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miércoles, 17 de junio de 2009

TREN EXPRESO A PARIS

© RAMON MARZAL




            ¡Sí. Yo ya conozco esta historia! –exclamé para mí cuando hube leído el Canto Tercero del poema.

            Un frío seco se había apoderado hacía días de la ciudad, y la gente caminaba deprisa intentando hacer sus últimas compras de Navidad. Una columna de aliento que ascendía desde mi boca se dejaba ver cuando pasaba cerca de algún escaparate iluminado. 
             Mis más de 80 gastados años no me permitían grandes paseos, por lo que casi todas las tardes solía deambular un poco por las calles del centro. A última hora, me tomaba un café, si así podía llamarse a aquel brebaje del que nos valíamos recién acabada la guerra, y luego me marchaba hacia casa. Aquel día, ya a última hora, acerté a pasar por una pequeña librería que había en la calle de San Miguel; y quizá por resguardarme un poco del frío de aquel invierno de 1940, o quizá para demorar algo más la llegada a la soledad de mi casa, decidí entrar. Un agradable calor producido por una estufa de carbón en un extremo de la tienda, me dio la bienvenida. Había algunos clientes desperdigados entre las diversas secciones. Me desprendí de la gruesa bufanda, y sin quitarme los mitones, me puse a mirar por las estanterías. En la sección de poesía, al fondo del establecimiento, cogí un librito que se titulaba “Pequeños Poemas” y, así como al azar, abrí una de sus páginas y empecé a leer. 

«Habiéndome robado el albedrío
Un amor tan infausto como mío 
Ya recobrados la quietud y el seso
  Volvía de París en tren expreso...»

            El librero estaba ocupado en aquellos momentos atendiendo a otros clientes, así es que yo continué leyendo el poema. A medida que iba desgranando aquellos versos, me daba cuenta de que hacía muchos años, cuando yo era un muchacho, había sido testigo de una historia como la que allí se contaba, y mi mente me transportó a aquel duro invierno de 1870. 



* * *



            Por aquellos años, yo vivía en París con mis padres. Mi madre era francesa y mi padre español, este último tenía familia en Zaragoza. Sucedió que un hermano de mi padre murió, y como quisiera que mis padres, por diferentes motivos se veían imposibilitados de ir a visitar a su familia, me enviaron a mí. Así es que, mi padre escribió a sus parientes, y un buen día, ya de noche, me pusieron en un tren expreso que después de un buen número de horas me dejaría directamente en la frontera donde debía enlazar con un vehículo tirado por caballerías para Zaragoza. Busqué mi asiento, y me acomodé como pude junto a la ventanilla de aquel desvencijado vagón con incómodos asientos de madera. Al poco, llegó un hombre de mediana edad, me pareció. Era alto, elegante y cabello negro y vestía bien; se le notaba de posición desahogada. Me pareció como fatigado. Nada más sentarse a mi lado, se cubrió las piernas con una manta zamorana, y se acomodó en el asiento como pudo, dispuesto a pasar la noche.

