sentido especial me dio a entender que no se encontraba en sus mejores momentos y decidí no importunar. Puso el coche en marcha y abandonó el garaje. Luego, salió por la puerta de la verja que, por cierto, dejó abierta, cosa muy rara en él. Yo aproveché para salir a la calle y me dediqué a dar una vuelta por los alrededores. Empezaban las primeras luces del día, algunas farolas todavía estaban encendidas y había pocos viandantes a aquellas tempranas horas de la mañana. Pasó un camión regando las calles que dejó en el ambiente un ligero olor de hierba mojada. Llegué hasta el final de la urbanización y estuve paseando durante mucho rato. Me sentía libre, pues no estaba acostumbrado a ir solo por la calle; siempre salía con Don Francisco o con Lola; pocas veces con la señora. Me entretuve junto al puesto del churrero y decidí regresar a casa. Ya cerca de la verja de entrada me adelantó el cartero que empezaba su labor por el principio de la calle. Su penetrante aroma se me quedó incrustado en mi nariz y creí haberlo notado antes. Serían cerca de las 10 cuando regresé a casa, pues al poco, llegó Lola que protestó por ver la puerta de la verja abierta de par en par, y se dispuso a cerrarla.
             –Mal le deben de ir las cosas al señor cuando se ha dejado la puerta abierta –le oí decir.
             Yo me adelanté, entré por la puerta de la cocina que estaba abierta y subí a la primera planta. Doña Manuela estaba en su habitación; me pareció que estaba sola, pero aun así noté que hablaba con alguien. Asomé la cabeza por la puerta entreabierta de su dormitorio. La mujer estaba sin vestir tumbada encima de la cama y hablaba por teléfono con alguien.
             –Si, se ha ido al punto de la mañana –le oí decir con voz queda–. Y ya no vendrá hasta el próximo fin de semana. Te esperaré esta noche. No te preocupes, Lola se va a marchar después de comer a ver a su familia en el pueblo, no volverá hasta el próximo jueves. Así es que tendremos cuatro días para nosotros. Te estaré esperando. Dejaré la puerta de la cocina abierta, es más discreta.
             Dejé a la mujer que siguiese hablando y yo me bajé a la planta baja y estuve casi todo el día paseando por jardín y dando una cabezadita a la sombra de un acogedor pino. Si Don Francisco se había marchado hasta mitad de la semana, seguro que yo me podía tomar el descanso sin que nadie me llamara holgazán.
             Al poco vino el repartidor del supermercado. Se acercó a la verja y toco el timbre, luego al verme me dijo:
             –Anda, avisa a Lola.
             No le hice el menor caso, pero en aquel momento vi venir a la asistenta y me fui a mis quehaceres al jardín posterior de la casa y estuve vagando ocioso por allí casi todo el resto del día.
             A media tarde, quizás cuando ya había recogido la cocina, vi a la asistenta, muy arreglada, se disponía a salir. Se llegó a la verja salió y la volvió a cerrar con llave. Como medida de seguridad la verja permanecía cerrada gran parte del día. Yo me acerqué hasta la verja y, desde detrás de los barrotes, me dispuse a ver pasar la gente.

             Serían pasadas de las once de la noche, cuando me fui de los jardines, y después de darme un paseo entre los parterres y comprobar, como hacía todas las noches, que todo estaba en orden, me volví hacia el porche de la casa. Hacía tiempo que había anochecido y en aquel momento vi que una sombra caminaba por el andador de grava. Se acercó a la puerta de verja, la abrió con la llave y se volvió otra vez a la casa donde entró por la puerta de la cocina que dejó también sin cerrar por dentro. Hacía una noche agradable y no me apeteció irme a dormir, así es que permanecí cerca de la puerta principal de la casa. Aun no habían terminado de dar las doce en el reloj de la iglesia cercana, cuando sentí que alguien entraba por la puerta de verja. Me sentí inquieto, pero permanecí inmóvil como una estatua, en las mismas escaleras de la puerta principal, agazapado tras unos tiestos de aspidistra. El recién llegado no lo dudó y se dirigió a la puerta de la cocina. Percibí el aroma del recién llegado cuando éste ya había entrado y cerrado la puerta de la cocina. Era el mismo que había notado por la mañana. No sabía si se trataba de un intruso, así es que di la vuelta al edificio y abrí como pude la puerta del sótano. Me introduje en el interior de la casa, luego subí con mucho sigilo las escaleras, temeroso de que la puerta que daba cerca al cuarto de desahogo estuviese cerrada. Afortunadamente no fue así, por lo que pude salir al pasillo y de allí a las escaleras que daban al primer piso. No vi por ninguna parte al sospechoso que había visto entrar, por lo que deduje estaría en la planta de arriba. Subí con precaución intentado que la alfombra de la escalera no dejase oír el ruido de mis pisadas, y seguí el rastro del aroma que me llevó hasta la habitación de Doña Manuela. Les oír hablar en voz baja y como no me pareció que la mujer corriese ningún peligro, me dispuse a bajar a la cocina y permanecí allí durante un buen rato por si me reclamaba o gritaba, luego me debí de que quedar dormido.
            