            Silbó la locomotora y arrancó el tren con un fuerte vaivén que nos hizo cabecear a todos los viajeros. Al poco de salir de la estación, se abrió la puerta del vagón. Una ligera ráfaga de viento helado nos inundó, y entró una joven acompañada de una anciana. Caminaron por el pasillo y llegaron hasta los dos asientos que había libres frente a nosotros. Nos dieron las buenas noches en voz baja, y tras de colocar los bultos en el portaequipajes, se sentaron. La mujer joven, junto a la ventanilla; la mayor, hacia el pasillo. Al hombre que estaba a mi lado se había separado un momento para dejar pasar a la joven hasta su asiento y se la quedó mirando. Yo, en mi rincón junto a la ventanilla frente a la mujer, fingía dormir. Era alta, rubia y delgada. Me pareció muy hermosa, aun para mis jóvenes años, y supongo que para el hombre de mi lado también, pues no dejaba de mirarla.
            En tren empezó a trepidar. Yo no tenía ningún sueño, pero quizá por timidez o desgana, no me apetecía iniciar ninguna conversación, por lo que envuelto en un amplio abrigo, arreglado de uno de mi padre, me acomodé en mi asiento. Refirmé la cabeza en el cristal de la ventanilla y seguí simulando dormir. Con los ojos entreabiertos, miré al exterior. El tren corría ya en una llanura por lo general oscura, sólo iluminada de vez en cuando por una luna que se abría paso entre las nubes. Observé con disimulo a la joven frente a mí que con una expresión triste, miraba por la ventanilla hacia una lejanía negra e imprecisa. Tuvo un acceso de tos ronca, luego volvió la cabeza y se refirmó en el asiento. Se le veía la cara pálida, aunque quizá fuera por la tenue luz del vagón. Me pareció ver unas mal disimuladas ojeras, y en algún momento se secó unos gruesas gotas sudor que perlaban su frente a pesar del frío del vagón. En un momento en que fingí acomodarme, miré al hombre que estaba junto a mí. Seguía sin dejar de observar a la joven. Todos los viajeros parecían dormir en sus incómodos asientos, y cubiertos, los más con abrigos y algunos con sendas mantas, permanecían en silencio. Durante unos instantes la joven cruzó su mirada con el hombre de mi lado y al verle también despierto, quizá por iniciar una conversación intrascendente que hiciese más corto el viaje, oí que le decía con dulzura:
            –¿Sois español?
            –Si, asturiano, de Navia. ¿Y Vd.? –oí que el hombre se interesaba.
            –Yo soy francesa –dijo ella.
            –Por lo que he podido ver, Francia es muy bella. No me importaría vivir aquí.
            –Yo, sin embargo, preferiría España. Necesito su sol y su clima.
            Ella volvió la cabeza hasta el exterior y no dijo nada más. El hombre, al ver la introversión de la mujer permaneció también en silencio y se arregló la manta que cubría sus piernas. A la acompañante de la joven se le escapó un ligero suspiro. Yo a mi vez intenté dormir. Vi pasar rápidos ante la ventanilla los postes del telégrafo e imprecisas luces en la lejanía. En el exterior se oían los lamentos de la locomotora que, al parecer, estaba subiendo alguna pendiente. Vi en el horizonte lejano algunas nubes y una luna indecisa que asomaba tras ellas; luego el humo intenso de la locomotora volvió a cubrirla. Coloqué el cuello de mi abrigo junto a la ventanilla donde estaba apoyada mi cabeza para evitar el frío del cristal. Las luces de una estación pasaron fugaces y se perdieron. 
            Transcurrió largo rato que no llegué a saber si me quedé dormido. Cuando volví a abrir los ojos, vi a mi compañero de viaje que, tras el intento de tener una conversación con la joven, intentaba también dormir. Se revolvió inquieto en su asiento. Ella se levantó y abrió un poco la ventanilla. Un viento gélido inundó el vagón. Alguien de los asientos posteriores protestó y ella volvió a subir la ventanilla. Se sentó de nuevo y dirigiéndose al hombre preguntó:
            –¿Qué hora es?
            –Las tres –dijo el hombre después de mirar su reloj de bolsillo. Ella no dio siquiera las gracias y me pareció que volvía a quedar ensimismada por oscuros pensamientos. Luego, tras unos instantes, cogiéndose los brazos con sus manos, dijo como para ella misma.
            –Hace frío. 
El hombre solícito se despojó de su manta zamorana y se acercó a la joven para colocársela encima de las piernas.
            –Gracias –dijo ella y tras unos instantes se presentó.  
            –Me llamo Constancia
            –Y yo, Ramón. ¿Va muy lejos?
            –Sí, muy lejos –dijo ella distraída.
Volvió a callar y el hombre al verla como abstraída se atrevió a preguntar en voz baja.
            –¿Recuerdos?
            –¿Y Vd.? –dijo ella con tristeza, mirándole mientras jugaba con las borlas verdes y granas de la manta que le había prestado.
            –Yo hace tiempo que huí de los recuerdos.
            –Parece joven para huir de los recuerdos.
            Aunque yo no quería, el suave vaivén del tren en la noche ya adelantada me fue produciendo un sopor, y, por lo visto, debí quedarme dormido.

             Me despertó el trasiego de algunos viajeros que se preparaban para apearse en alguna estación que se presuponía cercana. La joven movió a la anciana que debía de hacer tiempo que se había quedado profundamente dormida. Luego se levantó para coger una bolsa de viaje. Por lo visto las dos mujeres también se bajaban. Vi que el hombre conversaba en voz baja con la joven y ésta, con una ligera sonrisa, algo triste me pareció, le respondía con esa voz queda con que las mujeres hablan de confidencias con sus enamorados. Al parecer habían estado conversando todo el tiempo en que yo estuve dormido. Oí que ella le decía:
            –Tengo que despedirme de alguien, luego, si puedo, volveré a París. Dentro de 15 días estaré de nuevo en esta estación para regresar. Me gustaría tener ocasión de que nos volvamos a ver –dijo ella sin ocultar cierta dosis de tristeza, y tendió su mano hacia el hombre para despedirse.
            El tren aminoró la marcha. Empezaron a verse las débiles luces de gas de la estación y enseguida se detuvo. El hombre bajó la ventanilla y esperó que la mujer estuviese en el andén, luego le tendió la bolsa de viaje. Se oyeron las voces apagadas de la gente en la estación, y el bajar y subir de los vagones. Poco después, el tren iniciaba de nuevo su marcha, y el hombre extendió su mano para saludar a la joven que había quedado con su acompañante en el andén. Cuando ya no la vio, subió la ventanilla, volvió a sentarse y ya no dijo nada en todo el viaje. Yo me volví a quedar semidormido y sólo me desperté cuando llegué a la frontera de España.
Enlacé en la misma aduana con la diligencia que me llevaría a Zaragoza y no volví a acordarme de mis compañeros de viaje.
             Al día siguiente, llegué a casa de mis familiares y permanecí con ellos el resto de aquella semana y la siguiente. Tras el sepelio, mi familia me convenció para que me quedase con ellos algún tiempo y poder ver así la ciudad que yo casi no conocía. Al cabo de unos días, me despedí de los míos, y volví a tomar la diligencia para Francia. Llegué a la frontera con tiempo suficiente para enlazar con el expreso de París, y como quiera que no habían anunciado todavía la salida, entré por unos momentos en la fonda para tomarme un vaso de leche caliente con un azucarillo, y, de paso, protegerme de los rigores de aquel invierno mientras esperaba que anunciasen la salida del expreso a París. Había poca gente en la estación y en esta ocasión en el tren no iban casi viajeros.
             Cuando salí de la fonda, coincidí con aquel hombre alto y de mediana edad con el que había viajado dos semanas antes. Subí al tren y me senté en unos asientos en el centro del vagón. Tenía la experiencia que siempre que abrían la puerta, un aire frío inundaba los primeros asientos. Momentos antes de partir, subió el hombre y se sentó en un asiento cercano al mío. Miró el reloj y se acomodó. El tren salió de la estación a la hora prevista y emprendió su rutinario camino hacia París. Me entretuve observando al hombre que muy a menudo consultaba con su reloj de bolsillo, y miraba por la ventanilla cuando el tren paraba en alguna estación. Su actitud empezó a intrigarme tan sólo por curiosidad y cuando el tren empezó a aminorar la marcha, se puso de pie delante de la ventanilla. Por fin, entró en la estación donde la joven se había bajado la última vez que la vi. Tan pronto como el tren se detuvo, el hombre bajó la ventanilla. Estuvo unos instantes mirando a derecha e izquierda. Sin duda estaba esperando a la joven. El jefe de estación se dispuso a dar la orden de marcha y entonces vi correr a una mujer en el andén hacia la ventanilla abierta. Enseguida reconocí a la acompañante de aquella joven en el viaje de hacía dos semanas antes. Vestía de luto y me llamó la atención que traía lo ojos llorosos. Se acercó a donde estaba el hombre y estuvo hablando con él durante unos instantes sin parar de llorar. Desde donde yo estaba, no oía lo que decían, pero cuando ya el convoy emprendía la marcha, vi que entregaba una carta al hombre. El tren empezó a andar y la mujer permaneció en el andén con la mano extendida hacia el hombre cuando ya se alejaba. Por entonces, yo estaba ya completamente intrigado por lo que estaba sucediendo, y aunque no había oído la conversación, no me había perdido nada de la escena por lo que se incrementó mi interés en la posible historia que había sucedido. El hombre estuvo asomado unos instantes en la ventanilla, luego la cerró. Permaneció todavía un buen rato sentado en su asiento con la mirada ausente y la carta entre las manos que por lo visto no se atrevía a abrir; por fin se decidió. Estuvo leyendo durante un buen rato y luego se levantó y salió al exterior del vagón. Debía de tener frío pues a través del cristal de la puerta le vi subirse el cuello del abrigo. Luego, besó el papel y en determinado momento extendió la mano hacia el exterior, y una carta arrugada pasó rauda delante de mi ventanilla, y se perdió en medio de la inmensidad del paisaje.


* * *



            –Vamos a cerrar señor –oí la voz del librero que se dirigía a mí.
Había pasado el tiempo y no me había dado cuenta. Tomé el librito de los pequeños poemas y caminé hacia el mostrador mientras leía los últimos versos:

  Al poco de venir día por día
  Con mi gran inquietud y poco seso
  Sin alma y como inútil mercancía
  Me volvió hasta París el tren expreso»




            Antes de pagar, miré el título y leí: EL TREN EXPRESO dedicado al celebre escritor D. José de Echegaray de su admirador y amigo. Firmaba un tal   Ramón de Campoamor.



sábado, 30 de mayo de 2009

MI SOMBRERO DE PAJA

© Ramón Marzal
Talla de la imagen:  Aram Nikogosyan



            Aquella mañana llegué al Museo a primera hora dispuesto a seguir visitando algunas de las salas que me faltaban. Ya en el segundo piso, y nada más subir la escalera, me llamó la atención una figura de hermosa factura. Era una talla de casi tamaño natural que representaba una maternidad. Una mujer sentada sobre sus piernas Me produjo una gran impresión, sin embargo, había algo que me llamó la atención y que no llegaba a comprender que era. Estuve un gran rato contemplándola; averigüé que en la expresión de su rostro había algo peculiar. Abrazaba un bebé entre los brazos con un ademán de gran ternura y protección, pero en su rostro faltaba la expresión de alegría propia de una madre que se recrea en su hijo. Su rostro parecía lleno de melancolía y casi me pareció ver en él la marca de un gran sufrimiento. Se podía comprobar que la talla era de una excelente técnica, por lo que no dudé que el artista tenía un don especial, y si el rostro de aquella mujer manifestaba cierta expresión de tristeza, era porque así lo había querido expresar el artista. Me acerqué a la leyenda que figuraba en el basamento de la talla. Decía: Talla en madera, Simone Lapierre, 1946 y el título de la obra. Me quedé extrañado. Debía de haber alguna confusión pues no era un título muy apropiado para aquella obra. Así es que abrí el catálogo de las obras del Museo que siempre me acompañaba en mis visitas, y busqué la talla. Comprobé que bajo la fotografía de la obra, figuraba el mismo título y únicamente añadía: Talla cedida por la hermana de la artista. Movido por la curiosidad, me dirigí al guía de la Sala que en aquel momento pasaba por allí.
            –No sé –me dijo–, no es el primero al que llama la atención. Piensan que es un equívoco al colocar la leyenda, pero los especialistas del Museo se han asegurado, y como en el contrato de cesión de la obra por parte de la hermana de la artista figura también ese título, lo han respetado.
            Al salir compré una postal en la tienda del Museo; decía lo mismo. Cuando llegué a casa, la guardé y ya no volví a acordarme más de ella.