             Cerca de las 7 de la mañana creí oír pasos que se aproximaban por el andador y escuche. Me pareció que era Don Francisco que llegaba, pero no había oído el coche. Al poco, la puerta de la cocina que daba al exterior se abrió y apareció la figura del señor que, cosa rara en él, subió al primer piso sin apenas hacer el más ligero ruido. Yo no entiendo las cosas de los señores, pero tuve un presentimiento y esperaba que de un momento a otro se iniciase todo un espectáculo en la primera planta, pero no fue así. Durante unos minutos todo pareció en silencio. Luego volvió a abrirse la puerta de la cocina que daba al pasillo y volvió a entrar Don Francisco. Le noté abatido como cansado. Me vio, se acercó a mí y se sentó en una silla cerca de donde yo estaba.

             –¡Ay Lucas! ¡Qué sabes tú de estas cosas! –me dijo mientras me ponía la mano encima de mi cabeza–. A buen seguro que ni se han acordado de ti.
             Se levantó hasta un armario bajo la encimera. Sacó una bolsa de papel y una escudilla de plástico que llenó con pienso y me la colocó en el suelo.
             –¡Ay, Lucas! –continuó–. Vamos a tomar un poco el aire fresco. Aquí me ahogo. ¡Si tú me pudieras comprender!
             Cogió la correa que estaba colgada detrás de la puerta de la cocina, me la ató al collar y salimos al jardín y luego a la calle. El hombre caminaba cabizbajo y junto a él, yo, no ajeno a lo que le sucedía, meneé el rabo en señal de comprensión.

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(Publicado en la Revista LA SIRENA DE ARAGÓN de Noviembre 2008)



jueves, 11 de diciembre de 2008

EL SIQUIATRICO

EL SIQUIATRICO



(El presente relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual bajo el tÍtulo genérico de "AL COMPÁS DE LA ILUSIÓN II".)

Obtuvo el Primer Premio en el "VIII CERTAMEN LITERARIO DE RELATO" de Ibercaja, en Zaragoza.


      Se extrañó tan pronto como entró por la puerta de los jardines. Al contrario de lo que era habitual en aquellas horas, éstos estaban vacíos. Ningún interno estaba paseando por los andadores entre los parterres.

     Aquella mañana, María José llegaba a su turno en el trabajo un poco más tarde de lo normal. En el porche se encontraban solamente un par de internos que se balanceaban sujetos a sus sillas de ruedas y babeaban debido a la medicación. Cuando llegó hasta la puerta del edificio, se encontró con el director del establecimiento que como de costumbre le prestaba un especial cuidado a un rosal trepador de rosas rojas que ascendía por el porche y se desparramaba junto al ventanal de su despacho. Jamás consentía que nadie lo cuidase. Él, personalmente, se ocupaba de podarlo y abonarlo, y únicamente le permitía al jardinero que lo regase cuando lo hacía al resto de los jardines del psiquiátrico, y eso siempre bajo su supervisión.

      –Buenos días Don Felipe –dijo la enfermera cuando pasó junto a él intentando no se diera cuenta que llegaba tarde a su turno.

      –Buenos días señorita. Es tarde –contestó el hombre sin apartar la vista del escardador que estaba empleando.

      María José era una enfermera contratada del Centro Psiquiátrico de la ciudad, y se ocupaba del pabellón de los no agresivos.

      Cuando diez minutos más tarde salió con la bata puesta hacia su lugar de trabajo, se encontró en la entrada con la Hermana María de la Consolación, una de las monjitas de la Comunidad de las Anas a cuyo cargo estaba el establecimiento.

      –¿Por qué no hay nadie fuera en los jardines con el buen día que hace? –dijo la enfermera.

      –El señor Director lo ha prohibido. Parece ser que ha encontrado estropeadas algunas de las plantas de los parterres. Tan pronto como ha llegado y sin verificar siquiera el parte de incidencias de la noche, se ha puesto a arreglar su rosal. Ha prohibido que hoy salgan al jardín, y algunos de los internos están algo alborotados.

      –Pues, buena mañana se nos espera.

      –Debería tener cuidado con Demetrio. Hoy está algo alterado, y no le faltaba más que no poder salir al jardín. Mírelo, por allí viene. Bueno, yo le dejo, es la única que se arregla con él –dijo la religiosa.

      La hermana María de la Consolación marchó hacia la enfermería, pues acababa de llegar el doctor, y María José siguió avanzando por el corredor donde veía llegar hacia ella a Demetrio.

      Demetrio era un enfermo que llevaba mucho tiempo en el psiquiátrico, pues aparte de su alteración síquica tenía una deformación física en los pies que le impedía correr, e incluso al andar lo hacía de una forma muy característica. Doblaba su pie izquierdo hacia afuera casi 90º y el derecho, al no poder doblarlo, lo arrastraba de una forma muy característica. Su cabeza, algo torcida, y su boca siempre entreabierta dejaba al descubierto unos dientes negros y la mayoría podridos. Sin embargo, María José había observado durante meses al hombre, e intuía que en su mente, aunque a veces ausente, había cierta ternura que no podía expresar. Al pasar junto a Demetrio, la enfermera le dijo familiarmente:

      –Buenos días Demetrio –a lo que éste contestó de la forma acostumbrada.

      –¡Putaaa...!

       María José sonrió y siguió su camino hacia la sala del fondo.

      Comprobó que efectivamente, estaban todos bastante alborotados quizás porque no les dejaban salir al jardín, aunque a muchos de ellos no les importaba porque de nada se daban cuenta. Los había algo alterados que no paraban de llamar por su nombre a alguien que debían de llevar en su recuerdo. Había silenciosos con la mirada ausente y su mente perdida en no sé que secretos pensamientos. Se dejaban llevar de un sitio para otro en un continuo ir y venir a través de la sala. Otros, aparentemente serenos, permanecían en una butaca de mimbre dejando transcurrir las horas. Algunos, los menos, conversaban; conversaciones a veces incoherentes. Otros imaginativos, pero parecían felices porque creían realidad las fantasías que en su demencia llegaban a imaginar.

      María José iba de un sitio para otro intentando contestar a las preguntas incoherentes de algunos y a las soeces impertinencias de los menos, pero siempre intentaba ayudar a todos. La señorita María José, como algunos le decían, era apreciada por todos los internos. Muchos de ellos, con disimulo, miraban el reloj de la sala cuando se aproximaba la hora de la entrada del turno de la enfermera. Otros, todas las mañanas, preguntaban constantemente la hora a la monjita o a la auxiliar más cercana. A todos los empleados les extrañaba la obsesiva manía de los internos de aquel pabellón por saber la hora precisamente a principios de la mañana. Les pasaba desapercibido que la hora ya no les importaba cuando María José entraba con su bata blanca saludando a todos en el pabellón.

      Al día siguiente, los internos volvieron a salir al jardín. El Director reunió al personal y les dijo que deberían aumentar su vigilancia para que ningún interno volviera a dañar los parterres que acababa de replantar el jardinero y, mucho menos, aproximarse al rosal trepador de rosas rojas que bordeaba el ventanal de su despacho y al que las monjitas habían bautizado como “El orgullo de Dirección”.

      A principios de la semana siguiente, los jardines volvieron a estar estropeados. La mayoría de las internas lucían en sus bolsillos o en los ojales de sus batas las coloridas begonias que arrancaban sin ningún cuidado. Una enferma que había ingresado hacía solamente unas semanas, y a la que el personal, entre ellos, apodaban “la bizca” por un ligero estrabismo que tenía en el ojo izquierdo, también había cogido su trofeo, y semiocultaba en los bolsillos de su bata las hojas verdes de unos lirios. La mayoría sólo los cogían imitando la acción de algunos de sus compañeros.

      La llegada aquel día del director se recordaría en el siquiátrico por muchos años. Volvió a reunir al personal y les dijo que hasta nueva orden los internos permanecerían en la sala sin salir a los jardines. La Superiora de la Orden quiso hacer entender al director lo problemático de aquella decisión, sobre todo en aquella época del año.

      –No intente convencerme, Madre –fue la adusta y acalorada respuesta–. Hasta nueva orden no se saldrá a los jardines.

      Y marchó para comprobar una vez más, que su rosal no hubiera sido tocado. Afortunadamente no pareció que hubiese sufrido daño alguno. Don Felipe quiso entender que el rosal no había sido dañado porque los internos sabían que era su preferido, y lo duro que podría ser el señor director si lo estropeaban. En realidad, no había sido tocado porque las espinas rodeaban a las rosas.

      María José se las arreglo para que de nuevo, durante su turno, pudiera haber calma en todo el pabellón. Demetrio estaba empeñado en verter por el suelo todo el agua sobrante de aquel vaso de plástico que les daban.

      –Demetrio, cariño, ¿por qué tiras el agua? –le decía María José, a lo que él impertérrito, siempre contestaba lo mismo –¡Putaaa...!

      –Bueno, toma un poco más y me llevaré el vaso. Cuándo quiera más, me lo dices–.

      Y solícita, le volvió a llenar hasta la mitad el vaso, y enseguida se lo quitó antes que, de nuevo, vertiese el agua sobrante.