            Un año más tarde, mientras paseaba por París entre los “bouquinistes” del Muelle de Voltaire, vi un libro de pequeñas dimensiones escrito en francés y cuyo título me llamó la atención. Era la biografía de Simone Lapierre escrita por su hermana. Lo compré por curiosidad, y aquella misma noche, después de cenar, empecé a leerlo en la habitación del hotel.
            Era una sucinta biografía de la artista, en una autoedición de su hermana. Decía que Simone de Lapierre casó en 1927 con el Conde de Lapierre. No tuvo hijos, y sus últimos años los había dedicado a la talla de figuras. Dotada de una exquisita sensibilidad para las bellas artes, realizó esculturas que hoy estaban representadas en muchos museos de Europa. Murió en 1986 en medio de extrema pobreza ya que el Conde en los últimos años de su vida dilapidó todo su patrimonio.
            Aparte de sus datos biográficos, aquel libro no me decía mucho más, así es que intenté ponerme en contacto con la autora, pero al ser una autoedición sólo podía contactar directamente con la imprenta cuya dirección afortunadamente figuraba en una de la primeras hojas junto con el “copy right”. La imprenta, como era de suponer, se negó a facilitarme su dirección, pero me dijo que podía dirigirle una carta a la autora, y ellos se la harían seguir.
            No tenía mucha confianza, aun así, me decidí a escribirle indicándole que me gustaría saber algo más de su hermana y, sobre todo, de aquella maternidad cuya foto le adjuntaba, y le envié la postal que había adquirido en el museo.
            Con gran sorpresa por mi parte, un mes después, recibí noticias de la autora del libro invitándome a visitarla en su domicilio de París. Una semana más tarde, me recibía en una casa de la Rue Saint Jacques, próxima a la Sorbona.
            La hermana de Simone estuvo encantada de recibirme, máxime cuando le conté lo impresionado que había quedado al ver aquella talla en mi visita al museo.
            –Mi hermana –me dijo– se casó con el Conde de Lapierre, un hombre de excesivo mal carácter y muy posesivo que le hizo la vida más que imposible con sus celos y sus explosiones de ira. Ella hubiese querido tener un hijo, pero él siempre se negaba. Le decía que no sería una buena madre. Mi hermana era creyente y muy religiosa, y su confesor lo único que le pudo decir es que la voluntad de Dios es indiscutible y que ofreciese todo con resignación cristiana.
            La mujer se quedó unos instantes con la mirada ausente, luego pareció volver a la realidad y continuó:
            –La vida de Simone era un infierno. Un día me contó que había pasado por una iglesia y entró a desahogarse con el primer sacerdote que encontró en un confesionario.
            «Es cierto que hay que respetar la voluntad de Dios –le había dicho el sacerdote–, pero ¿cómo sabes que la voluntad de Dios es que sigas sufriendo de esa manera? A los cristianos nos gusta mucho flagelarnos. Mira, hija mía, cuando Jesús iba por los caminos de Nazaret –continuó el sacerdote–, sin duda se cansaba, y la Escritura nos dice que se sentaba al pie de una higuera a descansar junto con sus discípulos. “Venid también vosotros a un lugar tranquilo a descansar un poco”, dice Lucas. No se le ocurría decir –Qué cansado estoy, pero voy a seguir caminando pues tengo que sufrir por mi Padre–. Cuando Jesús viajaba por el desierto, sin duda tenía mucho calor y sufría agotamiento, pero no creo que se le ocurriese seguir sin buscar un poco de sombra. No creo que pensase –¡Qué calor tengo!, pero voy a caminar por allí que hace más sol, pues tengo que sufrir–. Mira, hija, yo no sé si por entonces existirían los sombreros de paja, pero te aseguro que si existían, Cristo, en el desierto, llevaría un sombrero de paja. Con esto quiero decir que hay que aceptar la voluntad de Dios en aquellas cosas que no se pueden evitar, pero para lo demás, hay que buscar una santa solución. Búscate tú también algo para que sigas el camino y puedas llevar la cruz que Dios a puesto en tu vida, pero procura, sin dañar a nadie, protegerte de alguna manera de las inclemencias. Busca algo en tu vida que, sin abandonar tus obligaciones de familia, te llene de ilusión y te permita seguir viviendo».
            Mi hermana me contó que salió muy reconfortada, y que posteriormente, volvió a la iglesia intentando hablar de nuevo con aquel sacerdote. Lo más curioso fue que nadie le supo dar razón, y le aseguraron que aquel confesionario, hacía tiempo que no era usado por nadie ya que el Párroco era el único que confesaba, y lo hacía en el que había junto a la sacristía que le resultaba más cómodo.
            La mujer calló durante unos instantes.
            –¿Tomará una copa de vino? –y sin esperar contestación se levantó y se dirigió hacia un cercano mueble-bar. Sirvió dos copas de oporto, y me entregó una. Luego volvió a sentarse. Suspiró lentamente y continuó:
            –A partir de entonces, empezó con su afición que nunca había podido realizar por dedicarse a su esposo. Le gustaba tallar, y, durante los años siguientes, aquello fue su afición favorita. Ello le permitía, en ciertos momentos, aislarse en el estudio que su esposo había consentido que tuviera en el sótano de la casa. Las tallas se empezaron a vender con facilidad a particulares e, incluso, algunos museos se interesaron por ellas. El Conde era muy jugador, y dilapidó toda su fortuna, así como lo poco que mi hermana conseguía con las tallas. Sólo después de muerta, sus obras adquirieron altas cotizaciones. Por entonces, mi hermana contrajo una enfermedad de laringe que tuvieron que operar, y si bien su vida no corrió peligro, el mal dañó sus cuerdas vocales lo que hizo que perdiese totalmente el habla. Pasaron los años y la economía del matrimonio fue de mal en peor. A la muerte de su esposo, no le quedó más remedio que reconocer que su situación era precaria, y tuvo que vender todo. Los merchantes y acreedores se hicieron cargo de toda su obra artística. Una mañana se presentaron en su estudio y se llevaron las esculturas embaladas en cajas las cuales iban etiquetando cada una con su título. Cuando se fueron a llevar una de ellas, mi hermana, ya sin poder hablar, les hizo señas indicándoles que aquella talla la quería conservar.«¿Qué es?» –le preguntaron. Ella, en la libreta que siempre llevaba para comunicarse con los demás, les escribió algo y se lo entregó. El hombre la miró extrañado y luego etiquetó la caja que dejó aparte. Aquella obra permaneció en casa de mi hermana durante años. Ya al final de su vida, me dijo que era lo único que poseía y que como no tenía descendencia, a su fallecimiento me ocupase yo de darle sepultura y que me dejaba la obra para que pudiese sacar algo para los gastos –la mujer calló unos instantes y luego continuó:
            –A la muerte de Simone, liquidé lo poco que poseía y me traje la talla que no quise vender. Posteriormente me pareció que era una obra que debía estar en un museo y por eso la cedí. Supuse que era un tributo que le debía a ella. Cuando en el museo abrieron la caja, había una “maternidad”, una bellísima talla de una mujer con un bebé en brazos, y en la tapa figuraba el título de la obra. Aunque les extrañó, decidieron conservarlo como voluntad de la artista. El título decía: “Mi sombrero de paja”.