      Dos días después, y ante los problemas que no paraban de surgir en el pabellón, el Director levantó la prohibición de salir al exterior, pero dijo al personal que tendrían que salir por turnos para poder controlarlos mejor.

      Una mañana, María José estaba atendiendo a un interno que debía ir a la enfermería cuando la hermana María de la Consolación le comunicó que el Director quería verla en su despacho.

      Media hora más tarde cuando volvió a salir todo era diferente. El Director le había comunicado que había finalizado su contrato de trabajo, pues la enfermera a la que estaba sustituyendo en la baja por maternidad se incorporaba de nuevo. María José cesaría a partir de primeros de mes, le dijo, eso sí, después del característico “Muy agradecidos por sus servicios...” o “Es Vd. muy buena en su trabajo, y si nos vuelve a hacer falta contaremos con Vd.” etc.

      La primera en enterarse fue la Hermana María de la Consolación que pasó la noticia al resto del personal a medida que los veía.

      A los internos nada se les dijo. Por supuesto que algunos de ellos de nada se darían cuenta, pero en la sala de Hermanas sabían que aquello alteraría en gran parte a los internos del pabellón, pues María José había sabido granjearse el afecto e todos. Ella tampoco quiso decir nada, pero a pesar de su prudencia, nadie supo por donde, la noticia se filtró a los más despiertos, y éstos, a su manera, se encargaron de hacérselo saber al resto de los internos.

      Los días que faltaban hasta el final de mes, fecha en que finalizaba el contrato de María José, pasaron rápidos. Los incidentes en el jardín cesaron, y en aquella época del año parecía que, con el correspondiente cuidado del jardinero, los parterres volvieron a todo su esplendor. Incluso “El Orgullo de Dirección” pareció dar más rosas que de costumbre, y desde el despacho del Director se podía contemplar aquel inigualable marco que festonaba el ventanal.

      El último día de su trabajo María José se pasó por el pabellón, e hizo su última inspección, luego fue besando a todos y cada uno de los internos a su cargo, pero no les dijo nada. Sabía que, posiblemente, al día siguiente le echarían en falta pero al cabo de una semana sus desvaídas mentes le habrían olvidado. Pasó a despedirse de las monjitas y del resto de sus compañeras. La Superiora sacó, nadie supo de donde, una botella de jerez y desearon buena suerte a María José. Algunas de sus compañeras, incluida la Hermana María de la Consolación dejaron asomar alguna lágrima.

      Se cambió de ropa y salió para marcharse. Intentó despedirse del Director, pero éste, curiosamente, había tenido que salir a mitad de la mañana, y todavía no había regresado.

      Cuando llegó al jardín se sorprendió. Encontró los parterres completamente destrozados. Pensó, en principio, que el jardinero los estaría renovando pero se podía ver todo completamente arrancado y pisado. Le extrañó, pero siguió su camino por el andador; hasta la puerta de la verja del exterior. Cuando llegó se quedó completamente paralizada. Casi todos los internos de su pabellón se encontraban allí esperándola. Todos llevaban flores en la mano, lilas, begonias, geranios. María José hizo un esfuerzo por ocultar las lágrimas. Abrazó a cado uno de ellos. La “bizca” quizá no había podido coger ninguna, pero en su mano llevaba un abundante matojo de césped, que entrego a la enfermera cuando ésta llegó a ella y la besó. Muchos de los que estaban allí, posiblemente no sabían porqué, simplemente habían sido convencidos por los más despiertos, pero a ella le daba igual.

      María José besó a los últimos y cuando ya iba a salir por la verja oyó un grito a lo lejos. Por el andador de grava llegaba Demetrio corriendo a su manera. Cojeaba y arrastrando como podía su pie derecho, gritaba:

      –¡Puta!, ¡Putaaa!, ¡Puuutaaaa....!

     Llegó hasta la enfermera, ocultaba su mano derecha en la espalda y la mano izquierda sangraba abundantemente, al igual que sus labios y los alrededores de la boca

      –¡Pero cariño! ¿Qué te ha pasado? –dijo ella, e intento limpiarle con su pañuelo la sangre de su rostro. Los profundos ojos de Demetrio se llenaron de lágrimas que al deslizarse por sus mejillas se confundieron con la sangre de sus labios. La enfermera nunca había visto llorar a Demetrio, lo abrazó y lo besó. Él abrió su boca luciendo unos dientes negros y podridos y con un candor como María José nunca había visto, dijo sonriendo:

      –¡Puuutaaaa....!

      Y entonces sacó su mano derecha de detrás de la espalda; estaba también sangrando. Llevaba un enorme ramo de rosas rojas que acababa de arrancar con sus propias manos y a mordiscos del rosal trepador que hasta entonces había sido “El orgullo de Dirección”.


©Ramón Marzal



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