El anterior relato es parte integrante del volumen I de AL COMPÁS DE LA ILUSIÓN. Está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual y queda prohibida su reproducción total o parcial.

Publicado en la Revista "La Sirena de Aragón" con fecha abril 2009

jueves, 26 de marzo de 2009

LOS PICOS DE EUROPA

© : RAMON MARZAL


            -¡Por allí van! ¡Mírelos, mírelos!
            Y yo me desojo atisbando por entre los vericuetos de la pared rocosa. Creo haber visto alguno dando saltos impresionantes, y otros en la arista de una roca, erguidos sobre sus cuatro patas.
            –Al amanecer, se ven más –torna el empleado–, pero cuando las cabinas empiezan a funcionar, se asustan y se retiran.
            La verdad es que no estoy para buscar rebecos entre los abismos que se observan desde la cabina del teleférico. También en el Pirineo tenemos rebecos, allí, los lugareños les llaman sarrios.
            Unos minutos antes, en la estación del valle, mientras esperábamos la llegada de la cabina del teleférico que desde Fuente Dé nos llevará al Mirador del Cable en los Picos de Europa, mi amigo Marcelino, el catalán de dialéctica sosegada, le decía a Rotger.
            –Creo que te daré el billete a mitad de su precio.
            Rotger decía que no subía; que ya había estado en otra ocasión. Pero a medida que la cabina se acercaba Marcelino insistía medio en broma, medio en serio:
            –Pensándolo bien, te regalo el billete.
            Y cuando la cabina entraba en el anden la estación, y vio en realidad su tamaño, escaso para seis personas, dijo:
            –Creo que además, te podría dar cien duros.
            Todos reímos de buena gana.
            –La numero 2 con seis personas –dice el empleado por el teléfono de la cabina. Suena un timbre y ésta se pone en marcha.
            Al principio, se nota la aceleración, pero cuando ya pendes del cable sobre el abismo, y han desaparecido los puntos de referencia visual, da la sensación de que algo se ha estropeado y la cabina se ha parado. Miro al empleado; su tranquilidad me reconforta. Y uno, que en esto del vértigo tiene los suyo, y decirlo no le importa, siente como un no sé que, se ha atascado en la garganta. Claro que en esto de buscar rebecos se van sus buenos sesenta segundos en los cuales, no se piensa en aquella película de James Stewar, cuyo título no me acuerdo, en que una cabina del teleférico con sus diez personas se encuentra en un suspense que dura cerca de dos horas de proyección y que termina precipitándose al vacío; con el “malo” claro está.

            La tensión se hace mas fuerte cuando la cabina empieza a subir, casi vertical, por el vientre que hace el cable, y da la sensación de que se va a estrellar contra la pared rocosa, donde se ve una cabaña que en tiempos parece ser que habitaron unos mineros. De pronto, vemos como se cruza con nosotros la cabina que desciende. Es entonces cuando nos damos cuenta de la verdadera velocidad que llevamos.
            –Veintiocho kilómetros por hora –nos informa el empleado.
            Tres minutos y cuarenta segundos le ha costado salvar en abismo. Cuando al fin llegamos a la estación de arriba, sentimos un frío intenso que se clava hasta en los tuétanos. No es de extrañar; estamos en la nieve a 1.844 m. de altura. Marcelino se ha puesto la gabardina, y yo llevo un jersey recio, pero olvide la trenca en el coche allá en el valle.
            Cuando salimos de la estación nos damos cuenta que cerca de 4 minutos de suspense han valido la pena. Pero hace frío, mucho frío y vamos sin calzado apropiado. Algo inmenso nos invade en aquella cumbre cubierta de nieve. Parece ser que hemos tenido suerte, pues la atmósfera esta clarísima y en derredor nuestro, inmensa panorámica de sol, nieve, cumbres y abismos que sobrecogen el alma. No es de extrañar que en la mayoría de las religiones, los hombres hayan situado sus dioses en las altas cimas. Si fuésemos con ropa y calzado apropiado nos podríamos internar, y en dos horas nos colocaríamos en Peña Vieja, o llegaríamos hasta la base del Naranjo. Tenemos que desistir; lo veremos otro día desde el lado Norte. Marcelino insiste en sacarse unas fotos en el Balcón de Cable. ¡Válgame Dios, este Marcelino! El Balcón sobresale en el abismo, y su suelo enrejado contribuye en la sensación de parecer que uno está flotando en el vacío. Al fondo, el naciente río Deva; bosques de hayas y robles; trigo y viñedos. De los últimos se hace el famoso orujo de estos lugares. Días después, José Manuel, un compañero de Unquera, nos obsequiará con una botella, pero me quedé con ganas de probar en auténtico “tostadillo”. A nuestros píes, el viento ruge; mejor dicho a los pies de Marcelino, ya que está en el Balcón, pues la verdad es que yo prefiero ver el panorama desde ”tierra firme”. Ahora se ha cubierto el cielo, pero aun así, allá en el valle se puede ver la estación.
Decidimos descender.
             La sensación es mucho mayor ahora. Sólo bajamos nosotros dos, la cabina pesa menos y por añadidura se ha levantado el viento. Nos balanceamos en medio del abismo. Cerca de kilómetro y medio de cable nos sujeta. El catalán quiere dejar constancia de estos momentos y dice que le saque una foto. Le complazco pero tengo mala suerte, a mi regreso a Zaragoza me doy cuenta que me falta un carrete, precisamente éste, menos mal que tengo los que saqué en la cumbre. El empleado nos dice que los días de viento no funciona el funicular.
            –¿Peligroso? –le preguntamos.
            –No, pero el público se impresiona –nos contesta. Le creemos.
            Cuando llegamos al valle, Rotger nos espera. Comemos cerca de la estación, sentados sobre un tronco tendido en el suelo, a 1090 m. sobre el nivel del mar. Damos buena cuenta de las viandas que nos han puesto en el hotel: bocadillos de tortilla, jamón y queso, todo ello regado con el clásico vino de cooperativa, y para postre piña en almíbar. Echo en falta el vino de mi bravío Aragón. El café lo tomamos en un bar de allí mismo, pero salimos enseguida fuera; el ambiente cargado huele a sacrilegio en la pureza de las cumbres. Felices y despreocupados ocupamos unos bancos de leño al pie del paredón de roca. Suenan argentinas voces de muchachas que han llegado en un autocar. Todo cuanto nos rodea es belleza, sosiego y … paz.
            Todavía el sol está muy alto, cuando el coche corre por las márgenes del Deva, donde el salmón, la anguila y la trucha hacen las delicias de los pescadores. Cuentan romanceros y leyendas que por estas tierras de Espinama corrió sus andanzas, Iñigo López de Mendoza, Marques de Santillana.
            Ahora, siempre bajando, el coche se desliza por la orilla izquierda del Deva. Pasan a nuestro lado bellas muchachas lebaniegas; a fe mía que son bellas; las más, luciendo sus “encantos”, que en esta tarde primaveral la Naturaleza nos muestra cuan pródiga suele ser en los mismos.
            Mientras yo me aferro al volante, Marcelino, a mi lado, comenta con Rotger las bellezas del paisaje. Chopos, fresnos y abedules; por todas las partes el verdor; el inconfundible verdor del norte de la península. Por entre las grietas de un farallón surge al cielo, atrevido, un castaño. Desde estas cimas hubo una nueva derrota para los ejércitos musulmanes cuando volvían de Covadonga. Hay quien dice que fue milagro; otros, la estrategia de Don Pelayo; lo cierto es que, un corrimiento de tierras acabó con las ya diezmadas huestes de la media luna. Rápidamente el río tuerce hacia el norte y por estrechos desfiladeros, que hacen juego con la angostura del lugar, la carretera se desliza a lo largo del cauce, sorteando grietas y ciclópeos farallones. Suena el agua en místicos murmullos por el río lebaniego; canta a lo largo de su cauce las gestas de Don Pelayo; tierras éstas que fueron cuna de su hijo Favila, segundo rey de Asturias. El río Deva, que ahora forma limite entre las provincias de Santander y Oviedo, busca afanoso su camino hacia el mar.

            Por la noche cuando, tendido en la cama, comento con Luis Pereira, mi compañero de habitación, un robusto mocetón lucense, para más datos, aunque con poco acento, la excursión del día, noto como se van cerrando mis párpados. Llegan a mis oídos vagas voces desde el salón de la planta baja y una paz inmensa me rodea. Y es que, Marcelino, Rotger y yo, allá en los Picos de Europa, a 2.000 m. de altitud, hoy hemos estado …UN POCO MÁS CERCA DE DIOS.



viernes, 23 de enero de 2009

EL "TUBO" YA NO EXISTE

© Ramón Marzal




            EL "TUBO" YA NO EXISTE




            Acababa de visitar la cercana sala de exposiciones. Salí a la calle cuando ya anochecía un día de aquel riguroso invierno de 1998 y, antes de volver a casa, decidí caminar a lo largo de la calle Cuatro de Agosto. Hacía muchos años que no transitaba por aquellos lugares. Llegué hasta la intersección de la calle de los Mártires, y me quedé un poco desencantado. Ya no era la misma de cuando yo frecuentaba aquella parte de la ciudad. Hacía más de 40 años, pensé. El ambiente que proporcionaba la angostura del lugar ya no era igual. Incluso, yo diría que había desaparecido el característico olor a calamares fritos y también las vendedoras de tabaco.

             En la esquina de la Calle de los Mártires, por entonces, todavía existía Casa Lac. Miré a través de sus puertas con cristales; no había muchos clientes en aquellas horas. Me pareció que poco había cambiado. Su decoración, todavía tenía el encanto de principios de siglo. En realidad, ahora estaba convertido en un café espectáculo, que sólo abría al mediodía y por las noches. Claro que entonces, cuando yo era niño, lo que más se servían eran desayunos, sobre todo en convites. Aquellas primeras comuniones, donde lo característico era el chocolate, vienés, según el presupuesto, los dos bollos suizos y luego un vaso de leche, de aquellos altos que se servían hacía más de medio siglo y todo ello endulzado con los nostálgicos azucarillos. Me quedé mirando una pequeña tienda que había justamente enfrente; vendían casetes, relojes, pequeñas radios y algunas otras cosas más. Entonces, cuando yo era joven, era un salón de limpiabotas, donde invariablemente todos los domingos, iba a limpiarme los zapatos por cinco pesetas. Junto al salón limpiabotas, estaba el “Plata”, y digo que estaba, porque en aquel invierno de 1998 sólo quedaba de él las puertas tabicadas y el letrero sobre su fachada, como una frase lapidaria “Café Cantante Plata”. ¡Cuántas veces, al pasar, nos quedábamos mirando como podíamos por las rendijas de un tabique de madera colocado delante de la puerta, para que no se viese el espectáculo desde la calle! Allí, al fondo, junto al escenario, había siempre unos vejetes de temperamento sanguíneo, yo diría que siempre los mismos; aplaudían para que las cantantes se subiesen un poco más la falda o que, con un desliz intencionado, dejasen ver un poco más de la cuenta, disimulando después tras un fingido rubor. Cuentan que en las memorias de Trotski, antes de exiliarse éste a Méjico, a su refugio de Cayoacán, pasó por Zaragoza, y comentan que visitó el “Plata”.

            Ahora, ya de noche, continué por la calle Cuatro de Agosto. ¡Venían a mí tal cantidad de recuerdos de aquellos años de adolescente! Pasé junto a lo que habían sido unos billares. Parecióme llegar a mí aún el olor conjunto de los lugares cerrados y la tiza de los tacos, y oí también el ruido del chocar de las bolas de marfil sobre los tapetes verdes, al final de aquella escalera tan empinada. Seguí mi pasear por la calleja; un poco más allá, unos maderos apuntalaban la fachada de la casa de enfrente, justamente a lo que un día fue el Restaurante Casa Tobajas. Luego, la calle se ensanchaba, y allí, en un rincón, como queriendo permanecer en el anonimato, una tiendecita; una ortopedia con un letrero, que por entonces, aún existía, “GOMAS”.

             Y justamente unos metros más adelante, en el vano de una tienda cerrada, recordaba a una muchacha de cabellos rubios, muy joven, parecía, y algo atrevida y pizpireta. Atendía por Lolo Mary. Me llamaba siempre la atención su mano derecha a la cual le faltaba su dedo meñique. Estaba siempre sentada sobre un banquillo de tosca madera, y con la excusa de la venta de unos cigarrillos sueltos, esperaba solícita a que alguien negociara sus favores. ¿Qué habría sido de ella?, pensé. Hacía frío; me subí el cuello del abrigo. Yo continué caminando por aquella calle, ahora ya, con las farolas encendidas. Llegué hasta el que fue el Bar Monreal. Un muro de ladrillo tabicaba lo que había sido puerta y ventanal. Los hermanos Monreal eran amigos míos; Fernando se llamaba el mayor; el pequeño... ¿Javier?... ¡Ya no me acordaba!... ¡Había pasado tanto tiempo! Y luego, frente al bar, la calle de la Libertad. La calle de la Libertad había quedado como oculta a los ojos de los depredadores de símbolos del régimen de una época anterior. Habían desaparecido otros nombres de calles, Cinco de Marzo, Manifestación, Democracia, etc., pero la calle de la Libertad quedó allí escondida, sin que, al parecer, fuese importante para aquellos que no toleraron expresiones de libertad o levantamientos populares. La calle de la Libertad siguió siendo famosa quizás más por los platos cocinados de Casa Pascualillo que por otra cosa.

             Aproximadamente, diez metros más adelante, existía todavía, aunque restaurada, la casa número 11. Allí vivía mi amigo Ernesto y todos los domingos, después de comer, nos reuníamos en el segundo piso de aquella casa, para tomar el café antes de salir. Recordé como en una instantánea, aquella cocina donde estábamos en invierno nosotros dos y su familia: su padre, atento siempre a la retransmisión del partido de fútbol, oído desde un aparato de radio de los de lámparas; su madre, Amparo, ocupada en sus faenas. De vez en cuando, cual moderno Moisés, daba un golpe con el pie en suelo, a la vez que gritaba ¡Agua! Un hilo de agua empezada a caer entonces por su grifo, quizá cuando la vecina del piso de abajo se dignaba cerrar la espita, o había acabado sus quehaceres. Cuando terminábamos de tomar el café, salíamos de su casa: yo, a la cita con una linda muchachita, mi primer amor de adolescente; él, a intentar ver a María Jesús. María Jesús era una corista de la Compañía de Revistas del Maestro Guerrero, que por entonces actuaba en el Teatro Circo, a la sazón instalado en la calle San Miguel, donde ahora se levantaba una Caja de Ahorros. Bajé hacia la calle Alfonso. Antes de llegar, vi que existían todavía los restos de la librería de lance de Inocencio Ruiz. No siempre que la visitábamos era para comprar, algunas veces también para vender y poder terminar de pasar la semana.

             Era ya completamente de noche cuando continué mi camino. La calle estaba, por aquellas fechas, ocupada por las obras de conservación del Pasaje de los Giles. Dos gatos salieron desde un montón de escombros, maullando por quien sabe que enemigo imaginario, y fueron a refugiarse a la casa de enfrente. Allí, hacía años, recordé, existía la Sala de Exposiciones del Casino Mercantil, a la cual, entonces se podía entrar directamente por la Calle Cuatro de Agosto. Yo la visitaba muy a menudo, cuando exponían, Sarroca, Ayneto o Miguel Ángel Albareda, éste último ya murió. Enfilé la calle Blasón Aragonés, en cuya esquina me detuve. Todavía existía una tienda de muñecas. Yo me quedé mirando sus escaparates siempre atestados de paraguas, abanicos y muñecas: Es curioso –pensé– después de tanto tiempo, es la única casa en Zaragoza, que sepa yo, que todavía tiene la famosa muñeca de los años cuarenta: “Marujita Pérez”. Entonces, cuando yo era chico, costaba 200 pesetas, ahora, en 1998, 15.400,-- pesetas. Después, al igual que hacía 40 años, seguí por la calle Blasón Aragonés, al llegar al final... ¡Cuantos recuerdos! Allí, por entonces, estaba el comedor del SEU, y allí terminábamos muchas tardes a dar buena cuenta de sendos bocadillos de anchoas, regados con un vaso de vino tinto; todo ello por 5 pesetas. Recordé las tertulias de arte y los cafés de redacción, donde discutíamos de tantas cosas, mientras nos tomábamos un café que nos costaba 3 pesetas... o acaso... ¿eran dos?... ¡Ya no me acordaba!... ¡Había pasado tanto tiempo! Era un inmenso salón con unos amplios balcones a la Plaza de Sas. Aquel invierno, ya no existían ni los balcones ni la casa; los balcones altos hasta el techo, habían dado paso a unas ventanas bajas, y el amplio salón había desaparecido para dar cobijo a las oficinas de una Compañía de Seguros. Como en una película, había transcurrido ante mí toda una época, toda una historia, ¡toda una vida!

             Pasadas las diez de la noche volví sobre mis pasos, e inicié el camino en sentido contrario. Al llegar nuevamente a la calle Cuatro de Agosto, sentí un escalofrío. Sí, había sentido un escalofrío pero... en el alma. Y comprendí porqué. La calle estaba vacía, sin vida, con ese silencio de cementerio grave donde pocos más que los muertos se sienten a gusto. Cuando yo recordaba, a aquellas mismas horas, había animación; todos los bares y casas de comidas estaban en plena ebullición. Las vendedoras de tabaco todavía seguían en sus puestos; el olor de los fritos envolvía la atmósfera y algún jovenzuelo, movido por la urgencia, buscaba desaforadamente una casa de “mala nota”. Ahora, pocas tiendas, pensé; la mayoría ya no existían; los bares, no cerrados, sino tabicados y las fachadas de sus casas, apuntaladas y curvadas por los años, cual decrépitos ancianos que esperaban el final.

             Y entonces, aquella fría noche, de pronto… volví a verla. Había empezado a caer una chispeante llovizna helada. Algunos de los pocos transeúntes estaban inclinados hacia el suelo atendiendo a alguien, parecía una mujer sentada sobre la acera y refirmada en la pared. Me acerqué. Al principio no la reconocí. Sus rubios cabellos habían dado paso a unas greñas de amarillo blanquinoso y su cara ajada no reflejaba sufrimiento, sino apatía. Estaba refirmada en la misma fachada de entonces. Únicamente que ahora estaba sola, no había la corte de mozalbetes que hacía 40 años, pululaban a su alrededor contentándose con poder observar un generoso escote ya que sus maltrechos ahorros no les permitían para otros desahogos. En aquel momento, desde una ambulancia detenida en la parte ancha de la calle, llegaron dos sanitarios. La reconocieron durante unos instantes y luego, la tendieron sobre una camilla, y al hacerlo el brazo derecho se deslizó hacia el suelo dejando colgando una nervuda mano de cuatro dedos.

             Y aquel frío invierno de 1998, cuando la poca gente se disolvió, miré a mi alrededor y entonces me di cuenta. Sí... ¡el “Tubo” ya no existía! Dejó de existir cuando... ¡Ya no me acordaba!... ¡Había pasado tanto tiempo!



(El anterior relato es parte integrante del volumen I de "AL COMPAS DE LA ILUSION" Está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual y queda prohibida su reproduccion total o parcial)